91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

Para Elisa

para elisa 1Volvemos con un nuevo relato de psicología. Esta vez con protagonista femenina:

 

Elisa es una chica de treinta años que vive con sus padres. Está llena de complejos e inseguridades pero también posee un potencial que, debidamente explotado, le permitirá alcanzar sus metas. A lo largo del camino se topará con obstáculos de todo tipo que le harán tropezar y caer más de una vez. Eso sí, cada vez que se levante lo hará con más fortaleza y recursos de los que disponía previamente. También conocerá a algunas personas que irán cambiando de forma radical su visión de las cosas.

 

Gracias especiales a Gustavo Mediavilla por su preciosa ilustración.

 

 

 

                Como cada mañana, abrió los ojos sobresaltada por el sonido del despertador. Aún estando medio dormida, se incorporó y saltó para apagarlo velozmente. No quería que el ruido despertara a sus padres, que dormían en la habitación contigua. El suelo estaba frío y al pisarlo sintió como le traía un poco más de vuelta a la realidad y terminaba por arrancarle súbitamente de ese sueño tan agradable en el que se encontraba sumida hacía tan solo unos instantes.

 

Ya en la cocina preparó la cafetera, la puso a calentar y se metió en la ducha. Después se vistió y todo lo que tomó por desayuno fue un café cortado por un breve chorro de leche. Realizaba cada paso de forma mecánica, medio dormida y procurando hacer el menor ruido posible. Mientras, los pensamientos en su cabeza empezaban a sucederse de forma atropellada. Le resultaba especialmente duro el comienzo de semana y no podía evitar anticipar toda clase de contratiempos y preocupaciones que podrían surgir a lo largo de la misma.

 

Se encontró sin apenas darse cuenta en la calle. Había llovido durante la noche y las aceras mojadas reflejaban la luz de las farolas, pues aún no había amanecido del todo. Anduvo durante una media hora y se encontró con varios de los rostros habituales de camino al trabajo. Le resultaban familiares por las numerosas veces que se había cruzado con ellos: el panadero con el que coincidía muchos días al pasar frente al horno de pan, que solía dedicarle una sonrisa amable, un par de repartidores de prensa y bebidas y un hombre trajeado que portaba un maletín y que siempre caminaba muy deprisa. Jamás había intercambiado una sola palabra con alguna de aquellas personas. Ni siquiera un “buenos días”. Esto le resultaba un poco frío, aunque al mismo tiempo se sentía amparada por ese anonimato en el que viven habitualmente los que habitan las grandes ciudades.

 

Como siempre llegó al trabajo más que puntual: cinco minutos antes de su hora. Gran parte de la mañana se le fue en elaborar nóminas. Decidió tomarse un descanso en el pequeño office. Se estaba sirviendo una taza de café cuando entró Mayte, una de las gerentes de la empresa. Mayte siempre le había parecido un poco intimidante. Era una persona muy segura de sí misma, al menos en apariencia. A menudo hablaba desprendiendo cierta autosuficiencia, y en ocasiones llegaba a mostrarse soberbia.

 

                —Buenos días, Eli.

                —Hola, ¿qué tal el fin de semana? —preguntó Elisa procurando que su tono de voz resultara lo más cordial posible.

                —Cansada, no he parado. El sábado estuvimos pasando el día en Segovia con los niños. A la noche cenamos con unos amigos que también tienen dos niños y ayer lo pasamos en familia, en casa de mis suegros. Estoy agotada. No me cunde nada el fin de semana, apenas tengo tiempo para mí.

                —Dan mucho trabajo los peques, ¿verdad?

                —Bueno, y los adultos —respondió Mayte al tiempo que adoptaba una expresión algo forzada de hastío—. Muchos son como niños pero en grande.

                —Pero José te echa una mano, ¿no?

                —Algo, pero lo hace tan despacito que al final me trae más cuenta hacerlo yo.

                —Ah, vaya —se compadeció Elisa.

 

Se acercaba el momento de la pregunta incómoda que tanto temía, pues casi nunca tenía nada mínimamente interesante que contar: hacer limpieza general, bajar a la compra, y como mucho, tomar un café con otra amiga solterona y ver una película en el sofá o leer algún libro. Ninguna de aquellas cosas sonaba nada excitante ni se salía apenas de lo rutinario. Para colmo, era sabido por todo el mundo en la oficina que aún vivía con sus padres y que no tenía novio.

 

                —¿Y tú, qué tal te lo has pasado?

                —Bueno, pues tranquila —respondió desviando la mirada hacia el suelo—. Aproveché para ordenar un poco mi habitación y salir a dar un paseo.

                —Ah, muy bien —respondió Mayte con ese tono de voz condescendiente que tanto fastidiaba a Elisa—. Por lo menos has descansado.

                —Sí, me ha venido bien… Bueno, tengo que seguir con el trabajo, Mayte. Pasa un buen día —hizo otro esfuerzo para dedicarle una sonrisa antes de salir del office.

 

De vuelta en su sitio, depositó la taza de café sobre la mesa y se sentó sintiéndose bastante tonta e insuficiente. Abrió entonces uno de los cajones donde solía guardar cosas para picar, como patatas y snacks. Ella lo llamaba “el cajón de las guarradas”. Cogió un paquete de galletas de chocolate y, una tras otra, las fue engullendo. Durante unos instantes se sintió un poco mejor, pero una vez que hubo terminado el paquete le sobrevino un sentimiento abrumador de culpa.

 

El resto de la jornada transcurrió con la monotonía y el estrés habituales. De vuelta a casa se encontró en la mesa con un plato de judías verdes y un filete a la plancha que se le había quedado algo frío. Sus padres ya habían comido hacía un buen rato. Comió con desgana mientras su madre le interrogaba acerca de cómo le había ido el día. Esto le resultaba algo irritante, pues casi siempre suponía contar lo mismo día tras día. Si tenía alguna anécdota, tampoco sus padres terminaban de entenderla, o carecía de sentido para ellos fuera del contexto de la oficina.

 

Se echó un rato después de la comida y tuvo el mismo sueño angustioso y recurrente en el que se le acumulaba el trabajo sobre la mesa y Germán, uno de los jefes con peor carácter, le dirigía reproches y amenazaba con despedirla delante de toda la oficina. Más tarde, con la excusa de bajar a un recado, bajó a la calle y se dirigió al parque que quedaba a un par de manzanas de la casa de sus padres. Comprobó con fastidio que el banco en el que solía sentarse ya estaba ocupado por una pareja. Se sentó en otro cercano mientras observaba como los enamorados se dirigían miradas cómplices y palabras cariñosas. De pronto se dio cuenta de que los estaba fulminando con la vista, no ya por el hecho de que hubieran usurpado su banco del parque, sino por la empalagosa felicidad que desprendían. A ese resentimiento le siguió una punzada de culpabilidad. En momentos así le daba por pensar que debía ser una mala persona por experimentar aquella clase de sentimientos. Rebuscó en su bolso la última novela que llevaba a medias y se perdió un rato en su lectura, perdiendo toda noción del tiempo. Se asustó cuando algo se lanzó sobre ella. Nervioso, un perro trataba de subir a su regazo mientras agitaba alegremente la cola. Ella levantó el libro asustada y lanzó un gritito ahogado. Después siguió con la vista la correa que sujetaba al animal por el collar. Del otro extremo había un chico asiéndola y tirando con ímpetu para evitar que su mascota terminara encima de aquella extraña. A Elisa le pareció encantador. Era moreno, con el pelo rizado, ojos verdes y unas mejillas encendidas de rubor.

 

 

Continuará…

4 comments on “Para Elisa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *