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Aprender a aceptar nuestras emociones para ser felices

Todos aspiramos a ser felices, pero ¿qué es la felicidad? Seguramente cada persona tendrá un concepto diferente de lo que significa ser feliz. Para muchas personas será un estado sostenido en el tiempo de dicha y plenitud.  Esto es, sin duda, una idealización. No podemos estar siempre instalados en las mismas emociones. Es más, si la felicidad fuera un estado continuo, llegaría un punto en el que dejaríamos de apreciarla, al no existir ningún contraste, ni otros estados emocionales opuestos con los que compararla. Estar vivo implica a menudo sentirnos bien, experimentar gratificación, tranquilidad, seguridad, confianza,… pero también dolor, frustración, ira, tristeza o miedo, entre otras cosas.

 

emociones
Tragedy, comedy, por Phil Shirley

 

En la sociedad de bienestar y consumo en la que vivimos, se nos vende continuamente la idea de que no debemos enfermar, estresarnos, padecer dolor,… Parece que cada vez nos resulta más difícil tolerar emociones negativas. No queremos sentirnos mal, lo que a menudo se traduce en que terminamos sintiéndonos peor, o doblemente mal. A menudo nos damos a nosotros mismos mensajes como: “no tendría que sentirme así”, “debería estar bien”, “esto no tendría que afectarme de esta manera”,… La cuestión es que, muchas veces, lo que toca es sentirse mal. La próxima vez que experimentes sentimientos negativos, prueba a permitírtelos, aunque no te gusten. Esto al menos evitará que te sientas mal por el hecho de sentirte mal, valga la redundancia.

 

Nuestro repertorio emocional está presente ya desde el nacimiento. Todos los seres humanos sanos nacemos con la capacidad de sentir y expresar una serie de emociones. Para algunos autores este repertorio se compone de cinco emociones básicas (alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa y asco), otros hablan de cuatro. En cualquier caso, estas emociones son innatas y también universales (se dan en todos los individuos). De estas emociones básicas se derivarían los numerosos matices emocionales que es capaz de llegar a experimentar el ser humano.

 

Si este repertorio emocional ha sido seleccionado a través de miles de años de evolución, ha de tener un papel importante en cuanto a la adaptación del individuo al medio. Efectivamente, cada emoción se corresponde con una función o valor adaptativo. La alegría, por ejemplo, hace que nos orientemos a aquellos estímulos que nos provocan dicha emoción, porque el organismo entra en un estado de conservación de la energía. El miedo nos permite ejecutar una respuesta de huida o lucha ante una determinada amenaza o peligro. La ira aparece cuando tenemos que proteger aquello que es importante para nosotros, o cuando peligra nuestra integridad física. La sorpresa nos orientaría a explorar el medio. El asco, por su parte nos evitaría intoxicarnos o poner en peligro nuestra salud. Por último, la tristeza nos ayudaría a integrar a nivel emocional experiencias que implican pérdida, como una ruptura o la muerte de un ser querido.

 

Al margen de los mensajes con los que nos bombardea continuamente la sociedad y la cultura en la que estamos inmersos, es determinante también como se hayan manejado las emociones en nuestra infancia, sobre todo por parte de las figuras de apego (padres o cuidadores). Esto va a condicionar enormemente como manejamos las emociones de adultos, si nos permitimos sentir toda clase de sentimientos, y también si los expresamos y canalizamos de forma adecuada. Si nuestros padres, o aquellas personas que nos criaron, se sentían cómodos expresando todo tipo de afectos de forma natural, es mucho más probable que a día de hoy nos sintamos cómodos nosotros también con nuestras emociones. Si por el contrario, no nos contenían emocionalmente cuando nos encontrábamos mal, o censuraban con frecuencia nuestros sentimientos, seremos mucho más propensos a reprimir nuestras emociones, a sufrir problemas de comunicación en las relaciones, a desarrollar depresión y ansiedad, o a somatizar a través de enfermedades esas emociones a las que no damos una adecuada expresión.

 

Como hemos expuesto, sentir no solo es necesario, es también vital… y no solo emociones positivas. De hecho, fíjate en la mayor proporción de emociones negativas, frente a las pocas que podríamos etiquetar como positivas. Así que a partir de ahora, cuando oigas hablar de emociones positivas y negativas, recuerda que todas son buenas. El término negativo se emplea aquí para referirse a algo que se vive como displacentero o desagradable, no como algo malo en sí mismo, o que deba evitarse.

 

Al hilo de esto último, pensemos por ejemplo en el dolor. Qué cosa más inconveniente, ¿verdad? A ninguno nos gusta padecerlo (excepto tal vez a los masoquistas). Sin embargo, sin esta capacidad no duraríamos mucho en el mundo real. El dolor es, al menos en gran medida, un mensaje que nos envía nuestro cuerpo para decirnos que está pasando algo que conviene atender, y lo mismo sucede con las emociones.

 

Por otro lado, el que seamos capaces de expresar y descodificar estos estados emocionales, también es clave en cuanto a la evolución de nuestra especie. No olvidemos que, como mamíferos, somos seres sociales y gregarios. Necesitamos crear vínculos entre nosotros. Es por esto que las emociones suponen también un vehículo importantísimo de comunicación. Sabemos desde hace tiempo que las neuronas espejo, situadas en distintas partes de la corteza cerebral, están directamente implicadas en la empatía (capacidad de conectar emocionalmente con otros individuos, sobre todo de la misma especie). Cuando vemos una conducta o expresión facial en el otro, estas neuronas se activan y nos dan un reflejo de lo que está sintiendo nuestro interlocutor. Esto nos permite sentir, al menos en parte, lo que está experimentando la otra persona.

 

También sabemos desde hace tiempo que contar con una red de apoyo social sólida, es un amortiguador frente al estrés y también frente a la depresión. No solo es importante crear vínculos y establecer relaciones, sino que además, debemos poder comunicar e intercambiar estados emocionales entre nosotros. Esto, lógicamente, debe darse de forma recíproca en las relaciones. Algo tan sencillo y que al mismo tiempo nos suele costar tanto, es una de las claves para poder gozar de una existencia plena y ser un poco más feliz.

 

Un recurso muy útil para expresar y canalizar las emociones de forma adecuada es la asertividad. Ser asertivo implica ser decidido, seguro de uno mismo, y también permitirse sentir y expresar todo tipo de emociones con naturalidad. Las personas que manejan sus relaciones de forma asertiva suelen tener una mejor autoestima, y encuentran en el trato con los demás una fuente continua de gratificación, en lugar de un foco de ansiedad, frustración o descontento.

 

Recuérdalo, tus emociones te hacen fuerte y expresarlas de forma segura, también, a pesar de los mensajes que te haya podido transmitir tu entorno familiar o tu cultura.

 

¿Te permites sentir y expresar toda clase de emociones? Si no es así, ¿cuáles te cuesta más manejar?

 

 

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2 comments on “Aprender a aceptar nuestras emociones para ser felices

Reply

Siempre me hacían sentir mal de pequeña si expresaba mis emociones y aprendí a dejar de hacerlo y tragarmelas….seguramente ahí esta el principio de mis crisis de ansiedad actuales

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