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Alimentos y cómo influyen en nuestro estado de ánimo

Quizás no te lo habías planteado nunca, pero seguro que si habrás escuchado en más de una ocasión la famosa frase del antropólogo y filósofo alemán Ludwig Feuerbach: “somos lo que comemos”. Mucho antes de esto, Hipócrates, el célebre médico de la Antigua Grecia ya había citado: “sea el alimento la medicina, y la medicina tu alimento”. Si tenemos en cuenta que es precisamente de los alimentos de donde extraemos las sustancias que nuestro cuerpo va a transformar en energía para las células, estas afirmaciones no resultan tan extrañas.

 

alimentos
Wall Food, por Michael Stern

 

Por otro lado, sabemos que los neurotransmisores del cerebro están directamente implicados en cómo nos sentimos, por lo que tener un déficit o un exceso de algunos de ellos puede traducirse en cambios, algunas veces drásticos, sobre nuestro estado de ánimo. Con esto no queremos decir que ciñéndonos a una dieta que tenga en cuenta estos aspectos vayamos a ser plenamente felices, o a tener una existencia completamente libre de estrés. Lógicamente, hay muchas variables que influyen en esto: factores emocionales, psicológicos, sociales, ambientales, estilos de vida, etc. Importa lo que comemos, pero también en qué medida, con quien y cuando lo hacemos.

 

Para una persona, una sustancia concreta tendrá un efecto u otro según su experiencia previa con dicha sustancia, aparte del efecto que suela tener de forma general. Pensemos por ejemplo en la cafeína, un alcaloide que tiene un efecto estimulante sobre el sistema nervioso. Sin embargo hay sujetos que a los que no les afecta especialmente, bien porque están habituados a consumirla con frecuencia, o quizás porque presentan una mayor tolerancia por su genética.

 

Cuando comemos nos relajamos, por lo que es frecuente asociar la ansiedad con la conducta de comer. Al hacer la digestión se activa la rama parasimpática del sistema nervioso autónomo y cuando esto sucede, la rama simpática, responsable de la respuesta de estrés, se desactiva. De esta forma entramos en un estado de conservación y restauración de la energía del organismo. Al margen de esta generalidad si, por ejemplo, de pequeños nos asociaban la comida con emociones positivas a través de premios o gratificaciones en forma de golosinas, seremos más propensos a buscar esta forma de compensarnos cuando nos encontremos mal. Los típicos mensajes de nuestras madres como: “¿qué más te preparo, hijo?” o “anda, come un poco más, que no has comido nada”, tienen mucho que ver con esto. Recordemos la necesidad del ser humano de buscarse sus bases seguras. Por base segura entendemos aquello que nos contiene, o que nos devuelve a un equilibrio cuando nos encontramos mal o experimentamos emociones negativas. Si establecemos apegos inseguros en la infancia con figuras clave de nuestra vida, como son los padres, es probable que esa base segura que no tuvimos en su momento se desplace a otros elementos, a veces incluso patológicos, como las drogas, el alcohol, una sobreingesta compulsiva, el juego o las compras compulsivas, etc.

 

 

Otro factor de tipo psicosocial y que padecemos cada vez con más frecuencia, responde al hecho de estar siendo constantemente bombardeados por el entorno sobre la conveniencia de tener un peso y silueta óptimos. Así, cuando comemos determinados “alimentos prohibidos”, como chocolate o dulces, después nos sentimos culpables, generándose así más ansiedad que mitigar otra vez a través de la comida. Se crea una dinámica en forma de espiral que se retroalimenta y que cuesta romper.

 

En una sociedad como la nuestra que tiende a buscar cada vez con más frecuencia  gratificaciones inmediatas, prolifera la comida basura, como hamburguesas, patatas fritas, golosinas, refrescos azucarados, etc. Nuestro cerebro, que se diseñó para un entorno en el que los azúcares escaseaban, reacciona con una descarga en los centros nerviosos que median el placer y la recompensa cuando consumimos azúcares refinados. Esto nos proporciona una sensación de momentánea “felicidad”. Después se produce un pico de insulina que provocará un estado de hipoglucemia, es decir, que el azúcar descienda por debajo de sus niveles normales. A esto le seguirán efectos como falta de concentración, fatiga o depresión, y para compensarlo buscaremos nuevamente consumir sustancias azucaradas o café.

 

En general es aconsejable tener unos hábitos de vida más o menos saludables, como llevar una dieta equilibrada o practicar algo de ejercicio.

 

Veamos de qué forma influye la alimentación a nivel de las regulaciones químicas que producen los principales neurotransmisores, esos mensajeros químicos encargados de la comunicación entre neuronas. El desequilibrio químico se puede producir por diversos factores como estrés, conflictos emocionales, abuso de sustancias y psicofármacos, e incluso determinadas dietas. A su vez, este exceso o déficit de ciertos neurotransmisores puede producir problemas tales como, trastornos psicológicos (ansiedad, depresión, et.) y problemas cognitivos (atención, memoria,…), entre otros.

 

De los numerosos neurotransmisores que actúan en el cerebro, dos se relacionan especialmente con el estado de ánimo: la dopamina y la serotonina. La química de nuestro sistema nervioso es muy compleja y está interrelacionada. Esto supone que los niveles en un determinado neurotransmisor influirán en otro y viceversa.

 

La dopamina es un neurotransmisor excitatorio que media aspectos tales como las emociones, la motivación y el placer. Diversos estudios apuntan a que un exceso del mismo puede producir impulsividad, como en la fase maníaca del trastorno bipolar o determinadas conductas en pacientes con déficit de atención e hiperactividad (TDH/TDA). Por el contrario, su déficit se relaciona con problemas de atención, depresión, falta de motivación, aumento de peso y desarrollo de adicciones. La serotonina es un neurotransmisor de tipo inhibitorio que se asocia con la tranquilidad y el bienestar y regula también funciones sexuales y alimenticias. Sabemos desde hace tiempo que los niveles bajos de serotonina se relacionan directamente con la depresión, con el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y con trastornos alimenticios, como la anorexia y la bulimia, entre otros.

 

En el caso de la dopamina, es aconsejable consumir alimentos que contengan tirosina, precursor de la dopamina. Lo podemos encontrar en frutas como los plátanos y las fresas. También ácido fólico, presente en algunas legumbres, como las lentejas y las judías, y en frutas como la naranja, así como alimentos ricos en omega-3, como el salmón, la soja o las nueces. Por otro lado, la betaína (remolacha) y la vitamina B6 (atún, pistachos, espinacas), ayudan a sintetizar la dopamina. Sustancias a reducir serían el café, el alcohol y los azúcares.

 

La serotonina tiene su principal precursor en el triptófano, un aminoácido que nuestro cuerpo no produce por sí mismo. Lo encontramos principalmente en los productos lácteos (leche, queso y yogur), y en los huevos. De igual forma, otros alimentos proteínicos como la carne, el pollo y el pescado, también lo contienen. También el chocolate tiene propiedades antidepresivas al elevar los niveles de serotonina, pero es conveniente que sea lo más puro posible para evitar azúcares. De igual forma se deben evitar estimulantes, como la cafeína y el alcohol que podrían inhibir la producción de serotonina.

 

En posteriores entradas profundizaremos en este tema que hemos expuesto brevemente, acerca de la relación entre los alimentos, los neurotransmisores y nuestros estados de ánimo.

 

 

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3 comments on “Alimentos y cómo influyen en nuestro estado de ánimo

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