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Ama lo que haces

ama lo que haces

Hace unos años me encontré un exótico grafiti mientras paseaba por la calle Huertas, una de las vías principales del conocido Barrio de las Letras de Madrid. La fachada que lo exhibía era un muro de ladrillo que tapiaba lo que anteriormente había sido un pequeño pub. Me llevó unos instantes recordar a que local había pertenecido dicho muro. Seguramente no lo habría reconocido de no haber sido por el mármol blanco que lo enmarcaba, y por un par de farolillos que remataban la portada. Todo el frente del local era acristalado. Incluso la puerta era una hoja de cristal que permitía ver totalmente el interior desde la calle. Yo solía pasar por delante todos los días al volver del trabajo. Nunca entré, pero casi siempre dirigía una mirada furtiva con la intención de curiosear el pub y a los clientes que solían frecuentarlo. Visto desde fuera parecía tener unas dimensiones reducidas. Estaba decorado con algunas lámparas de suelo que proyectaban luz indirecta, plantas de interior y butacas de mimbre. Todo ello le confería una apariencia algo retro, aunque agradable. Sentí cierta nostalgia al encontrármelo tapiado. Cuantas historias e intimidades debieron contarse a través de los años en aquel pub. Me pregunté si lo habrían dejado intacto antes de tapiarlo, o lo habrían vaciado. El grafiti borraba ahora el recuerdo, al menos en parte, de lo que había sido aquel pub que debió permanecer abierto al público durante décadas. Estaba realizado en blanco y negro casi en su totalidad y compuesto básicamente por motivos vegetales y florales. Escrito en grandes letras y formando parte del diseño podía leerse el siguiente mensaje:

 

“Ama lo que haces”.

 

En principio me produjo cierto fastidio, pues me sonó a la típica y manida frase de psicología positiva barata. Ahora me doy cuenta de que tal vez dicho fastidio fuera provocado, al menos en parte, por el hecho de que aquel grafiti ponía de manifiesto a las claras que nunca volvería a poder curiosear el interior del pub cuando pasara por delante. Al mismo tiempo era consciente de que su único fin era adornar la pared de ladrillo tapiaba el local, pero no por ello dejaba de molestarme.

 

En otra ocasión, hace varios años, me hablaron de los cristales de agua de Masaru Emoto. Este japonés sostenía que el agua al cristalizar en hielo podía tomar distintas formas según el tipo de mensajes que se proyectaran sobre el elemento. Así, si los mensajes dirigidos a las gotas de agua eran positivos, como paz, amigo o amor, los cristales resultantes exhibían hermosas formas fractales y una simetría perfecta y armoniosa. Por el contrario, si los mensajes eran negativos, como guerra u odio, los cristales se tornaban en formas irregulares y caóticas. Por supuesto que este autor recibió numerosas críticas a sus trabajos. Yo mismo me mostré bastante escéptico al respecto en un principio… Poco después, una buena amiga se encontraba realizando una formación de coaching. Me contó que les habían sugerido realizar un curioso experimento: cocer arroz y depositarlo en dos grandes tarros de cristal. A uno de ellos debían dirigirle cada día mensajes que implicaran afecto durante unos minutos, mientras que el otro había que dejarlo olvidado en el interior de un armario, sin prestarle ninguna atención. Yo mismo comprobé como a medida que pasaban los días, el tarro al que se le dirigían los mensajes positivos, mantenía el arroz fresco, como si acabara de ser cocinado. El otro tarro, por el contrario, se iba tornando de un color verdoso y pútrido. La última vez que le pregunté a mi amiga había transcurrido más de un año desde la fecha de realización del experimento. El arroz aún se mantenía en buen estado. Terminó tirándolo por aburrimiento, claro, argumentando que para qué iba a tener un bote de arroz cocido dentro de un armario… Algunos compañeros psicólogos me contaron que hicieron experimentos parecidos con sendos pedazos de carne del mismo filete, obteniendo resultados similares.

 

Cristal de agua, por Masaru Emoto
Cristal de agua, por Masaru Emoto

 

Otro  día estaba navegando por la red y encontré algunos videos que mostraban una plancha de metal sometida a distintas frecuencias para hacerla vibrar. Cuando derramaban sobre la plancha simple sal de mesa, ésta formaba figuras geométricas que iban cambiando a medida que se modificaban las frecuencias. Me recordó a esas otras figuras simétricas y armoniosas de los cristales de agua. Aunque en este experimento las frecuencias estaban generadas por algún dispositivo electrónico, seguramente podemos encontrar frecuencias similares en las producidas por los cuencos tibetanos u otros instrumentos empleados frecuentemente para sanar, meditar o inducir estados de trance hipnótico. Yo mismo vengo usando desde hace años pistas de audio de Hemi Sync, que no es otra cosa que distintas frecuencias presentadas en cada oído y mezcladas con sonidos de naturaleza o música. El objetivo de esto es llevar al cerebro a estados relacionados con la relajación, el aprendizaje o la meditación, entre otras cosas. Sabemos que el cerebro emite ondas de distinta frecuencia dependiendo del estado en el que nos encontremos. Así, en vigilia o estando despiertos, solemos estar en un rango comprendido entre los 12 y los 21 hertzios o ciclos. Esto se conoce como ondas beta. Si por el contrario estamos disfrutando de un sueño profundo, seguramente estaremos situados en ondas delta, que oscilan entre los 0 a los 4 hertzios por segundo.

 

 

Si has leído hasta aquí es probable que tengas cierta idea de a donde quiero llegar… El hecho de que todas las plantas que he tenido en mi despacho se hayan marchitado hasta morir, ¿tiene que ver únicamente con que no tengo ninguna aptitud para la jardinería? Un compañero fisioterapeuta me sugirió que tal vez influyera también la gran cantidad de “vibraciones negativas” que afloran a menudo en el contexto de la terapia, entre las cuatro paredes de la consulta. La verdad es que nunca me lo había planteado desde un punto de vista “energético”.

 

Todas estas asociaciones y suposiciones me llevaron a pensar que tal vez el mensaje del grafiti, a pesar de que en un principio me había resultado casi irritante y absurdo, podía encerrar mucho significado después de todo. ¿Puede el amor curar? Esto, que también suena a eslogan publicitario, es algo sobre lo que algunas personas aseguran poseer una intuición de certeza. ¿Es la necesidad de creerlo fervientemente lo que nos proporciona esta intuición, o realmente nos acompaña y está presente como algo impreso en nuestro código genético?

 

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Lo que está fuera de discusión es que los seres vivos buscamos el amor con anhelo, nos aferramos a él y lo valoramos muchas veces por encima de todo lo demás. Hasta las plantas parecen necesitarlo, como aludía antes.

 

¿A que cuando cocinas poniendo cariño en esa receta que preparas termina sabiendo mejor? También te esmeras porque quieres regalarles el paladar a tus comensales, que muchas veces son tus propios amigos o familiares, con los que existe un vínculo establecido de antemano. Pones una intención en ello. Cuando las cosas están con cariño, se nota. Hay una atención hasta en los pequeños detalles que no puede estar presente cuando actuamos con prisa, desinterés o desgana.

 

A veces incluso pienso que esa intención positiva llega a afectar a objetos inertes o inanimados. No digo que de una piedra vaya a brotar algún tipo de organismo vivo por generación espontánea, solo por el hecho de transmitirle afecto o dedicarle palabras bonitas. Cuando tratas las cosas con cariño y las cuidas, perduran y a veces hasta se transforman en algún sentido. Me ha sucedido a menudo que algo deja de funcionar durante unos días y después se arregla por sí solo, como por arte de magia. Generalmente me ha pasado con aparatos electrónicos, como móviles, ordenadores y reproductores de música. También con algunos electrodomésticos.

 

Después de un tiempo en el que fui abriéndome al mensaje del grafiti y comprendiendo de alguna manera su significado, una tarde llegó a mi casa una buena amiga. Me llevé una grata sorpresa pues me regaló un pequeño imán de nevera que reproducía exactamente la imagen del grafiti. No tenía ni idea de que se comercializaba. Ahora, ese pequeño objeto es algo que atesoro por encima de otras muchas cosas que poseen objetivamente un mayor valor material. Preside la puerta de mi nevera y me recuerda cada día lo importante que es abordar las cosas con una actitud positiva. Por cierto, el grafiti es de Boamistura.

 

Con esto te quiero animar a que pongas cariño en todo aquello que hagas, hasta en las cosas más triviales y mundanas. Nadie debería dudar acerca de que si ponemos afecto en nuestras relaciones, es más probable que lo recibamos también por parte de los demás. De la misma forma, procura tratar con amabilidad todo lo que te rodea. Cualquier tarea que realices, por poco agradecida o repetitiva que sea, intenta realizarla con cariño… Esto no quiere decir que reprimas siempre la ira. También es humano despotricar o dar un portazo cuando no nos salen las cosas como queremos, o nos sentimos frustrados… El resto del tiempo, lo dicho, haz la prueba: ama lo que haces.

 

 

 

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