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Amor, ¿se encuentra o se construye?

¿Te has planteado alguna vez esta cuestión? ¿Es el amor es algo que debe ser encontrado, o por el contrario ha de irse construyendo poco a poco a lo largo del tiempo?

 

Para los que creen en flechazos y medias naranjas, es una cuestión sujeta más al azar. En este caso, deberemos confiar en la suerte hasta que aparezca esa persona con la que tengamos una afinidad, lo que nos deja en una posición de cierta pasividad ante el amor. Habrá personas que sientan que se les ha pasado la vida y no han tenido la fortuna de toparse con ese alguien especial.

 

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¿Nos quedamos en casa esperando que llame a nuestra puerta la futura pareja, o salimos a buscarla con ahínco hasta dar con ella? Pues ni una cosa, ni otra. Si no hacemos por intimar con nuevas personas será muy difícil que se puedan asentar los cimientos de una posible relación, ya sea de pareja o de amistad. Por el contrario, lanzarnos a la búsqueda de alguien con el que compartir nuestra vida con anhelo y premura, a menudo provocará rechazo en los demás. Advertir que estamos necesitados de afecto, no hará que la gente se nos acerque, sino más bien lo opuesto. Antes de hacer nada, examina como te sientes contigo mismo. ¿Sabes convivir con tu propio yo? ¿Te quieres y te respetas un mínimo? No te empeñes en buscar una media naranja que te complete, pues ya eres un ser completo (otra cosa es que lo sientas así). Primero aprende a quererte y aceptarte a ti mismo y luego, si quieres, busca a ese otro que te complementa.

 

En un mundo cada vez más mudable, en el que demandamos constantemente sentirnos gratificados de manera inmediata, ¿hay lugar para cultivar las relaciones? Algo que como un buen guiso, necesita de paciencia, atención y cariño, entre otros ingredientes, ¿puede obtenerse cuando demandamos las cosas sin que estas nos supongan apenas esfuerzo y demora? Parece que tenemos cada vez menos paciencia con respecto a las relaciones. El amor se concibe casi como una lotería. Compramos el décimo y una y otra vez nos decimos: vaya, esta vez tampoco ha habido suerte.

 

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Por otro lado, el número de personas que se muestran fóbicas a las relaciones también parece ir en aumento. En cuanto vemos algún aspecto que nos desagrada del otro, damos carpetazo y seguimos buscando. No queremos que nos resten libertad de movimientos ni opciones. Estar emparejado implica, al menos en algunos aspectos, un compromiso. La sola palabra ya provoca rechazo a mucha gente. No queremos hipotecar nuestro tiempo en una relación, que encima a menudo se convertirá en un foco de ansiedad y descontento. Porque relacionarse implica forzosamente experimentar al menos cierto grado de tristeza, frustración, conflicto, desamor, etc. Y claro, no queremos pasarlo mal en ningún momento. ¿Qué necesidad hay?

 

Si nos vamos al extremo opuesto, también malo. Como hacían nuestros abuelos y abuelas, que aguantaban carros y carretas o desperdiciaban su vida ligados a esa persona a la que, en el fondo, no soportaban.

 

Si nos mostramos excesivamente exigentes e inflexibles, la relación durará un suspiro ante la menor aparición de conflictos o frustraciones. Si por el contrario tragamos demasiado o somos demasiado complacientes, acumularemos resentimiento que en cualquier momento nos desbordará, o bien la otra parte dejará de valorar eso que le hacemos llegar, por ser totalmente incondicional y gratuito. Otras veces, aguantar al otro sin expresar aquello que nos molesta o disgusta, o no poner límites, se traducirá en que castigaremos de forma pasiva a la pareja, bien con descuidos u olvidos, y desatendiendo la relación.

 

¡Qué complejo es esto del amor! Y aún podemos enredar la madeja mucho más… Qué decir de esas personas que caen continuamente en relaciones en las que hay una fuerte dependencia emocional. A menudo, por miedo a estar solos, han ido empalmando una relación tras otra y vinculándose con personas dominantes, posesivas o maltratadoras. Quizás aquí deberíamos recordar eso de: mejor solo que mal acompañado. Por otro lado, el refranero puede encerrar mucho pragmatismo y verdad, pero llevarlo a la práctica ya es harina de otro costal. Pensemos en esas personas que, aun sabiendo que su pareja ejerce una influencia negativa sobre ellas, no son capaces de desligarse. A veces ni siquiera físicamente, pues las escasas veces que lo han intentado, han sufrido de fuertes crisis de ansiedad o han caído en depresión, lo que les vuelve aún más dependientes. Tal vez y como apuntábamos más arriba, debamos habituarnos a experimentar el vértigo que se siente al estar solo, de esta forma no seremos tan dependientes, ni nos ataremos en una relación que no nos trae cuenta. En general, aprende a identificar las relaciones tóxicas y huye de ellas como del sarampión.

 

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Llegado a este punto, ¿qué sacamos en claro? Pues poca cosa, la verdad sea dicha. No parece que se pueda hacer ciencia del amor. Aún si esto fuera posible, entrarían en juego tantas variables a la vez, que harían muy difícil su estudio y predicción. Probablemente haya casi tantas formas de concebir el amor como personas, y muchas de ellas tan válidas como otras. Volviendo a aquellos casos en los que existe una dependencia emocional y la persona se queja continuamente pero no hace nada por desligarse de la otra parte, observamos que estos sujetos obtienen un equilibrio algo precario, pero un equilibrio al fin y al cabo. Aunque desde fuera puede parecer claro que no compensa en ningún sentido estar en pareja, estos sujetos encuentran cierta compensación o beneficio, a pesar de los problemas continuos que se derivan de la relación.

 

Como casi siempre, lo deseable y sano sería encontrar un punto intermedio en cada aspecto. Ser paciente, como decíamos, es un ingrediente necesario en las relaciones. Al mismo tiempo, esto ha de ser compatible con hacernos valer frente a los demás y ser capaces de ponerles límites cuando sea oportuno. A menudo tendemos a ser excesivamente complacientes y no expresamos aquello que nos molesta o que nos disgusta por miedo a generar rechazo, lo que a menudo termina resultando contraproducente; para poder querer a alguien, primero hay que respetarlo y ese respeto ha de partir de la propia persona. Esto nos lleva nuevamente al principio de la ecuación: aprender a quererse a uno mismo es un requisito previo para poder abordar las relaciones de forma sana y positiva. Trabajar la autoestima, aprender a aceptar nuestras emociones y a expresarlas y adquirir un estilo más asertivo en la comunicación, nos puede facilitar mucho la tarea.

 

¿Entonces qué conclusiones extraemos? Pues que si bien el amor ha de ir construyéndose, como una casa, sí que ayuda hacerlo en un terreno adecuado o partiendo de unos cimientos fuertes que ya existan previamente. Estar por estar con alguien o por el hecho de no sentirnos solos, no es una buena base. Invierte mejor ese tiempo en conocerte y en llegar a sentirte a gusto contigo mismo. Una vez que te pongas a construir la casa, recuerda que nunca debes dejar de poner ladrillos. Que la relación evolucione y no se estanque exigirá una dedicación continua. Debemos ser reforzantes con los demás a menudo, porque necesitamos que también lo sean con nosotros y al final, una relación puede concebirse perfectamente como un intercambio de gratificaciones mutuas. Es importante sentirnos cómodos abriéndonos emocionalmente con la pareja y expresando nuestros sentimientos, lo que incluye emociones negativas. En este caso lo oportuno será poner algún límite o pedir un cambio de actitud con respecto a eso que nos molesta o disgusta.

 

Como psicólogos, no podemos dejar de otorgar especial importancia a las emociones cuando hablamos del amor. Esa persona que dice que te ama, debería ser capaz de hacerse cargo de lo que sientes y de igual forma, tú también has de poder contener al otro emocionalmente. Si aun exponiendo tus sentimientos y demandando esa contención, no la obtienes nunca o muy de tarde en tarde, quizás convenga plantearse que no compensa invertir tiempo y cariño en alguien que no te corresponde.

 

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Love, por Mikhail Chekmezov

 

No esperes, porque quien espera, desespera. Además, si pasas mucho tiempo en esa posición te olvidas de vivir tu propia vida. Sigue adelante pero con una actitud receptiva. Nunca se sabe cuando puede aparecer esa persona con la que merezca la pena construir algo. Una vez que te sientes bien contigo mismo, a menudo y por sí solo, aparece ese alguien con el que compartes una especial afinidad. Ya tendríamos los cimientos, ahora a construir la casa, y la casa se construye desde abajo, no por el tejado. Paciencia, tolerancia, comprensión y empatía, pero al mismo tiempo, límites, hacernos valer y que nuestros propios sentimientos también sean escuchados y atendidos.

 

Concibe también que quizás no es imprescindible emparejarte de por vida para tener una existencia más o menos plena y feliz. Recuerda que tú mismo debes aspirar a convertirte en tu mejor compañero de viaje, porque lo creas o no, siempre te tienes a ti mismo, incondicional e inseparable.

 

 

 

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