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Ira: controlarla para que ella no te controle a ti

La ira es una emoción básica. Todos los seres humanos nacemos con la capacidad de sentir y expresar una serie de emociones, entre ellas, la ira, por lo que podemos afirmar que es una emoción innata y universal. Siguiendo este sentido adaptativo, podríamos decir también que la ira nos permite defendernos o proteger aquello que valoramos. Según algunos autores, esta emoción nos permitiría “eliminar las barreras” en la consecución de una meta o de algo que es importante para nosotros.

 

ira
Anger, por Jim Cortez

 

Desde un punto de vista fisiológico, experimentar ira supone una activación de la rama simpática del sistema nervioso autónomo. Al igual que sucede con el miedo, se produce una descarga de hormonas de estrés (adrenalina por nuestro cuerpo y noradrenalina por nuestro sistema nervioso). Esto permite movilizar los recursos necesarios para defendernos o atacar, ante una determinada amenaza. Así, como vemos, la ira tiene mucho que ver con el miedo (recuerda aquello de a veces la mejor defensa es un buen ataque). Parece que la ira hace su aparición cuando nos sentimos temerosos. Esto era muy útil en el paleolítico, por ejemplo, cuando no podíamos huir de un depredador o nos atacaban los guerreros de la tribu vecina. En las sociedades modernas, observaremos que el hombre civilizado a menudo experimentará ira cuando vea vulnerados sus derechos o libertades, su propiedad, sus principios y muy a menudo, cuando su imagen, conducta o actitud, sea cuestionada o puesta en entredicho.

 

De todo lo que hemos expuesto hasta ahora se deduce que la ira es una emoción útil y necesaria. A pesar de que a esta emoción se la tacha a menudo de negativa, es importante entender que no es en el sentido de que sea mala en sí misma. Más bien se refiere a que se vive como algo negativo o desagradable. Resulta de gran ayuda aprender a aceptar todas nuestras emociones de cara a gestionarlas de una forma sana. Por otro lado, no debemos confundir la ira con la violencia o la agresividad. Estas serían más bien formas en las que podríamos darle salida a esta emoción o expresarla (formas socialmente reprobables, eso sí, y destructivas). Entendido esto, ¿cómo hacemos para manejar y canalizar la ira?

 

Vamos a enumerar algunos recursos que pueden resultar útiles. Algunos son muy obvios y cuestionables, así que los someteremos sobre la marcha a una cierta crítica (con algo de humor e ironía, eso sí), para ayudarnos a determinar hasta qué punto son efectivos.

 

1. Respira profundamente y procura relajarte
Claro, relajarnos siempre viene bien cuando nos encontramos tensos, irritados o estresados. Puedes realizar una respiración abdominal o practicar durante unos minutos la relajación muscular progresiva. Tras esto, seguramente te encontrarás algo más tranquilo, pero ¿desaparece el enfado? En cuanto te vuelves a enfocar en eso que te lo ha producido, la ira vuelve a hacer acto de presencia. Quizás el recurso de la relajación sea más indicado cuando vamos a abordar esa situación o a esa persona que nos ha hecho enfadar, consiguiendo de esta forma manejarlo de una forma más positiva y constructiva. ¿Es útil relajarnos cuando alguien quiere atentar contra nuestra integridad física? No, claro, sería incluso contraproducente. En este caso lo que más nos trae cuenta es tener la adrenalina a mil y lanzarnos a la yugular de nuestro agresor con furia visigoda.

 

2. Practica ejercicio con regularidad
Nunca nos cansamos de subrayar las numerosas bondades acerca de practicar ejercicio físico. Si eres de los que a menudo se encuentran irritables por estar sometido a mucho estrés, este recurso sí te va a resultar de ayuda. Aparte de liberar tensiones descargando adrenalina a chorros, recuerda que el ejercicio promueve también un estado de ánimo positivo (¡síii, las endorfinas!).

 

3. Trata de racionalizarlo
Muchos autores nos dicen que nuestras emociones dependen de la atribución que hacemos sobre las cosas que vivimos. Es decir, que si experimento ira en una determinada situación es porque pienso de una determinada forma ante la misma… Venga ya. ¿Y esas personas a las que se les dice cualquier cosa y automáticamente se ponen a la defensiva, hechos unos basiliscos? Si ni siquiera les ha dado tiempo a pensar… Tampoco habría sido demasiado útil y mucho menos adaptativo, ponernos a racionalizar sobre la situación cuando el vecino de la tribu de al lado venía a molernos a golpes con una quijada de caballo… Claro que tampoco te regodees en pensamientos fatídicos, iracundos o agoreros. Esto lo único que hace es echar más leña al fuego.

 

4. Procura ser empático y trabaja el perdón
Esto, probablemente te va a generar mucha más rabia según lo lees porque pensarás: ¿a santo de qué voy a ser empático con este capullo, cuando encima se ha portado mal conmigo? Te entendemos, pero la verdad es que a veces ayuda… Ponernos en el lugar del otro y tratar de entender sus motivaciones, nos puede ayudar a relativizar sus intenciones y a dejar de ver su actitud o conducta como un ataque personal. Aunque no nos vamos a extender ahora sobre esto, puedes profundizar haciendo clic aquíAh, y si te aburres, échale un vistazo a esto también.

 

5. Examina tus sentimientos
Más que racionalizarlo o procurar cambiar tus pensamientos al respecto, como indicábamos más arriba, trata de prestar atención a tus emociones. Piensa: ¿por qué me enfada tanto esto? ¿Qué es lo que siento que no está siendo respetado y que me produce este cabreo monumental? A veces, no es solo lo que nos hacen o nos dicen, sino como lo recibimos. Sería un poco eso de quien se pica, ajos come. Recuerda también que, como apuntábamos más arriba, la ira está muy emparentada con el miedo. Si tiras de ese hilo emocional tal vez llegues a conclusiones que te puedan ayudar a entender y calmar el sentimiento de ira. Pongamos un ejemplo algo burdo pero que nos puede clarificar esta idea: imaginemos un sujeto con cierto complejo de tener escasa inteligencia. Si le decimos aunque sea de broma algo como: mira que eres tonto, seguramente generaremos automáticamente una respuesta de enfado, a pesar de que nuestra intención era, en un principio, de lo más inocente. Esto explica, al menos en parte, por qué ante una misma situación las personas reaccionamos de forma diferente. Si lo llevamos a un extremo, también nos puede ayudar a comprender a esas personas que están a la defensiva casi todo el tiempo y que pagan el pato con aquel que tienen más cerca. A menudo observaremos que están frustradas o que albergan complejos. Lo que hacen estos sujetos no es otra cosa que proyectar eso que les desagrada o que no quieren reconocer de sí mismos, sobre los demás… Ni que decir tiene que esto no nos pasa a nosotros. A ti tampoco, tranquilo… pero en el hipótetico e improbable caso de que así fuera, quizás deberías ir pensando en trabajarte la autoestima o cambiar aquellos aspectos con los que no estás satisfecho.

 

6. Comunícate y haz valer tus derechos de forma asertiva
Si has puesto en práctica los dos últimos recursos, te va a resultar más fácil, sin duda, abordar a la otra persona de forma asertiva. Expresa de forma respetuosa cómo te ha hecho sentir y por qué. Pídele un cambio de actitud o ponle el límite que consideres oportuno. De esta forma no te guardas la ira y evitas que eso que tanto te molesta vuelva a suceder: “Mira, Ramón, no me gusta que me llames tonto, porque es algo que me acompleja un poco desde pequeño. Mis hermanos se metían conmigo por esta cuestión… y si vuelves a hacerlo te parto las piernas”. Borra esta última parte… Manejar de forma asertiva, no solo la ira, sino todas nuestras emociones, es algo realmente muy positivo. Ten en cuenta que lo que sentimos, sea bueno o malo, es casi siempre en relación a otros. No podemos olvidar que somos seres sociales y que estamos interactuando constantemente entre nosotros.

 

7. Ventila y desahoga un poco el enfado con personas de confianza
Eso que hace tu vecina Puri y que tanto te irrita cuando la ves en el rellano poniendo verde a su marido… Bueno, pues ella se descarga así un poco y cuando vuelve a casa está más tranquila y no le pega cuatro voces al pobre hombre… Quizás tú también podrías poner en práctica esto, pero no con otra vecina, sino con un buen amigo, un familiar, tu terapeuta,… Tan malo es estar instalados todo el tiempo en eso que nos ha hecho o dicho el otro y que tanto nos ha molestado, como guardárnoslo y no ventilarlo en ningún momento. Un punto intermedio sería lo saludable.

 

8. Emplea la ira como un recurso que te impulse
La adrenalina es al fin y al cabo una especie de combustible que pone en marcha el motor y nos permite acelerar en una dirección u otra. Trata de emplear tu cabreo en algo constructivo o positivo. Practica algún deporte, como señalábamos antes, o enfócate en mejorar en aquello que te guste o te motive, como tu profesión o una afición concreta. Aunque es opcional, puedes probar a emplear frases motivadoras del tipo: ¡os vais a cagar, capullos! o ¡ahí voy, mamonazos! …Cuando algo nos sale mal, recuerda que es normal experimentar cierto grado de frustración (la hermana pequeña de la ira). Esto precisamente, nos impulsa a volver a intentarlo.

 

9. Tómate las cosas con humor
Por último, aunque no menos importante, no pierdas nunca el sentido del humor y la capacidad de reír. Como hemos querido plasmar a lo largo de este artículo, es un recurso muy útil para relativizar las cosas y tomárnoslas de otra manera… Procura encarar las cosas con humor y extrae algo gracioso de cada situación. Y cuando decimos humor, nos referimos a humor de todos los colores, incluido el negro, ¿…por qué no?

 

 

 

 

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