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El santuario – cuarta parte

Despertó de una siesta demasiado larga con dolor de cabeza y ardor de estómago. Sacó una caja de antiácido de la maleta y se tomó dos pastillas. Su portátil reposaba sobre una mesa de escritorio algo desvencijada. Sin apenas pensarlo, se sentó frente al ordenador y permaneció unos segundos con la mirada perdida, mientras trataba de ordenar mentalmente sus asuntos de trabajo. Haciendo acopio de ánimo, encendió el portátil y estuvo respondiendo algunos emails de clientes. Después trabajó durante par de horas en un proyecto que tenía a medias y bajó a la calle a despejarse un poco.

 

Cruzó el parque y no había ni un alma, aunque el día tampoco invitaba a pasear. Había estado lloviendo toda la tarde y tenía que ir esquivando pequeños charcos de agua turbia mientras caminaba. El viento soplaba frío y arremolinaba las hojas secas sobre el camino, formando montoncitos al pie de los árboles. Ninguna otra cosa le apeteció más en aquel momento que tomar un café bien caliente, con un chorrito de orujo. Entonces recordó La Estación, el pub al que solía ir con sus amigos al terminar las clases, y las noches de los viernes y sábados. Muchas noches se quedaron de madrugada, hasta la hora de cierre. Pensó entonces en Luis y Alberto, sus antiguos amigos de adolescencia. Ninguno de ellos vivía allí ya, al menos que él supiera. Con Luis había mantenido contacto, pero apenas se habían visto más que un par de veces en todos aquellos años. A Alberto le había perdido la pista hacía mucho tiempo. Lo último que supo de él a través de facebook, fue que se había casado. Quiso saludarle en aquel momento, enviarle un mensaje con la excusa de darle la enhorabuena, pero había pasado tanto tiempo que le pareció inapropiado. Le resultaba extraña la forma en que algunas relaciones se diluían con el paso del tiempo sin ningún motivo aparente.

 

Continuó andando inmerso en sus pensamientos. Reconoció algunos comercios y bares que apenas habían cambiado. Otros, sin embargo, le resultaban desconocidos. Se preguntó si La Estación seguiría abierta. El local estaba situado en una finca antigua y recordaba que, ya en su día, tenía bastante solera, cuando solían parar por allí veinte años atrás. Al girar la esquina y enfilar la calle levantó la vista y se quedó petrificado. El sitio estaba intacto, parecía que el tiempo se hubiera detenido en aquel lugar. El estómago le dio una sacudida y al momento se sintió confuso. Pensó que la reacción más normal habría sido de cierto regocijo, pero lo cierto era que le resultaba casi perturbador encontrarlo tal y como lo recordaba. La portada de madera desgastada, el toldo raído y la fachada exhibiendo el deterioro propio de la humedad del lugar. Estuvo a punto de darse media vuelta y regresar por donde había venido, pero al mismo tiempo sintió curiosidad y una honda nostalgia. 

 

bar
Por Thomas Hawk

 

La puerta chirrió sobre sus bisagras y al entrar tuvo otra sensación extraña de déjà vu. Por dentro tampoco había cambiado significativamente, tan solo por algunas plantas que adornaban el local. Se dirigió a la barra mientras sentía como se le iba cerrando la boca del estómago. Una chica de unos veintipocos años barría el suelo distraída, y mientras escuchaba música a través de sus auriculares. Llevaba unos vaqueros desgastados y, sobre ellos, un mandil de cocina. Ignacio se le acercó con cuidado de no sobresaltarla. La chica se giró y al verle le dirigió una sonrisa espontánea y cargada de expresividad.

 

               —¡Holaaa! —exclamó en un tono de voz mucho más alto de lo normal, pues no le había dado tiempo a desconectar la música—. Enseguida te atiendo.

 

Ignacio asintió con la cabeza y se acomodó en uno de los taburetes altos de madera. El mármol de la barra estaba frío y áspero. Al fondo había un aparador con varias repisas, sobre las que descansaban numerosas botellas relucientes con distintos licores.

 

                — ¿Qué te pongo? —dijo la chica situándose detrás de la barra.

                —Un café solo con un chorrito de orujo.

                —Ahora mismo. ¿Quieres algo de comer? Tengo bizcocho casero.

                —No, está bien así, gracias —respondió Ignacio.

 

La chica lo miró varias veces de reojo mientras preparaba el café, lo que le hizo sentirse un poco incómodo. Recorrió con la mirada cada rincón del bar y mientras lo hacía, rememoraba muchas anécdotas en las que casi siempre estaban presentes Alberto y Luis, sus compañeros inseparables. Los recuerdos agradables se entremezclaban con una melancolía amarga que le sacudía en oleadas. En ese momento la chica le sacó de su ensimismamiento al depositar frente a él una taza humeante de café. Después se giró hacia las filas de botellas que tenía tras de sí, y abriendo una de ellas, vertió un chorro generoso de licor de orujo sobre el café. En ese momento comenzó a llover otra vez, y dentro del bar, prácticamente en silencio, se podía escuchar claramente como la lluvia repiqueteaba contra los cristales. Esto ensombreció aun más el ánimo de Ignacio.

 

                — ¿Qué te debo?

                —Nada, Nacho, esta va por cuenta de la casa —respondió la chica al tiempo que componía una sonrisa de complicidad.

                — ¿Nos conocemos?—preguntó Ignacio sorprendido.

                — ¡Sabía que eras tú! —exclamó la muchacha con satisfacción mientras la sorpresa de Ignacio iba en aumento—. No te acuerdas de mí, ¿verdad?

                —La verdad que no, discúlpame.

                —Bueno, es normal, han pasado un montón de años… Soy Laura, la hija de José.

 

Ignacio seguía sin caer en la cuenta de quién era aquella chica, que parecía estar disfrutando de alguna manera con el desconcierto que estaba provocando en él. 

 

                —Esa chica flaca y con gafas con la que os metíais siempre tú y tus amigos… —explicó ella.

 

En ese momento la recordó: era Laura, la hija menor del propietario del local. A menudo se burlaban de ella cuando era pequeña porque estaba muy delgada y tenía miopía. Entonces le invadió un sentimiento de culpa y se sintió el ser más miserable sobre la tierra. Las lágrimas comenzaron a brotar incontroladamente de sus ojos. Se llevó rápidamente ambas manos hacia el rostro, tratando de ocultar su tristeza. La chica mudó inmediatamente su expresión al ver como Ignacio se derrumbaba.

 

                —¿Estás bien? —le preguntó en un tono de voz amable.

                —Perdona. —dijo Ignacio con la voz entrecortada, pues sentía tal nudo en la garganta que apenas podía articular las palabras.

 

La chica le cogió del brazo con delicadeza tratando de consolarle. Él se incorporó bruscamente y abandonó el local de forma precipitada.

 

 

          Continuará…

 

 

 

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