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El santuario – novena parte

Apple Tree por Brad Gree
Apple Tree por Brad Gree

Continuaron atravesando un par de campos para evitar la autovía y enseguida llegaron al pueblo de al lado. Laura le llevó a una sidrería que tenía un merendero al aire libre en el que crecían algunos manzanos dispersos. Ignacio se encontraba realmente cómodo en compañía de la chica y le parecía que el tiempo volaba. Al cabo de una hora se dio cuenta de que había tomado demasiada sidra y se disculpó para ir al servicio. Justo en el momento en que iba a bajarse la cremallera de los pantalones para orinar, su móvil comenzó a vibrar dentro del bolsillo de atrás del pantalón. Al ver la pantalla comprobó para su sorpresa que se trataba de Marta. Estuvo a punto de responder la llamada de forma automática, cuando se detuvo y permaneció inmóvil unos instantes, dejando que el teléfono sonara. Entonces se dio cuenta con cierto asombro de que no le apetecía lo más mínimo hablar con ella, a pesar de que había estado días esperando una llamada por su parte.

 

Regresó al merendero y se encontró a Laura sentada de espaldas, con los codos apoyados hacia atrás sobre la mesa. Tenía la cabeza echada a un lado, los ojos entrecerrados y su melena de color castaño caía como una cascada emitiendo destellos rojizos bajo al sol. Se quedó en silencio contemplándola y quiso grabar esa imagen lo más posible en su mente. Le pareció un momento irreal. La luz dorada del sol de mediodía bañaba toda la escena y se colaba entre las copas de los manzanos, confiriendo a la escena una calidad casi onírica, como si tuviera ante sus ojos el decorado de un plató de cine. También le resultó extraño el sentimiento cálido que acompañaba a esa visión y que se iba instalando en su pecho y en sus extremidades rápidamente. Al mismo tiempo había algo familiar. Recordó haber sentido algo muy parecido en ese pequeño claro de bosque, frente a la estación. En ese momento Laura se percató de su presencia y le sacó de su ensoñación.

 

                — ¿Cuánto llevas ahí? —le preguntó sonriendo algo ruborizada.

                —Perdona. Estabas tan relajada que no quería estropearte ese momento tan zen.

                —Anda ya… ¡Oh, fíjate qué hora es! —Exclamó al mirar su reloj—. ¿Te apetece que comamos algo aquí? No tengo que abrir el bar hasta las cuatro y media o así…

 

A Ignacio le pareció que le había leído el pensamiento. ¡Qué tía más maja, joder! —pensó.

 

Después de comer acompañó a Laura a su casa. Cuando se estaban despidiendo en la puerta del bar, Ignacio titubeó un momento y le dio un beso en cada mejilla.

 

                —Muchas gracias, lo he pasado muy bien… Espero que tú también.

                —Para mí ha sido un tormento, Nacho —bromeó ella con ironía—. Me voy a tomar una aspirina antes de abrir el bar porque me has levantado un dolor de cabeza terrible.

                —En serio, lo necesitaba. He conseguido desconectar bastante.

                —Sí, no ha estado mal… Al menos no me has llamado bicho palo ni una sola vez.

                — ¡Joder, me lo vas a recordar siempre! —se quejó Ignacio mientras se alejaba.

 

De camino al hostal estuvo pensando en el tiempo tan agradable que había pasado con Laura y si ella sentiría algo por él. Le parecía que sí, pero tampoco la conocía demasiado como para poder asegurarlo. Al menos era agradable con él. Por otro lado le sacaba casi diez años y le resultaba casi inapropiado insinuársele, pues el recuerdo anterior que tenía de ella era el de una niña. Además, no tenía apenas conocidos allí y quizás debería tratar de forjar una amistad con Laura en lugar de arriesgarse y echarlo todo a perder por una posible aventura puntual, pues antes o después tendría que regresar a Madrid.

 

Se echó una siesta de casi dos horas. Había comido y bebido más de la cuenta y se despertó con la cara hinchada. Después de darse una ducha se puso a trabajar con su portátil. Estuvo más de tres horas totalmente enfocado en un proyecto del que adelantó mucho, y no tuvo pensamientos intrusivos o preocupaciones que le perturbaran o apartaran del trabajo… Exceptuando el rostro de Laura.

 

Cuando volvió a revisar su móvil tenía dos llamadas perdidas más de Marta. Como tampoco quería entrar en el juego de indiferencia de ella, le envió un mensaje en el que le decía que se encontraba bien pero que ahora era él quien no tenía ganas de hablar, y le pedía algo de tiempo para ordenar sus pensamientos. La respuesta de ella fue muy rápida pero se limitó a un simple “Ok”.

 

Ya eran más de las nueve de la noche y como no tenía nada de apetito bajó a pasear y a estirar un poco las piernas. Era noche cerrada y las luces del puerto se difuminaban sobre el agua, dibujando formas y colores ondulantes. En ese momento le llegó un mensaje de Laura. Le preguntaba si le apetecía quedar con ella al día siguiente por la noche. Inmediatamente le respondió que sí, a pesar de no tener la menor idea de qué plan iba a proponerle. Caminó una vez más hacia el final del muelle, donde se encontraba el dique. El cielo estaba tan oscuro que era imposible discernir la línea del mar de la del cielo, en el horizonte. Y sin embargo allí estaba aunque no pudiera verla.

 

 

          Continuará…

 

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