91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – octava parte

Autor: David Chow
Autor: David Chow

La casa de Laura quedaba en el último piso de la vieja finca donde estaba situado el bar. Había sido la vivienda familiar hasta que sus padres construyeron una casa más grande, y dejaron el piso a disposición de sus hijas. A eso de las diez de la mañana, Ignacio llegaba puntualmente a la cita que habían acordado el día anterior. Laura se asomó por la ventana y anunció alegremente que enseguida bajaba. Transcurridos un par de minutos apareció vestida con un jersey de lana granate, botas y unos vaqueros. A Ignacio le pareció que le sentaban muy bien.

 

                —¿Damos un paseo o desayunamos antes?

                —Lo que prefieras, Laura.

                —Yo tengo algo de hambre —dijo la llevándose la mano al estómago—, suelo desayunar temprano y hoy no he tomado nada aún.

 

Laura le llevó a una cafetería que Ignacio conocía solo de vista, pero a la que jamás había entrado. El camarero la saludó amigablemente desde la barra cuando entraron. Ignacio se percató de que a él le miraba realizando el habitual escrutinio reservado a los forasteros. Luego se sentaron en una mesa y pidieron café con tostadas y zumo de naranja.

 

                —Vas a ser la comidilla durante los días que estés por aquí —le dijo Laura bajando el volumen de la voz y empleando un tono de complicidad.

                —Ya me he fijado… Debe pensar que soy un nuevo ligue tuyo.

                — ¡Oye, ni que trajera a tantos! —exclamó Laura risueña.

                —Bueno a una chica como tú no han de faltarle pretendientes, ¿no?

                —Pues mira, no es que haya mucho donde elegir por aquí… No estoy diciendo que no haya gente buena o que no merezca la pena, solo que no siento que me aporten gran cosa —hizo una pausa—. No me veo con nadie de aquí a la larga.

                —Y sin embargo decidiste quedarte.

                —Si, Nacho, porque aquí está mi familia y todas las cosas que me han interesado siempre. Solo viví fuera unos años cuando estudié la carrera y aún así me venía los fines de semana a ayudar en el bar. Aquí soy feliz, pero claro, no se puede tener todo. A veces tienes que renunciar a algunas cosas para poder disfrutar de otras.

 

Después de desayunar, Laura le llevó de paseo por una carretera estrecha que daba a la autovía. Había grandes árboles a los márgenes de la carretera y sus copas se juntaban en lo alto, creando un pasillo de hojas y ramas. Ignacio recordó haber caminado por aquella carreterita numerosas veces en su infancia, sobre todo cuando volvía del cine con su hermano alguna noche de viernes. Juan era casi cinco años mayor y solía dedicarse a hacer manitas con alguna chica en las butacas, más que a prestar atención a la película. Luego, de vuelta, Ignacio les adelantaba e iba cazando luciérnagas y metiéndolas en un bote. Recordó que le fascinaban los bichos de todo tipo. Se pasaba horas en un riachuelo cogiendo renacuajos con una red. También sapos y salamandras que en más de una ocasión le produjeron urticaria en las manos. Pensó que podría haber estudiado entomología, veterinaria o algo similar. Quizás alguna de esas profesiones le habrían proporcionado más satisfacción y menos estrés que su trabajo actual. Recordó también el encuentro con Don Andrés, su antiguo profesor, cuando entró en el bar del puerto algunos días atrás.

 

                —¿Te acuerdas de Andrés, el profesor de latín? —le preguntó a Laura.

                —Claro, yo también lo tuve. Siempre fue de mis profesores favoritos. Se jubiló hace poquito.

                —Sí, lo sé, me le encontré el otro día en un bar y le saludé. Estuvimos charlando un rato.

                —A mucha gente le parece algo estirado y seco, pero a mí me encanta.

                —El año que me dio clase apenas hablamos pero hizo algo increíble por mí.

                — ¿Ah, sí?  —la chica le miró con expresión curiosa.

                —Fue el último año de instituto, y aunque suspendí su asignatura durante todo el curso me aprobó. ¿Puedes creerlo?

                —A ver, es estupendo y dice mucho de él como persona y como profesor, Nacho… Pero tampoco es tan raro.

                —Que suspendí todo el curso latín, Laura. Si no me hubiera aprobado no habría pasado curso, con lo que tampoco me podría haber presentado a selectividad ese año. Seguramente habría dejado otra vez los estudios y tirado por otro camino diferente.

                —Pues precisamente por eso, los profesores sabían que habías retomado los estudios por voluntad propia. Si yo hubiera sido Andrés, probablemente también te habría aprobado, aunque hubieras suspendido mi asignatura todo el año. Creo que en conjunto es mucho más importante el hecho de que retomaras los estudios, y de que pudieras tener una continuidad después.

 

Siguieron caminando bajo las copas de los árboles. Ignacio permaneció unos momentos en silencio, reflexionando acerca de lo que acababa de decirle Laura.

 

                —Míralo así: supón que ese gesto lo hubieran tenido conmigo —dijo la chica—. ¿Te parecería algo tan insólito? …Me he pasado uno o dos años ayudando a mi padre con su empresa, después decido retomar los estudios y me encuentro con que tengo un año de retraso en una asignatura… ¿No crees que quizás merezco que me den una oportunidad, que me faciliten un poco las cosas?

                —Visto así… —respondió Ignacio pensativo.

                —Lo que quiero decir es que cuando hablas de ello, da la impresión de que esa persona hizo un sacrificio enorme por ti cuando no lo merecías. Tampoco le resto valor, claro que en parte lo hizo por ti, pero también por ser coherente con sus principios y su moral como profesor, estoy segura.

                —No me lo había planteado de ese modo.

                —Es como ayer, cuando me dijiste que no te merecías que fuera tan buena contigo ni que te escuchara… Y a mí no me supuso ningún esfuerzo, ¿comprendes?

 

Se produjo un silencio largo entre ambos, pero no uno de esos silencios incómodos en los que ninguna de las dos personas sabe bien qué decir. Más bien un silencio mutuamente consentido de forma tácita. Ignacio se sintió un poco vulnerable al haber quedado expuesto un aspecto de él que revelaba cierta inseguridad por su parte. Paradójicamente, también se sintió comprendido y más cerca afectivamente de Laura.

 

 

Continuará…

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *