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El santuario – quinta parte

casco antiguoVolvió al hostal empapado pues no se había llevado paraguas. Se apresuró a llamar a Marta movido por alguna clase de necesidad inconsciente. Esta vez sí le cogió la llamada pero no le dio opción a explicarse: no tengo nada que decirte, cuando vuelvas y te comportes como un adulto, hablamos —y dicho esto le colgó el teléfono.

 

Esa noche durmió mal. Tuvo sueños agitados y se despertó un par de veces repentinamente con taquicardia. Por la mañana se levantó temprano. Hacía buen día y el cielo estaba despejado. Después de desayunar en una cafetería frente al muelle echó a andar en dirección a la estación. Caminaba un poco como un autómata, sumido en sus pensamientos y ajeno a todo cuanto le rodeaba. Lo que más le dolía sin duda, era el desprecio y la indiferencia por parte de Marta. ¿Por qué te aferras tanto a alguien que te trata tan mal, Ignacio? —se preguntaba.

 

Antes de llegar a la estación se desvió, y cruzando las vías se dirigió a la masa de bosque que había enfrente. No sabía si sería capaz de encontrar de nuevo ese pequeño claro, con el viejo y enorme roble que crecía en el. Sus pies le habían vuelto a guiar a aquel lugar de forma casi inconsciente. Pensó que quizás le movía la necesidad de obtener cierta paz. Anduvo deambulando por el bosque hasta que logró encontrar el claro. El suelo estaba más húmedo a causa de todo lo que había llovido el día anterior. Aún así, se sentó en la base del árbol y recostó la cabeza sobre su corteza. Entrecerró los ojos y permaneció inmóvil. Pasados unos minutos, comprobó con frustración que no lograba encontrar la paz que había experimentado unos días atrás en aquel mismo lugar. Los malos pensamientos no dejaban de azotar su mente. Volvió a sentirse un miserable, como si aquel lugar le hubiera considerado indigno de volver a obrar en él esa propiedad de calmar su mente. Al cabo de media hora se incorporó y optó por tomarse un comprimido de ansiolítico. Lo llevaba siempre consigo desde que había tenido las primeras crisis de ansiedad meses atrás. Recordaba haberse quedado algo perplejo cuando fue a urgencias un día porque creía estar sufriendo alguna clase de ataque cardiaco. Tras examinarle, el médico le dijo que se trataba únicamente de ansiedad y que debía tratar de tomarse las cosas con más calma.

 

De regreso, se acordó de Laura, la chica del bar, y se sintió nuevamente culpable. Se había marchado el día anterior corriendo y hecho un mar de lágrimas. ¿Qué habría pensado ella? Estaba totalmente cambiada; a la niña si la situaba con claridad en su memoria, pero la chica con la que había coincidido la tarde anterior le resultaba una absoluta desconocida… y aun así le asaltaban remordimientos por haberse portado tan mal con ella años atrás. Luis y él se burlaban a menudo y le ponían motes para hacerle rabiar. Bicho palo, le llamaban, por su delgadez y porque las gafas que usaba para corregir la miopía le hacían los ojos pequeñitos. Alberto, sin embargo, la defendía, lo que provocaba que se aliaran también en su contra. Solían burlarse de ella cuando no estaba presente José, el dueño del bar y padre de Laura. A Ignacio le pareció extraño que Laura nunca llegara a advertir a su padre acerca de las burlas. Era un hombre corpulento cuya sola presencia imponía respeto. Sonrió al recordar algunas de aquellas anécdotas. Más que meterse con la chica a mala idea, lo hacían porque les hacía gracia como reaccionaba. Se ponía a la defensiva y, sacando pecho, les respondía con frases e insultos muy ocurrentes para una niña de nueve años. Esto hacía que Ignacio y Luis se troncharan de risa, lo que indignaba aún más a Laura, que terminaba por darse media vuelta y marcharse muy enfadada. En realidad se trataba de una especie de juego o provocación para conseguir de ella esa reacción que tanto les divertía. Aún así pensó que era algo un poco cruel. Laura se había convertido en una chica muy atractiva. No quedaba ni rastro de la niña escuálida ni de aquellas gafas de culo de vaso que solía llevar. Ahora guardaba mucho parecido con su madre cuando era joven. Ignacio también la había conocido años atrás, pues también ella solía trabajar en el negocio familiar. No recordaba su nombre, solo que se dejaba ver poco, pues pasaba la mayor parte del tiempo en la cocina.

 

El ansiolítico iba haciendo efecto y se sintió algo más relajado mientras caminaba de vuelta. El cielo estaba despejado, y soplaba un aire fresco desde la costa que le traía el aroma del mar. Sacó el móvil del bolsillo y lo revisó. Comprobó con alivio que no tenía ningún mensaje nuevo ni llamadas perdidas. Al mismo tiempo le seguía doliendo el mutismo y la indiferencia de Marta. Pensó en su padre, en cómo se encontraría… Tenía que llamarle sin falta. Sabía que buscaba cualquier excusa para postergar la llamada y cuanto más lo hacía, más culpable se sentía después.

 

Eran cerca de las doce y el tañido de las campanas de la basílica resonaba a través del pueblo anunciando misa. No tenía nada mejor que hacer y aunque ni siquiera era creyente, se sintió atraído por el sonido. Pensó que tal vez encontraría en este templo la paz que no había obtenido en su santuario privado del bosque. Numerosas personas, en su mayoría de avanzada edad, caminaban por las calles del casco antiguo para confluir en la plaza, donde se encontraba la basílica. Ignacio se detuvo a contemplar su belleza, mientras el resto de feligreses iban siendo engullidos por el pórtico románico de la entrada. Prefirió esperar a que terminara el servicio tomando un descafeinado y leyendo el periódico en el bar frente a la iglesia.

 

Al cabo de una hora, el arco de la puerta comenzó a vomitar una pequeña marea de gente. Cuando el templo se hubo vaciado prácticamente, entró y se sentó en uno de los bancos.

 

 

Continuará…

 

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