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El santuario – sexta parte

Autor: Jacqueline Poggi
Autor: Jacqueline Poggi

El tiempo parecía transcurrir más despacio dentro de la iglesia. Había un olor particular a cera flotando en el ambiente y recordó que, cuando era pequeño, no se usaban velas naturales. En su lugar, había unas enormes consolas eléctricas de velas artificiales. Cada vez que depositabas una moneda, una vela se iluminaba y permanecía encendida durante un rato. En una ocasión, siendo niño, visitó la iglesia con Luis. Descubrieron accidentalmente, que las velas se encendían indistintamente con cualquier pequeño objeto que se depositara en la ranura habilitada para monedas. Así que salieron a la calle a coger del suelo toda clase de inmundicias, como cáscaras de pipas y colillas de cigarrillos. Después volvieron a la iglesia y, disimuladamente, fueron introduciendo todas aquellas porquerías, maravillándose cada vez que una vela se encendía, y así hasta que toda la consola se encontró iluminada. Imaginó la cara del cura cuando fuera a abrir la consola para recoger las monedas. Soy un pecador, aquí tampoco hallaré paz —pensó y rió para sus adentros.

 

El efecto del ansiolítico unido a la mala calidad del sueño de la noche anterior, le provocaron una somnolencia pesada. Empezó a bostezar abriendo mucho la boca y a dar pequeñas cabezaditas en el banco. Una anciana, que estaba sentada un par de bancos por delante de él, giraba la cabeza con frecuencia para observarle. Finalmente decidió incorporarse y abandonar la iglesia. Al salir a la calle le despejó un poco el aire fresco y se encaminó de vuelta al hostal.

 

Después de comer unos sándwiches tumbado en la cama mientras veía la tele, se quedó profundamente dormido. Esta vez soñó con Laura, la chica del bar. Volvía a ser una niña y Luis y él se metían otra vez con ella. “¡Bicho palo, bicho palo!”, le decían a coro. Entonces aparecía Alberto vestido de cura, con una chaqueta negra y un alzacuellos. Se interponía entre ellos y la chica y empezaba a santiguarles varias veces muy rápido. También estaba Marta sentada en una mesa al fondo del bar. Fumaba un cigarrillo y le miraba fijamente con cierto desprecio. Cuando Ignacio trataba de acercarse a ella le hacía un gesto desdeñoso con la mano, como insinuando que se fuera. Después se esfumaba y él la buscaba con desazón por todo el local. Hasta revisaba el servicio de caballeros. Después volvía a la barra y Laura estaba allí, pero volvía a ser una mujer adulta. Le preguntaba nervioso si había visto a Marta y ella le gritaba muy enfadada: “¡vete a la mierda, capullo!”. Después su expresión se tornaba en tristeza y comenzaba a sollozar: “tengo un trauma infantil por tu culpa…”. Entonces la abrazaba mientras la chica se deshacía en lágrimas. “Lo siento, perdóname”, le repetía Ignacio tratando de consolarla, “era una broma, eres muy guapa”. Podía sentir vívidamente como el cuerpo de Laura se estremecía junto al suyo. Sintió pena por la chica, pero al mismo tiempo le resultó agradable estrecharla entre sus brazos. Su cuerpo era gracioso y menudo. En ese mismo momento se asustó al pensar que si tenía una erección y ella lo notaba, se asustaría y llamaría a la policía, convencida de que era alguna clase de depravado. Despertó sintiéndose algo agitado y confuso.

 

Se dirigió nuevamente a La Estación. Tenía la intención de disculparse con Laura por haberse marchado de aquella manera el día anterior, y también por haberse burlado de ella cuando era pequeña. Cuando entró, la chica se le quedó mirando un poco expectante, como si no supiera si iba a echarse a llorar otra vez, o a salir corriendo. Ignacio se acercó a la barra y la saludó.

 

                —Hola… Oye, perdona por lo de ayer, me pillaste en un mal momento…

                —No pasa nada —le interrumpió la chica—. Me lo imaginé. Perdóname tú a mí por soltarte quien era así de sopetón.

                —Me sentí raro… Hacía tantos años que no visitaba este sitio —dijo mientras recorría el local con la mirada.

                —Más de quince, creo. Tendría yo unos nueve o diez…

                —No sabía siquiera si seguiría abierto.

                —Pues sí —le sonrió Laura—, aquí seguimos con la tradición familiar.

                — ¿Tus padres ya se jubilaron?

                —No, mi padre suele estar por las mañanas. Mi madre falleció hace cinco años.

                —Joder, lo siento mucho —se lamentó Ignacio.

                —Gracias… Fue duro porque estuvo enferma mucho tiempo.

                —Hace algo menos de un año murió la esposa de mi padre, pero claro, no es lo mismo… —miró a Laura de reojo sintiéndose un poco torpe—. Aunque le tenía cariño, eso sí.

                —Vaya, no sabía que tus padres se habían separado… ¿Te sirvo algo?

 

Estuvieron charlando durante casi una hora. Ignacio se fue relajando y sintiendo más cómodo a medida que la conversación fluía. Laura era una chica agradable y le pareció que no debía guardarle ningún rencor por la forma en la que se dirigía a él. Se tomó un par de carajillos con ella en la barra y hablaron sobre aquellos años, cuando eran unos chavales.

 

                —Ha cambiado mucho esto. He visto que han construido urbanizaciones nuevas en las afueras.

                —Sí, aunque ya ves que no es que haya aumentado especialmente la población —dijo Laura mientras levantaba expresivamente la mano señalando el local vacío—. Es sobre todo como segundas viviendas, para el verano. En temporada baja ya ves que sigue tan mustio como siempre o más.

                —A mí me gusta así… tranquilo. He venido precisamente por eso, porque necesitaba desconectar —dijo mientras manipulaba algo nervioso el sobre del azúcar.

 

Laura hizo una pausa y luego tomó aire antes de hablar.

 

                —Oye, me imagino que tendrás cosas que hacer y gente a la que ver, pero si te apetece charlar o tomar algo en cualquier momento, aquí me tienes, ¿vale?

                —Muchas gracias, Laura. La verdad es que no he avisado a nadie… He perdido el contacto con casi toda la gente de por aquí a lo largo de los años… Te lo agradezco mucho. No sé cuantos días voy a estar pero cuenta con ello. Te dejo mi número.

 

Garabateó unos números en una servilleta y se la pasó a Laura deslizándola sobre el mármol de la barra.

 

                —Y oye, quería disculparme también por vacilarte todo el tiempo con los colegas cuando eras una niña —le dijo bajando la vista algo avergonzado—. Recuerdo que te decíamos cosas muy crueles…

                —¿Cómo “bicho palo”? —respondió Laura risueña.

 

 

Continuará…

 

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