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El santuario – tercera parte

Los otros hombres fueron despidiéndose y abandonando el bar, así que Ignacio aprovechó que su antiguo profesor se quedaba solo para acercarse a saludarle.

                — ¿Se acuerda de mí, Andrés? —dijo mientras le tendía la mano—. Soy Ignacio Robles, un antiguo alumno suyo.

El hombre le estrechó la mano algo perplejo mientras hacía un esfuerzo por tratar de situarle mentalmente.

                —Me dio clases de latín hace muchos años, probablemente no me recuerde,… Tenía el pelo largo y no llevaba barba.

                — ¡Sí, sí que me suena algo su cara, joven!

                —Gracias por lo de joven, jeje —respondió Ignacio algo ruborizado, al tiempo que esbozaba una sonrisa que hacía que se le marcaran unas horribles patas de gallo en los ojos.

                —La verdad es que por los nombres no caigo. Son tantos alumnos al cabo de los años,… Pero sí que me resulta familiar. ¿Cuándo dice que le di clase?

                —Pues hará unos quince años ya. Fue en el último año que cursé de instituto.

                —Yo llevo jubilado tres —dijo Andrés al tiempo que desviaba su mirada a la izquierda—, pero no recuerdo haberme cruzado con usted. ¿Ya no vive por aquí?

                —No, me fui a Madrid a hacer la carrera y desde entonces he vivido allí.  Déjeme invitarle a otra ronda.

 

"Harbor" de Brooke Lynn
“Harbor” de Brooke Lynn

 

Estuvieron hablando una media hora sobre aquellos años, el resto de profesores y compañeros de la quinta de Ignacio, y qué había sido de las vidas de unos y de otros. Al principio se sintió un poco extraño, pero al cabo de un rato la conversación fluyó animadamente. Don Andrés siempre había hecho gala de un humor algo cáustico que con los años, se había vuelto aún más corrosivo. Esto chocaba con su forma de expresarse, muy correcta y siempre tratando a su interlocutor de usted, algo a lo que Ignacio no terminaba de acostumbrarse.

 

No dejaba de sorprenderle las vueltas que daba la vida. Ahora volvía a encontrarse con una persona que, sin saberlo, había determinado en gran medida el rumbo de su vida muchos años atrás. Cuando decidió retomar los estudios después de dos años sabáticos, se vio en la tesitura de tener que elegir asignaturas que no eran del todo su fuerte. Como se trataba de un instituto pequeño, no había cupo de alumnos suficiente para todas las materias. Entre matemáticas y lenguas muertas optó por estas últimas, confiado en el recuerdo de que la última vez que las cursó, no le resultaron especialmente complejas. El primer día de clase, se encontró en la pizarra con una frase en latín de ocho proposiciones subordinadas sobre la guerra de las Galias. El resto del curso suspendió invariablemente todos los exámenes, pero cuando llegó la evaluación final, don Andrés le aprobó contra todo pronóstico. Sin duda debía estar al corriente de que Ignacio había retomado los estudios, y no podría presentarse a selectividad si no aprobaba todo. A pesar de ello no tenía por qué haberle aprobado. Ignacio nunca tuvo la ocasión de agradecérselo y siempre se sintió en deuda con aquel profesor. Curiosamente, aunque apenas se dirigieron media docena de frases durante ese año que le dio clase, casi desde el principio se estableció entre ellos una especie de diálogo silencioso. Siempre hubo un respeto mutuo que Ignacio podía sentir entre los dos, y esto le resultaba aún más extraño, pues como profesor, don Andrés había tenido motivos de sobra para no simpatizar con él. Suspendió todos y cada uno de los exámenes, lo cual evidenciaba que no ponía especial empeño en ponerse al día con la asignatura. También era cierto que se veía incapaz, pues tenía un desfase de todo un año con respecto a sus compañeros. Casi le parecía providencial haber coincidido con don Andrés al regresar a aquel lugar. Se prometió agradecerle el gesto que tuvo años atrás si volvía a coincidir con él.

 

Paseó por el puerto sin rumbo fijo. El día estaba despejado salvo por algunos pequeños jirones de nubes blancas que salpicaban el cielo. Corría un viento que hacía balancearse las embarcaciones amarradas en el muelle. Éstas producían un golpeteo monótono al chocar entre sí. Sacó su reproductor del bolsillo y, a través de los auriculares, comenzó a escuchar los primeros acordes de un desgastado tema de Mike Oldfield. 

 

Estaba alcanzando el final del muelle, donde las olas rompían con fuerza contra el dique. El mar se extendía hasta donde le llegaba la vista. Las gaviotas sobrevolaban las olas embravecidas, y parecía que estas fueran a engullirlas en cualquier momento, sin previo aviso. Sintió como el aire frío y húmedo le traspasaba la ropa, lo que le devolvió a la escena del día anterior por la mañana, cuando estaba sentado en el andén de la estación y sintió esa presión en el pecho que le ahogaba. Ahora no la sentía, pero sí un vacío de melancolía que trepaba arañándole desde las paredes de su estómago hasta la garganta. Deseó volver al pequeño claro de bosque, frente a la estación de trenes. Se había sentido en calma durante el tiempo que estuvo allí. Recordó el viejo roble que se erigía silencioso extendiendo sus ramas, el sonido constante del arroyo cercano, la tranquilidad que impregnaba todo el lugar,… Fue una especie de santuario natural en el que encontró cierto sosiego.

 

De vuelta al hostal volvió a rumiar los problemas que había tratado de dejar atrás con aquella escapada. Sabía que en algún momento tendría que volver, y cuanto más postergara su regreso, más se complicarían las cosas. Tenía pendiente mucho trabajo acumulado y proyectos a medias, por lo que los clientes no cesaban de llamarle y de enviarle mensajes. Él se limitaba a dar largas y a justificarse poniendo excusas. Por otra parte, estaban las tensiones constantes con Marta, con la que llevaba saliendo un año y medio que había sido como un calvario. Ella, al contrario que los clientes, no había dado ninguna señal de vida. Era evidente que seguía molesta, y la fuga precipitada de Ignacio no habría hecho sino agravar su enfado. A menudo reaccionaba así, castigándole con su indiferencia, y esto era lo que más le dolía a él. Se acordó también de su padre, le había dejado en Madrid, solo y deprimido. Desde que falleció su esposa había dado un bajón tremendo, como si le hubieran cargado diez años más a la espalda, y se había vuelto mucho más dependiente. Cada vez abrumaba más a Ignacio con sus continuas demandas, y este se sentía incapaz de sacarle de la depresión en la que se había sumido.

 

Al llegar a su habitación llamó a Marta desde el móvil pero no obtuvo respuesta. Le subió un regusto amargo a la garganta.

 

              Continuará…

 

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