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Para Elisa – quinta parte

El resto de la semana transcurrió con la monotonía habitual y el viernes, tras varios cambios de opinión, Elisa resolvió ir a comprar algo de ropa. Esto era algo que no le agradaba lo más mínimo y a menudo lo postergaba. La idea de pasarse una hora probándose prendas frente al espejo le dejaba el ánimo por los suelos.

 

Anduvo por las calles del centro y entró en algunos comercios, pero apenas se probó un par de prendas. Tenía la sensación de que prácticamente toda la ropa le sentaba mal. De vuelta a casa, se detuvo frente a un escaparate que siempre le llamaba de forma especial la atención. Solía exhibir prendas muy vistosas y un poco atrevidas. A Elisa siempre le venía el mismo pensamiento mientras las contemplaba: si, muy bonito, pero no para mí. Finalmente, compró algunas prendas para salir del paso, nada especial, y regresó a casa con un par de bolsas. Como de costumbre, su madre se empeñó en que le mostrara lo que había comprado. Tampoco es que fuera muy entusiasta a la hora de juzgar como le sentaba la ropa a Elisa. Se limitó a hacer algunos gestos de aprobación sobre una blusa y fue algo más expresiva con unos zapatos que apenas tenían tacón. El padre de Elisa, algo más positivo, le decía que le quedaba todo muy bien. Con esta actitud, parecía que estuviera tratando de compensar la falta de entusiasmo de Carmen, su mujer. Fuera por exceso o por defecto, a Elisa no terminaban de ayudarle estas valoraciones. Pensó que quizás al pasar mucho tiempo en una relación, uno terminaba desarrollando actitudes y maneras que compensaban lo que le faltaba al otro. O tal vez sus padres ya se habían conocido siendo así, y se complementaban desde el principio en esos aspectos. Miraba las prendas extendidas sobre la cama y se lamentaba por las elecciones que había hecho. Sin apenas darse cuenta terminaba siempre decidiéndose por ropa que, o bien disimulaba su figura, o escondía en gran parte su cuerpo.

 

Esa noche quedó con Pilar y otra amiga para tomar algo. Estuvieron en los bares habituales tomando copas y hablando hasta tarde. Unos chicos se acercaron a saludarlas y Pilar les ahuyentó con su excesiva extroversión, que a menudo se traducía en que decía las cosas de manera demasiado directa y desprovista de tacto. Elisa se acordó del chico tan guapo del parque. Le gustaba fantasear sobre cómo sería un encuentro con él y aunque se daba cuenta de que a menudo idealizaba a las personas sin conocerlas, no podía evitar encontrar cierto deleite en ello. Pensó que lo más probable es que jamás se fijara en ella y menos después de haberla visto en el banco con Mario, el mendigo del parque.

 

Volvió a casa con el estómago vuelto del revés, como un calcetín. Nunca había tenido especial tolerancia para el alcohol y esa noche le sentó especialmente mal. Estaba en su cuarto desvistiéndose y le sobrevino de repente una náusea. Fue corriendo al baño y empezó a vomitar en la taza del váter mientras le sobrevenían unas arcadas muy escandalosas. Carmen se levantó como un resorte, alertada por el ruido.

 

                — ¡Hija, ya has vuelto a beber!

                — Mamá, que ya no soy una niña… —se limpió la boca con un trozo de papel higiénico mientras trataba de recuperar la compostura—. Solo he tomado un par de copas.

                —Bueno, mientras vivas bajo este techo te debes comportar. Mira como vienes… Voy a prepararte una manzanilla.

                —No, que me da más ganas de vomitar.

                —Pues precisamente, para eso es —respondió Carmen mientras se alejaba por el pasillo sin darle opción a réplica.

 

Se metió en la cama y al cerrar los ojos sintió que la habitación giraba sobre un eje invisible. Pasados cinco minutos, entró su madre con la taza de manzanilla.

 

                —Mamá, no quiero, de verdad. Voy a vomitar aquí en la cama si me la tomo.

                —Bueno, te la dejo sobre la mesilla. Intenta tomar un poco a ver si te limpia el estómago.

 

Y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

 

A la mañana siguiente despertó con resaca y más tarde de lo habitual. Echó la ropa del día anterior a la lavadora y se dio una ducha. Su madre estaba cociendo judías en la cocina. Al entrar y percibir el olor sintió nauseas.

 

                — ¿Qué tal has dormido? —Le preguntó Carmen.

                —Fatal, mamá. No puedo ni oler la comida.

 

Se envolvió con la manta en el sofá y estuvo mirando la televisión hasta la hora de comer. Perla dormitaba hecha un ovillo a los pies del sofá, pues no tenía permitido subirse encima. A pesar de la insistencia de sus padres, Elisa no quiso sentarse a la mesa a probar bocado, y se quedó dando cabezadas en el sofá mientras ellos comían. Una noticia en el telediario mencionaba que, de entre los jóvenes europeos, los españoles eran los que más tardaban en independizarse. Esto la dejó  contrariada y se vio desde fuera como en un cuadro: sus padres comiendo en la mesa y ella tumbada en el sofá, hecha un gusano, enrollada en la manta y luciendo unas enormes ojeras. Le resultó una estampa de lo más deprimente.

 

Por la tarde y ya más recuperada de la resaca, estuvo en su cuarto poniendo un poco de orden en el armario. Se tuvo que subir a una escalera para poder llegar a la parte alta, donde se concentraban numerosas cajas de zapatos, maletas y juegos de ropa de cama. Al fondo, debajo de un edredón, encontró una caja de lata algo abollada. La reconoció en el acto: era la caja donde solía guardar la correspondencia que conservaba de sus años de adolescencia. Se bajó de la escalera con cuidado de no caerse y se sentó sobre la cama. Al abrir la caja sobre su regazo, le llegó el olor del papel perfumado de algunas de las cartas. Las conservaba en sus sobres originales, que habían sido cuidadosamente abiertos por un lateral. Extrajo algunos y examinó los remitentes. Se trataba casi siempre de antiguos compañeros de colegio y de instituto. También había alguna carta de su abuela Mercedes, de cuando Elisa era más pequeña y veraneaba en la playa, con sus padres. Precisamente de aquella misma época eran la mayor parte de las epístolas. Las que contenían aquel papel perfumado que aún conservaba parte de su fragancia. Eran de Mónica, una chica de Almería a la que Elisa conoció un verano en Altea, cuando ambas tenían doce años. Durante unos años, coincidieron durante los meses de vacaciones y, al menos por unas semanas, eran inseparables. El resto del año mantenían el contacto por carta. A Elisa le producía una ilusión especial recibir carta de Mónica. Recordó que siempre se tronchaba de risa con las ocurrencias que la chica le escribía. Cogió varias cartas y comenzó a releerlas mientras se acomodaba en la cama. Al otro lado de la puerta, Carmen se detuvo a escuchar las risas que provenían del dormitorio de su hija. Meneó la cabeza y se dirigió al cuarto de estar, donde su marido veía la tele distraídamente.

 

                — ¿Ha venido Pilar y no me he dado cuenta?

                —No creo, ¿por? —respondió José sin desviar a mirada de la pantalla.

                —Esta chica se ha vuelto loca —dijo como para sí misma y enfiló por el pasillo, de vuelta a la cocina.

 

 

           Continuará…

 

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