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Para Elisa – segunda parte

14080674247_ddbeafeb1b_zDespertó sobresaltada, como de costumbre. Al caer en la cuenta de que era sábado, sintió un gran alivio y volvió a acurrucarse bajo las sábanas. Durmió dos horas más. Después, los ruidos que venían de la cocina, terminaron por sacarla de la cama. Salió de su dormitorio y sintió una punzada de hambre en el estómago al percibir un estimulante olor a café y tostadas.

 

                —Buenos días, mamá. ¿Qué tal habéis dormido?

                —Me he desvelado un poco sobre las cuatro —respondió su madre mientras le daba  la vuelta a una tostada en la sartén—. ¿Vas a hacer algo hoy?

                —Pues me gustaría acercarme a ver una exposición, y luego a la tarde igual quedo con Pilar para tomar un café.

                —Si bajas acuérdate de traer yogures y algo de fruta.

                —Vale… Papá ha bajado con la perra, ¿no?

                —Sí. Toma una tostada con mantequilla y mermelada —dijo mientras depositaba el plato sobre la mesa.

                —Bueno, pero sin mantequilla, que estoy muy gorda —se quejó Elisa—. Luego a la tarde la bajo yo, ¿vale?

 

Su madre se limitó a forzar un gesto de incredulidad, mientras continuaba con su rutina sin emitir palabra. Elisa se comió la tostada de pie y se llevó una taza de café a su cuarto. Mientras tomaba el café a pequeños sorbos, miraba distraída por la ventana. A pesar de ser sábado, la calle estaba ya muy concurrida a las diez de la mañana. Se vistió perezosamente y bajó a hacer los recados. Después, se dirigió al centro a ver una exposición de arte moderno. Aunque algunas de las obras le resultaban vistosas, en general no terminaba de verles sentido o interés alguno. Se descubrió a sí misma observando a una pareja que estaba junto a ella contemplando un cuadro. Era un lienzo de grandes dimensiones y cubierto por varias pinceladas gruesas. No parecían formar ninguna figura reconocible. La pareja permanecía apreciando la obra con gran interés. Elisa se preguntaba si estarían viendo en ella algo ajeno a su comprensión. Esto le hizo sentirse fuera de lugar. ¿Por qué motivo insistía en visitar aquellas exposiciones? Si ella no entendía de arte y ni siquiera poseía una cultura amplia. Por otro lado, aquella pareja le resultaba asquerosamente perfecta. Parecían sacados de un catálogo de modas. Ella tenía una melena de color castaño oscuro que le caía formando ondas sobre los hombros, llevaba una chaqueta beige entallada y pantalones ajustados con botas altas. Elisa pensó que aquella ropa le daba un aire algo retro. Le recordó un poco a Brigitte Bardot. No tendría más de veinticinco años.  Él parecía algo mayor. Llevaba el pelo despeinado, pero de forma estudiada y unas gafas con montura gruesa. Sintió rechazo hacia aquellos desconocidos por la aparente perfección que emanaban. Su sola presencia le ponía enferma. Un momento después se reprochó a sí misma por haber sentido esa clase de aversión. Seguramente son buenas personas, Elisa. Agradables… ¡Aunque un rato pijos! —pensó.

 

Llegando a casa de sus padres bajo un cielo plomizo que amenazaba lluvia, le entró un mensaje de Pilar. Decía que estaba algo resfriada y que no tenía cuerpo para salir aquella tarde. A Elisa apenas le importunó el cambio de planes. Realmente nunca sentía un especial interés en quedar con Pilar. Parloteaba sin parar sobre los chicos que le gustaban y cuando era Elisa la que quería hacer algún comentario, nunca tenía la sensación de que le prestara atención. Si Pilar le preguntaba algo, enseguida cambiaba de tema después, con lo que Elisa tenía la impresión de que lo hacía por puro compromiso.

 

Comió con sus padres mientras estos hacían los típicos comentarios en la sobremesa, cuando veían la tele. Media hora más tarde, su padre ya entrecerraba los ojos y daba pequeñas cabezadas sobre la silla, al tiempo que un hilillo de baba se deslizaba por una de las comisuras de su boca.

 

Elisa se asomó a través de la ventana del cuarto de estar. Después de la lluvia, se había quedado un tarde despejada. Recordó entonces al chico de pelo negro y sonrisa encantadora, y a su gracioso perrito también. Se quedó mirando fijamente a Perla, la perra de sus padres, que descansaba al pie del sofá. El animal la miró con ojos expresivos, como tratando de comprender sus intenciones. Después de ayudar a su madre a recoger la cocina, Elisa le puso la correa a Perla y bajó al parque. Fantaseaba con la idea de volver a encontrarse con el chico moreno. Tal vez con la escusa de estar paseando a sus respectivos perros podrían entablar una conversación. Mientras visualizaba esta escena, sentía cierta excitación en la boca del estómago. Al momento le asaltó otra imagen menos sugerente: se ponía roja como un tomate y comenzaba a tartamudear cosas sin sentido y a hacer un ridículo espantoso frente al chico.

 

Ya en el banco del parque, trataba de concentrarse a duras penas en la lectura de un libro. Levantaba la vista cada dos por tres, en un estado de alerta constante para ver si veía al atractivo desconocido. Al cabo de una media hora logró abstraerse en las páginas y perder toda noción del tiempo, mientras Perla bostezaba perezosamente debajo del banco.

 

Había transcurrido más de una hora cuando algo le llamó la atención por el rabillo del ojo, distrayéndola de la lectura. Como no quería resultar descarada, echó la cabeza hacia atrás con disimulo, fingiendo que estiraba el cuello. A su lado había un viejo con aspecto de indigente. Parecía bastante sucio y desaliñado. De repente, una ráfaga de aire la trajo a Elisa el olor de aquel hombre. Se trataba de un hedor agrio, mezcla de sudor y orina, que saturaba el ambiente a su alrededor. Quiso marcharse pero le dio apuro. Pensó que resultaría demasiado evidente que su presencia le había espantado si se iba de inmediato. Perla comenzó a tirar de la correa, tratando de acercarse a olisquear al mendigo. Elisa, por su parte, dio pequeños tirones a la correa con disimulo para tratar de disuadirla.  La perra, que tiraba con fuerza para tratarse de un perro mediano, se puso a emitir unos quejidos lastimeros de frustración. Esto debió llamar la atención del mendigo, que estiró una mano sucia y curtida para acariciar al animal. Elisa volvió a hundir la nariz entre las páginas de su libro, muerta de vergüenza y simuló que la lectura la absorbía por completo.

 

 

Continuará…

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