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Para Elisa – sexta parte

Bench, por Serhio Magpie
Bench, por Serhio Magpie

La mañana del domingo Elisa despertó con energías renovadas. Hacía un día luminoso y entraba un torrente de luz cálida por la ventana, que invitaba a salir y disfrutar del día. Bajó al parque con Perla y anduvo paseando un buen rato. Se preguntó dónde estaría Mario, el mendigo. Hacía unos días que no le veía y esperaba que no le hubiera sucedido nada malo. Se detuvo frente al estanque de los patos que, como siempre, se acercaban veloces por si les caía algo de comer. Perla les ladraba nerviosa cuando estaban cerca y salían corriendo en estampida.

 

Encontró un banco bañado por la luz del sol. Se sentó mientras la perra husmeaba alrededor y entrecerró los ojos. Le llegaban los sonidos de los niños jugando a los lejos, sus risas y las voces de los padres. Esto le hizo pensar en la idea de ser madre algún día. Imaginó lo agradable que sería sostener a su propio bebé en brazos, verle sonreír o  escucharle decir sus primeras palabras. Después le siguieron otras escenas menos agradables, como desvelarse por la noche con el llanto del niño, tener que cambiarle los pañales cada dos por tres, verse desbordada por las responsabilidades que implica ser madre, o que al crecer se convirtiera en un adolescente problemático. Frunció el ceño mientras mantenía los ojos cerrados e hizo un esfuerzo consciente por volver a retomar esa primera imagen. Al momento volvía a sostener el cuerpecito del bebé en brazos. Estaba visualizando esta escena mientras permanecía envuelta en esa luz cálida y comenzó a sentir una dicha que brotaba desde su pecho. Cuanto más se visualizaba sosteniendo al bebé, más crecía ese sentimiento y se iba extendiendo a lo largo de su cuerpo. En ese momento, Perla se subió con las patas delanteras sobre su regazo, tratando de llamar su atención. Elisa, sin abrir los ojos y de forma casi instintiva, cogió a la perra en volandas y la apretó contra su pecho. Volvió a conectarse con esa imagen que tanta satisfacción le producía. Perla se removía inquieta, tratando de liberarse del abrazo dando sacudidas, a lo que Elisa respondía sujetándola con más firmeza. Finalmente, el animal asumió que no le quedaba más remedio y se rindió relajando el cuerpo y dejándose hacer por su ama. La sensación era ahora más vívida para Elisa al sostener un cuerpo cálido y rebosante de vida entre sus brazos. Pensó que la experiencia se podía haber mejorado con una criatura más pequeña y sin tanto pelo, pero tampoco iban a estropearle el momento unos pequeños detalles sin importancia. Comenzó a acunarla suavemente y a tararear una nana como si estuviera durmiendo a su propio bebé. Perla, ya totalmente resignada, asumía el rol impuesto de bebé humano sin rechistar. En ese momento, Elisa abrió los ojos y vio que tenía delante al chico moreno que tanto le gustaba. Estaba como a diez metros, paseando a su perrito y la miraba de la misma forma que la semana anterior, cuando la sorprendió merendando con el mendigo en otro lugar del parque. Elisa se sonrojó y rápidamente puso a Perla en el suelo, que fue corriendo a olisquear al perrito del chico. Después levantó y tímidamente la mano en señal de saludo, mientras componía una sonrisa crispada. ¡Madre mía, qué vergüenza! —Pensó. El chico comenzó a acercarse y Elisa trató de recuperar la compostura acomodándose en el banco con forzada naturalidad.

 

                —Hola, ¿qué tal? —Dijo el chico mientras los perritos se olisqueaban mutuamente.

                — ¡Holaaa! Aquí, disfrutando de este sol…

                — ¿Qué tiempo tiene?

                —Las doce menos cuarto —respondió Elisa mirando su reloj.

                —No, me refiero a la perra —aclaró el chico sonriendo mientras señalaba a Perla.

                —Aaah, jejeje, perdona —respondió Elisa muerta de vergüenza—. Cuatro años.

 

Dios, que torpe eres, Elisa. Más no se puede meter la pata —pensó. El chico, le preguntó amablemente si podía sentarse en el banco.

 

                — ¡Claro, hombre! —exclamó con las mejillas encendidas de rubor y se apartó haciéndole un sitio.

 

Estuvieron hablando mientras los perros jugueteaban alegres y despreocupados sobre la hierba. A Elisa le pareció que el chico era muy agradable, además de rematadamente guapo. Se llamaba Óscar, vivía a dos calles de ella y trabajaba como dependiente en un comercio. Vestía con una apariencia moderna y parecía algo más joven que Elisa, así que no debía llegar aún a la treintena. Le dijo que vivía solo y ella obvió a propósito decir que vivía con sus padres, pensando en que esto le restaría más puntos frente a él. Por otro lado, a esas alturas el chico debía tener ya un concepto bastante raro acerca de ella… Y aún así se había acercado a saludarla y se mostraba agradable y cercano.

 

Al cabo de media hora se despidieron. Elisa se sorprendió gratamente cuando el chico le pidió que anotara su número de móvil, sugiriéndole que podían coincidir para sacar a los perros o tomar un café. Volvió a casa con una sonrisa de oreja a oreja, e incluso fantaseando con la idea de tener un noviazgo con Óscar. Siempre había tenido una imaginación algo desbordante, y no le costó ningún esfuerzo visualizarse con él en distintas situaciones que implicaban un romance a largo plazo, como pasar por el altar o incluso tener hijos.

 

Ya en casa de su abuela Mercedes, le estuvo contando los dos accidentados encuentros que había tenido con Óscar en el parque. Como de costumbre, la mujer disfrutó de lo lindo con las meteduras de pata de su nieta. A Elisa esto le generaba aún más inseguridad. Se sentía ridícula al comprobar lo hilarante que le resultaba a su abuela, cuando encima ella lo había pasado tan mal y se había mostrado visiblemente nerviosa frente al chico. Por otro lado, se consolaba con el hecho de que había sido el propio Óscar el que se había acercado a hablar con ella, y no solo eso, sino que además le había dado su teléfono.

 

 

                       Continuará…

 

 

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