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Para Elisa – tercera parte

Bizcocho casero, por Nacho
Bizcocho casero, por Nacho

Como casi cada domingo, Elisa y sus padres fueron a comer a casa de los abuelos. Antonio, el abuelo materno de Elisa, había fallecido hacía once años, pero Mercedes, la abuela, gozaba de buena salud, exceptuando algunos achaques propios de la edad. Solía preparar las comidas que más me gustaban a Elisa, sobre todo postres y cosas dulces. Esto hacía que Carmen emitiera alguna queja ante el temor de que su hija subiera más de peso. Elisa pensaba que también era porque le daba pelusa que su abuela le preparara todas aquellas cosas ricas y de que la malcriara. Mercedes nunca fue tan consentidora con su propia hija. Por otro lado, Elisa era consciente de que su madre llevaba algo de razón. Ya se sentía embutida en los vaqueros y luciendo unas caderas más anchas de lo que le gustaría reconocer.

 

                —Come alguna croqueta más —le animó Mercedes.

                —No puedo más, abuela, de verdad… están muy ricas.

 

Siempre se debatía entre complacer a su abuela y guardar la línea. Sabía que a Mercedes le llevaba mucho tiempo preparar todas aquellas cosas y que lo que más le satisfacía era que su nieta las disfrutara. Encima, entre semana, solía picar entre horas para mitigar la ansiedad. Esto resultaba aún peor, pues al rato se sentía culpable y le sobrevenía más ansiedad.

 

Durante la sobremesa, Elisa les contó la anécdota del mendigo que había tenido lugar en el parque el día anterior. Mercedes se rio mucho mientras su nieta relataba el incidente.

 

                —Con lo aprensiva que tu eres, niña. Me hubiera gustao verte la cara.

                —No te burles, abuela, que lo pasé fatal… encima Perla no dejaba de tirar para acercársele.

                —¡Oye, que es un mendigo, no un ogro! —exclamó su abuela y se echó a reír.

                —Ya… el caso es que como la perra insistía pues ya no me quedó más remedio que dejar que la acariciara… Luego empezamos a hablar y bueno, fue muy educado. Me contó que había tenido un perrito parecido a Perla y que le hacía mucha compañía, pero que se le murió.

                —Que pena de estas personas que acaban solas y viviendo en la calle —se lamentó Carmen.

                —El caso es que tampoco me transmitió que fuera infeliz —observó pensativa Elisa—. Parece que vive en el parque. He debido verlo por allí alguna vez, pero no lo recordaba. Fue muy cariñoso con Perla y a ella no pareció importarle que oliera fatal, el pobre. No lo entiendo, con el olfato que tienen los perros.

                —Es que esa clase de escrúpulos debe ser más propia de las personas que de los animales, hija —apuntó su abuela mientras comenzaba a recoger la mesa.

 

Una vez en la cocina, Mercedes le sugirió en voz baja a su nieta que le llevara un trozo de bizcocho al mendigo. No quería que su hija lo oyera.

 

                —No sé, abuela, que corte… me da vergüenza.

                —Anda ya, que te va a dar vergüenza… Tú se lo llevas y ya verás que se queda tan agradecido. Además, hice mucho y se va a poner duro.

 

Cuando a su abuela se le metía algo en la cabeza, resultaba difícil disuadirla.

 

                —Bueno, ya veré. Igual no vuelvo a verle… Al final terminaré comiéndomelo yo y poniéndome como una vaca —se quejó.

                —Mira que eres exagerada, niña. A tu edad yo ya había dado a luz a tu tío Alberto. Me puse gordísima y después ya no volví a recuperar mi peso.

                —Yo a este paso creo que no voy a tener hijos nunca, abuela —dijo suspirando—. Aún vivo en casa con mis padres y los pocos chicos que conozco terminan siempre resultando unos capullos. Aunque bueno, también podría adoptar uno…

                —Si tú eres muy guapa, no me seas tonta… Nunca te vas a faltar pretendientes.

                —No cuenta si lo dices tú, abuela. No eres nada objetiva —siguió hablando mientras secaba un plato distraídamente—. De verdad que ahora los tíos son lo peor. No sé en tu época, pero ahora solo van a lo que van y si te he visto no me acuerdo.

                —Bueno, también es que las relaciones son difíciles, niña. A ver si te crees que en los cuarenta años de matrimonio con tu abuelo fue todo de color de rosa. Hay veces que la convivencia se hace muy difícil.

                —Pues yo no tengo recuerdo de veros discutir o enfadados —dijo Elisa algo sorprendida.

                —Bueno, pero eso no quiere decir que nos lleváramos bien todo el tiempo. Tu abuelo tenía su carácter y a veces era muy difícil llevarle… Yo también tengo mis cosas, como todo el mundo, claro… Lo que ocurre es que ahora los jóvenes no tenéis paciencia ninguna. La gente va a lo suyo.

                —En eso te doy la razón abuela —y volvió a suspirar con hastío.

 

Mercedes le envolvió un generoso trozo de bizcocho con mucha delicadeza y se lo metió en una bolsa. De vuelta en casa de sus padres, Elisa se dispuso a bajar a Perla al parque. Estuvo dudando si coger el bizcocho que le había dado su abuela. Finalmente se lo llevó, aunque pensó que lo más probable sería que no volviera a coincidir con el mendigo aquella tarde.

 

Llegó al parque con Perla y, para su sorpresa, se encontró al mendigo en el mismo banco, pero esta vez estaba tumbado todo lo largo que era y tapados con unos harapos. Está dormido —pensó—. Será mejor que no le despierte. Desanduvo sus pasos temiendo que Perla se pusiera a ladrar escandalosamente. Salió del parque sintiéndose algo cobarde. Seguramente está durmiendo la mona —se dijo—. Aunque es una pena desperdiciar este bizcocho tan rico. Se detuvo frente a un Starbucks y permaneció unos instantes dudando si entrar. Un café caliente y un trozo de bizcocho le reconfortarían. Con el estómago lleno se tolera mejor el alcohol. Ató a Perla a una farola y esta se quedó gimoteando mientras su ama se metía dentro del establecimiento.

 

Al regresar al banco del parque vio que el hombre seguía en la misma posición, sobre el banco. Tampoco es que tuviera demasiada libertad de movimientos en tan reducido espacio. Perla tiraba nerviosa, como de costumbre. Elisa trataba de contenerla al tiempo que procuraba no derramar el café. Se acercó al mendigo y le sacudió suavemente por el hombro. Como no surtió efecto tuvo que ser más enérgica la segunda vez y le vareó de forma que abrió los ojos sobresaltado y casi se cae del banco. A Elisa le pareció que la reconocía, pues cuando cobró consciencia de donde se encontraba, la miró y esbozó una sonrisa algo desdentada.

 

 

               Continuará…

 

1 comment on “Para Elisa – tercera parte

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Me he esta gustando mucho.Estoy deseando saber a ver como raciona el mendigo y que conversación mantiene con Elisa.Emna

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