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El santuario – segunda parte – relato de psicología

santiago-de-compostela-rua-do-vilarEl casco antiguo estaba tal y como lo recordaba. Cruzó la plaza y paseó bajo los soportales, como tantas veces hiciera antaño. Siempre que volvía a aquel aquel lugar le asaltaban toda clase de sentimientos encontrados; por una parte la familiaridad de sus calles, que siempre le resultaba reconfortante, y más ahora, que estaba pasando por un mal momento. Por otra, la nostalgia que le invadía al rememorar aquel tiempo ya perdido: los felices años de infancia, vistos ahora desde la perspectiva de un adulto. En muchos de los lugares que volvía a visitar ahora, le asaltaban antiguos recuerdo. A veces, simplemente un olor particular le transportaba súbitamente a otro momento de su vida. El mercado, el obrador de pan, el puerto,… Y ligados a todos esos recuerdos y aromas, un cúmulo de emociones que se agolpaban en su pecho y en su cabeza.

 

Entró en una de las cafeterías de la plaza, pidió un café y un croissant y se sentó a descansar disfrutando tranquilamente el desayuno. Había viajado durante casi toda la noche en el tren y ya en la cena del día anterior apenas había probado bocado. Con los nervios solía cerrársele el estómago, pero después de permanecer un rato en el bosque que se encontraba frente a la estación, había recuperado un poco la tranquilidad y el apetito. Sostuvo la taza entre sus manos. Era agradable sentir el calor que desprendía. Mientras degustaba su café a pequeños sorbos contempló la plaza a través de los cristales de la cafetería. Estaban algo empañados por el vaho, pero pudo reconocer con total certeza a una antigua compañera de instituto. Más que reconocerla, supo de alguna manera que era ella por su silueta y porte característicos. Tuvo una vez más esa sensación de familiaridad que se siente pero que, al mismo tiempo, es difícil describir con palabras. Su primer impulso fue incorporarse y salir de la cafetería corriendo para saludarla, pero se contuvo al caer en la cuenta de que habían pasado unos quince años, nada menos. Tal vez ni siquiera se acordara de él.

 

Se dirigió a la calle principal y entró en un viejo edificio. Subió los desgastados peldaños de madera que crujían bajo sus pies y llegó al tercero, donde se encontraba la pensión. En esta época del año no resultaba difícil encontrar habitaciones libres pues la ocupación era mínima. El propietario de la pensión, hizo su habitual escrutinio tratando de determinar la procedencia del nuevo huésped. Le resultaba extraño que, habiendo vivido allí durante tanto tiempo, ahora se sintiera como un completo forastero.

 

La habitación era humilde. No contenía más que una cama, una mesilla de noche, un desvencijado armario, una mesa y una silla. El baño estaba en el pasillo y era de uso comunitario. No precisaba de nada más en aquel momento. Depósito las maletas sobre la cama y comenzó a sacar su contenido. Después puso a cargar el móvil y al encenderlo empezaron a entrar varios mensajes y llamadas perdidas. No quiso revisarlos por miedo a sentirse culpable o a agobiarse. En lugar de eso se tendió en la cama y comenzó a carraspear con la garganta. Esto lo hacía a menudo de forma inconsciente cuando estaba pensativo. Recordó a Beatriz. Así se llamaba la antigua compañera de instituto que había reconocido minutos atrás, desde la cafetería. Siempre le había gustado. Recordaba que tenía unos ojos verdes, grandes y expresivos y también que sonreía con frecuencia, lo cual le confería aún más atractivo. Era de ese tipo de personas que transmiten un aura cálida que te envuelve con solo estar en su presencia. Permaneció un rato con la mirada perdida en el agrietado techo de la habitación, mientras se sumía en estos pensamientos agradables. Finalmente se durmió.

 

Pasadas dos horas despertó por el murmullo del gentío que ya comenzaba a concurrir en el mercado. Le picaban los ojos y aún seguía acompañándole esa sensación de trasnoche, pero le había venido bien dormir un poco. Se asomó por la ventana de su habitación y vio que estaban montando los puestos con sus toldos de colores. Al abrir la ventana, los ruidos que llegaban desde la plaza se hicieron más intensos. Permaneció unos minutos apoyado sobre el alfeizar mientras buscaba  algún rostro conocido entre la multitud.

 

Aun no tenía claro cuánto tiempo iba a permanecer en aquel lugar. Podía avisar a alguno de sus viejos amigos para charlar y tomar algo, pensó, pero no quería verse en el compromiso, pues tal vez tendría que marcharse en cualquier momento.

 

Estuvo paseando durante una hora, visitando numerosos lugares cargados de recuerdos. Se dio cuenta de que muchas cosas habían cambiado, sobre todo porque había nuevas construcciones que no reconocía. Un polideportivo, un polígono industrial en las afueras, edificios residenciales,… La sensación de familiaridad se fue superponiendo a la nostalgia y, finalmente, llegó a sentirse cómodo recorriendo las calles.

 

Ya era cerca de la hora de comer y se detuvo frente a un restaurante del puerto. Le pareció que el menú era apetecible y bastante ajustado de precio. Entró y se sentó en una mesa que estaba dispuesta para dos comensales. El comedor aún estaba vacío, sólo había unas cuantas personas ocupando la barra. Tres hombres entrados en años y uno más joven, que parecía un albañil, por las manchas de yeso que lucía en la ropa. Ignacio cruzó una mirada con uno de ellos que tenía el pelo canoso y  le reconoció enseguida: era Andrés, o Don Andrés, como solía dirigirse a él cuando le daba clases de latín en el instituto.

 

          Continuará…

 

 

Publicado por Jorge A. Calzado  – Relato de psicología – Ad Vitam Psicólogos

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