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El santuario – Relatos de psicología

Primera entrada de esta nueva sección de relatos de psicología. Acompaña a Ignacio en un viaje que inicia de forma algo precipitada cuando trata de escapar de sus problemas y en el que terminará encontrando algunas respuestas de forma inesperada…

 

relatos de psicologíaSe quedó pensativo. Apenas habían pasado cinco minutos desde que se había apeado del tren en el andén. Estaban despuntando las primeras luces del amanecer y corría un viento frío que legolpeaba la cara en gélidas ráfagas. Miró más allá de las vías. El bosque se recortaba difuminado dibujando su silueta borrosa tras la niebla de la mañana .

 

No sabía a dónde dirigirse. Permaneció sentado en un banco del andén mientras el frío le mordía las piernas, pues el pantalón vaquero apenas le protegía. De repente, ya no le resultaba tan buena idea haber hecho aquella escapada. Estaba desbordado, quería huir de todo y de todos, pero ahora caía en la cuenta de que, aún habiendo puesto tantos kilómetros de por medio, los problemas seguían ahí, con él. Sintió de pronto una presión muy fuerte en el pecho. Quiso correr pero no sabía a dónde. Estaba paralizado. Transcurrieron unos minutos que le parecieron horas y mientras tanto, unos tenues rayos de sol comenzaron a bañar la estación con su luz cálida. Esto le reconfortó un poco y notó cierto alivio, como si el calor evaporara en parte esos malos pensamientos, al igual que la bruma del amanecer. En ese momento levantó la vista y puedo ver con más claridad el paisaje que le rodeaba.

 

La niebla había comenzado a disiparse y podía verse el bosque a lo lejos. Parecía muy tupido y verde desde la estación en la que se encontraba. Sin detenerse a reflexionar un instante acerca de ello se levantó, cogió las dos maletas que llevaba consigo y cruzó las vías dirigiéndose hacia la vasta masa de árboles que tenía frente a él. En un primer momento, su plan había sido acercarse al pueblo, alquilar una habitación en un hostal y dar un paseo por el casco antiguo. Quería despejar su mente paseando por sus callejuelas irregulares y empedradas, como tantas otras veces había hecho, sobre todo en su infancia y en los primeros años de su juventud, cuando el mundo parecía menos complicado y los problemas que pudiera tener, casi insignificantes. De pronto se encontró con la mirada fija clavada en el paisaje y con la mente algo más clara. Caminaba casi como un autómata desprovisto de voluntad propia. En ese preciso momento solo estaba él y de todo cuanto le rodeaba, el cielo, la estación, el bosque, el suelo bajo sus pies… Notaba a cada paso que daba, como la hierba se iba doblando bajo su peso. Estaba húmeda por el rocío de la mañana, pero este frío le resultaba estimulante y de alguna manera, sentía que le conectaba aun más con la tierra.

 

Ya estaba muy próximo al bosque y le recibían los primeros árboles; hayas y robles centenarios. De forma casi intuitiva caminó sobre sus nudosas raíces para evitar tropezar. En cuanto se hubo adentrado unos pocos metros notó como la temperatura descendía pero tampoco le importó. Las copas de los árboles eran grandes y en esta época del año conservaban todas sus hojas. Anduvo y anduvo sin rumbo fijo hasta que se topó con un enorme roble. El musgo y distintos tipos de líquenes crecían profusamente adornando la parte de la corteza del árbol que daba al norte.

 

Se sentó apoyando su espalda contra esa corteza rugosa, pero suave al mismo tiempo, y se quedó en silencio con los ojos cerrados, escuchando los sonidos del bosque. Por primera vez en muchos meses sintió paz y una agradable serenidad, que comenzaban a instalarse en su cuerpo. Podía sentirla en su pecho, en los brazos y hasta en la cabeza, arrastrando los últimos jirones de pensamientos negativos, que habían azotado su mente durante los últimos días. Había un arroyo cercano y aunque no podía verlo, le llegaba el rumor del correr del agua. Allí permaneció durante un rato largo sin noción alguna del tiempo que transcurría. A través de los árboles le llegó el sonido de un tren que estaba llegando a la estación y esto le sacó súbitamente de su ensimismamiento. Se incorporó con premura, casi con la misma urgencia con la que se levantaba por las mañanas entre semana, cuando sonaba el despertador anunciándole otra estresante jornada de trabajo. Un pensamiento incómodo irrumpió en su mente hasta ese momento tranquila: debería volver.

 

Y tan pronto como ese pensamiento apareció, se deshizo de él. Volvió a observar el bosque que le rodeaba y a deleitarse con su belleza y con la paz que impregnaba el lugar. Hay tiempo, acabas de llegar, tranquilo… se dijo a sí mismo para tranquilizarse. Volvió a sentarse y recostó su cabeza contra el árbol, cerrando los ojos y permitiendo que sus pensamientos, ahora tranquilos de nuevo, fluyeran libremente como la corriente del arroyo próximo.

 

          Continuará…

 

 

Publicado por Jorge A. Calzado en relatos de psicología – Ad Vitam Psicólogos

4 comments on “El santuario – Relatos de psicología

Reply

Me ha gustado. Lo encuentro interesante. Puede ser que me anime a una consulta. Estoy mal y estresado continuamente.

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