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Indefensión aprendida. ¿Un modelo de depresión?

Indefensión aprendida es un concepto acuñado por el psicólogo Martin Seligman en 1975, para referirse a los efectos que se producen en sujetos, tanto humanos como animales, cuando se les expone a una situación en la que hagan lo que hagan, no pueden escapar de una situación aversiva. Originalmente, se observó en perros cuando estos eran sometidos a descargas eléctricas cada cierto tiempo, mientras permanecían en sus jaulas. En una situación experimental, uno de los perros podía detener las descargas accionando un dispositivo con el hocico, mientras que el otro no tenía opción alguna. Tras repetidos ensayos, se observó que el primer animal seguía exhibiendo un comportamiento normal, mientras que el de la segunda jaula, sin posibilidad de evitar las descargas, terminaba permaneciendo pasivo e inmóvil, y mostrando conductas de inhibición.

 

indefensión aprendida
Quiet, por José María Nuñez

 

Este hallazgo, enseguida se postuló como un modelo de depresión, al observarse en él reacciones fisiológicas y conductuales similares a las que se dan en los trastornos afectivos. Esta idea fue más tarde cuestionada y sometida a revisión por no explicar todos los aspectos implicados en la depresión. Sí que podemos afirmar, en cualquier caso, que en ambas situaciones se dan síntomas y respuestas parecidas.

 

Contemplado desde un marco evolutivo, el concepto de indefensión aprendida tiene un valor adaptativo. El sujeto, al no sentir que sus acciones tengan un efecto sobre el medio, termina por dejar de emitir dichas conductas para reservar recursos que puedan ser útiles en otro momento. Algo muy parecido sucede cuando hablamos de la frustración. Cuando algo no nos sale como queremos o nos equivocamos repetidas veces, experimentamos este sentimiento. En un principio, puede incluso energizarnos en la consecución de esa meta, pero llega un punto en el que pasamos de esa frustración, que tendría que ver más con la ira, a la indefensión, que estaría más relacionada con algunos sentimientos propios de la depresión. Al sentir que hagamos lo que hagamos, no conseguimos aquello que nos proponemos, dejamos de intentarlo. Al hilo de lo anterior, cuando hablamos de la baja tolerancia a la frustración, seguramente entren en juego los rasgos y el temperamento propios del sujeto y como no, su historial de aprendizaje. Imaginemos esos niños que se han criado con padres que ya de por sí encajaban mal cometer errores. Es razonable pensar que sus hijos han crecido de alguna manera recibiendo este tipo de mensajes, de forma directa o implícita.

 

La indefensión aprendida también podría observarse en aquellos sujetos cuyos padres han sido excesivamente rígidos, perfeccionistas, inconformistas o excesivamente negativos y críticos. Cuando al niño se le transmite que casi todo lo que hace con respecto a sus figuras de apego está mal hecho, probablemente terminará desarrollando este modelo de indefensión aprendida en su comportamiento. Se volverá pasivo y temeroso, al menos en algunos aspectos y situaciones.

 

Una crítica a la indefensión aprendida como modelo de depresión en humanos, apunta a que la teoría no explica la baja autoestima ni los sentimientos de culpa que padecen a menudo los sujetos deprimidos. Aquí es importante el concepto de locus de control, que se refiere a la percepción que tienen los sujetos sobre la causa de los acontecimientos. Así, las personas con un locus de control más interno, atribuirán que el motivo por el que no pueden cambiar esas situaciones adversas está en ellos mismos. Esto también podría explicar los sentimientos de culpa, pues la propia persona se atribuye a sí misma la falta de competencia o su incapacidad. Volvamos una vez más sobre el ejemplo acerca de las pautas de crianza; un niño que es continuamente reprendido o corregido desde pequeño, inferirá de alguna manera que esa incapacidad parte de él mismo.

 

En otros estudios experimentales acerca de la posible inmunización ante la indefensión aprendida, se llegó a la conclusión de que someter previamente a los sujetos a una tasa de reforzamiento intermitente y cambiar la atribución por una de tipo externo, amortiguaba o reducía el impacto de la indefensión. Es decir, se les planteaba una tarea en la que obtenían éxito en algunos de los ensayos, pero no en otros. Por otro lado, se les explicaba que la obtención de éxito o fracaso dependía a veces de factores externos a ellos. Estas dos variables aplicadas previamente, produjeron una inmunización notable en los sujetos sobre los que se indujo posteriormente indefensión aprendida. De esto se desprende que sería deseable reforzar de cuando en cuando la conducta de los niños, o dicho de otra forma, valorar sus logros y aptitudes intermitentemente, al tiempo que se les corrige. También generarles un locus de control adecuado lo más posible a cada situación: ni totalmente interno, ni externo, pues dependiendo del contexto y de los sentimientos implicados, podrá tener unos efectos u otro. Por ejemplo, si experimentamos sensaciones positivas teniendo un locus de control más interno, inferiremos que controlamos nuestra vida. Por el contrario, si nos van mal las cosas, lo atribuiremos encima a una incapacidad por nuestra parte, con lo que nos sentiremos aún peor.

 

Posteriormente, ha surgido la teoría de la desesperanza para explicar aquellos aspectos en los que se quedaba corta la indefensión aprendida, a la hora de explicar la depresión. Esta teoría alude a la desesperanza como la expectativa negativa de un sujeto sobre un acontecimiento que valora como importante, unido a un sentimiento de indefensión o de no poder hacer nada respecto a la ocurrencia de dicho acontecimiento.

 

Una vez más, vemos que nuestra mente es algo muy complejo y que las teorías que pretenden ser un modelo para estudiar la realidad, a menudo se quedan cortas. Cuando experimentamos indefensión aprendida podemos experimentar algunos de los síntomas implicados en la depresión, pero no por ello estamos deprimidos. Como hemos visto, en algunas situaciones es útil e incluso adaptativo estar instalados en este tipo de indefensión. Podemos encontrar otro ejemplo acerca de esto en aquellos animales que, ante una situación de peligro, se hacen los muertos para escapar de la posible amenaza.

 

 

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