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Inteligencia emocional

La inteligencia emocional se define como la capacidad de un sujeto para identificar sus propias emociones, percibirlas, comprenderlas, regularlas y expresarlas, así como las de los demás.

 

Durante los últimos años se ha venido otorgando una gran importancia a este concepto, sobre todo desde que el psicólogo estadounidense Daniel Goleman publicara su famoso libro Inteligencia emocional en 1995. Las repercusiones del estudio sobre la inteligencia emocional han condicionado enormemente diversos ámbitos como la educación y el mundo laboral.

 

Goleman quiso explicar por qué sujetos con altas puntuaciones en test de inteligencia, a menudo no eran más exitosos en sus estudios, profesiones o relaciones personales, que otros sujetos que puntuaban más bajo en dichos test. Sus investigaciones le llevaron a la conclusión de que los aspectos que con frecuencia diferencian a las personas más exitosas se incluyen dentro de las aptitudes que definen la inteligencia emocional. Estas aptitudes son: la capacidad de autocontrol, la empatía, la perseverancia y la capacidad de automotivación. De esta forma, podríamos hablar de dos tipos de inteligencia, al menos: una más cognitiva o racional y otra más emocional.

 

A nivel neurológico, disponemos de estructuras nerviosas que median nuestras emociones. El sistema límbico, que vendría a ser nuestro cerebro emocional (o también llamado cerebro de mamífero), se encarga de dotar de respuesta emocional a los hechos que vivimos o percibimos, así como de regular otros procesos, como el aprendizaje y la memoria. Sobre esta estructura, la evolución desarrolló el neocórtex, que se corresponde con nuestro cerebro racional. Lógicamente, es mucho más reciente, hablando en términos evolutivos. Nos permite controlar hasta cierto punto nuestras emociones y regula las funciones cognitivas, como el pensamiento reflexivo, la capacidad de resolución de problemas, la memorización, etc. Como vemos, el sistema límbico ya estaba presente mucho antes y nos permitía adaptarnos al medio, al igual que ocurre en la actualidad con el resto de mamíferos, como perros y gatos. Esto explica por qué nuestro cerebro emocional es capaz de responder ante determinados estímulos a una gran velocidad, antes incluso de que dichos estímulos hayan sido procesados a nivel consciente. En situaciones en las que nuestra supervivencia dependía de un margen muy escaso de reacción, esto resultaba muy útil y adaptativo.

 

inteligencia emocional
Holding hands, por Kristina Alexanderson

 

Dentro de nuestro sistema límbico, la amígdala (no tiene que ver con las de la garganta), es la responsable de dotar de significado emocional a los acontecimientos y también participa en procesos de memoria y aprendizaje. Por ejemplo, el reconocimiento del rostro de una persona que nos es familiar se registraría en el hipocampo, otra estructura límbica, pero la noción de que dicha persona nos cae mal se grabaría en la amígdala. De esta forma, sin la amígdala no podemos asociar un significado emocional a los eventos. Esto nos lleva una vez más a subrayar la entidad y la importancia de una inteligencia emocional. La parte negativa quizás tenga que ver con que a menudo reaccionamos como lo hacíamos hace millones de años, ante las situaciones que nos plantea una sociedad moderna como la nuestra. Esto sucede mucho con la respuesta de estrés, que se activa continuamente ante eventos de lo más cotidiano. La amígdala compara estas situaciones con otras que, evolutivamente, podían suponer un peligro potencial. Lo mismo sucede cuando estamos ante situaciones que a lo largo de nuestra vida han podido grabar memorias emocionales a nivel de dicha estructura. Cuanto mayor fue la carga emocional de la experiencia, más intenso el impacto sobre nuestra memoria emocional. Esto explicaría por qué personas adultas tienen a menudo reacciones infantiles ante determinadas circunstancias. Digamos que en estos casos, su amígdala está reconociendo una similitud entre la experiencia actual y aquella de la infancia que grabó esa emoción. De esta forma, vuelve a disparar esa misma emoción ante la ocurrencia de un evento parecido.

 

Ya desde el nacimiento y durante la primera infancia (hasta los 5-6 años), nuestro cerebro emocional está prácticamente desarrollado frente al neocórtex, que aún tardará algunos años en madurar completamente. Esto se traduce en que, durante este periodo, reaccionamos principalmente a través de nuestras emociones. Muchos autores sostienen que la inteligencia emocional que mostremos de adultos, dependerá en gran medida del aprendizaje social que hayamos recibido por parte de nuestras figuras de apego, y de cómo nos hayan regulado emocionalmente. Estos aprendizajes se grabarían igualmente en la amígdala. Después, con el desarrollo de la corteza cerebral y el establecimiento de conexiones entre el lóbulo prefrontal izquierdo y el sistema límbico, vamos siendo capaces de atenuar e imponer ciertas restricciones a la emoción, elaborando respuestas más adecuadas socialmente a cada situación.

 

inteligencia emocional
por JD Hancock

 

De todo lo expuesto se desprende que la emoción tiene un papel mucho más importante de lo que tendemos a pensar. Por ejemplo, en un proceso de toma de decisiones, los aspectos emocionales tienen mucho más peso que la razón. El pensamiento consciente lo que hace a menudo es justificar y argumentar en favor de eso que ya sentíamos previamente.

 

Es frecuente observar sujetos con grandes capacidades intelectuales, pero que gestionan mal sus relaciones interpersonales y sentimientos. Tienden a mostrarse introvertidos, se frustran con facilidad y se dejan llevar más fácilmente por la ansiedad y las preocupaciones. Las personas con una buena inteligencia emocional, por el contrario, tienden a ser emocionalmente más equilibradas, sociables, extrovertidas y se sienten en general más a gusto consigo mismas y con respecto a los demás.

 

Howard Garner, psicólogo e investigador de la Universidad de Harvard, nos habla de hasta siete tipos de inteligencia. Dentro de la inteligencia emocional, sostiene que existen dos tipos: una interpersonal y otra intrapersonal. La inteligencia interpersonal nos permitiría comprender a los demás, sus motivaciones, reconocer sus estados de ánimo y responder de forma adecuada ante ellos,… La intrapersonal facilitaría el conocernos a nosotros mismos, así como nuestras motivaciones, reacciones y sentimientos.

 

Poseer una mayor inteligencia emocional nos permitiría usar esta información para relacionarnos mejor con los demás y con el medio en el que vivimos. Esta capacidad es clave por ejemplo a la hora de elegir una pareja, unos estudios o el ejercicio de una profesión. Si decidimos, pongamos por caso, estudiar una carrera basándonos únicamente en criterios racionales, fracasaremos estrepitosamente casi con toda seguridad. Por el contrario, tampoco sería adecuado basar nuestras decisiones solo en la emoción. En ocasiones resultaría incluso catastrófico. Por esto, desarrollar una buena inteligencia emocional, incluye necesariamente aprender a regular nuestras emociones de una forma adecuada a cada situación o contexto. Como apuntamos más arriba, la forma en la que gestionemos cada emoción de adultos, dependerá sobre todo de cómo nos hayan regulado durante la infancia nuestras figuras de apego (padres o cuidadores).

 

La inteligencia emocional concibe que todas las emociones son adecuadas dependiendo del contexto, de la gestión que se haga de ellas y de cómo se expresen. Eso sí, ante determinadas situaciones, experimentar una emoción concreta frente a otra, podría resultar menos útil o poco adaptativo. Permitirnos sentir todo tipo de emociones también es un síntoma de buena inteligencia emocional.

 

inteligencia emocional
The kiss, por Gramicidin

 

La idea de control emocional dentro del marco de la inteligencia emocional, no implica por lo tanto, reprimir o inhibir nuestras emociones, ni siquiera aquellas que solemos tildar de negativas. De esta forma, la ira nos puede ayudar, por ejemplo, a redoblar nuestros esfuerzos en una determinada dirección. La ansiedad, por su parte, puede traducirse en una mayor productividad e incluso fomentar nuestra creatividad. La expresión de la tristeza puede ayudar a crear un sentido de cohesión y a reforzar los vínculos entre individuos…

 

Aparte de todo lo expuesto, tener una buena inteligencia emocional también nos permitiría gozar de una mayor salud, al gestionar mejor todo el espectro emocional y reducir posibles manifestaciones de tipo psicosomático. También sería deseable desarrollar este tipo de inteligencia en aquellas personas que muestran algún grado de alexitimia.

 

¿Crees que posees una buena inteligencia emocional? ¿Te consideras una persona empática? ¿Tienes facilidad para conectar con tus propias emociones y con las de los demás?

 

En sucesivos artículos te facilitaremos claves y recursos para desarrollar y potenciar este recurso.

 

 

 

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