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Empatía… eso que nos conecta emocionalmente

Podemos definir brevemente la empatía como la capacidad para conectar emocionalmente con otras personas, lo que nos permite ponernos en su lugar o ser capaces de entender sus sentimientos, actitudes, pensamientos y motivaciones.

 

A los que nos dedicamos profesionalmente al ejercicio de la psicología clínica, se nos presupone que debemos ser, ante todo, empáticos con nuestros pacientes. En este contexto, la empatía juega un papel clave a la hora de establecer un vínculo adecuado con la persona para poder realizar psicoterapia de una forma adecuada. Es lo que se conoce como alianza terapéutica, y se considera la palanca movilizadora principal de cambio en la terapia.

 

empatía
Empathy, por Allyde Winters

 

A menudo pensamos erróneamente que la empatía implica estar de acuerdo con los sentimientos o creencias de los demás. El ser capaces de ponernos en el lugar del otro, no necesariamente lleva aparejado pensar o sentir de la misma forma. Por ejemplo, podemos incluso llegar a empatizar con un maltratador. Entender los motivos que le mueven a actuar así, como una baja autoestima, una adicción, sentirse frustrado,… pero al mismo tiempo no estamos aprobando su conducta o el maltrato en sí.

 

Esta capacidad tiene mucho que ver con las llamadas “neuronas espejo”, las cuales se activan cuando observamos expresiones o actitudes en otros. Muchas veces hemos visto como los bebés humanos tienden a imitar las expresiones de sus cuidadores. También sucede con las crías de algunos primates. Se cree, por tanto, que esta capacidad es innata, pero también que el desarrollo y el aprendizaje influyen sobre ella, modulándola en un sentido u otro. Las neuronas espejo se localizan sobre todo en el área de Broca, directamente relacionada en la producción y comprensión del habla, y en la corteza parietal inferior. Distintos estudios demuestran que estas zonas se activan cuando vemos, por ejemplo, bostezar a otros y replicamos esa misma conducta automáticamente. Lo que parece claro es que cumplen un papel importante en la socialización y en la comunicación. Pensemos en las veces que observamos una expresión de tristeza o aprensión en una persona que nos está contando cómo se siente. A menudo nos sorprendemos a nosotros mismos componiendo la misma expresión triste y experimentando, al menos en parte, la emoción que nos está relatando el otro. No olvidemos que como mamíferos, somos seres sociales y gregarios. Necesitamos establecer vínculos y relaciones entre nosotros. Desde una perspectiva evolutiva, la capacidad de ser empáticos es clave para poder crear una adecuada comunicación y cohesión entre los individuos.

 

En cuanto al valor evolutivo de algo tan aparentemente intrascendente como imitar el bostezo y contagiarnos de ese mismo sopor, cabe la hipótesis de que nos facilitara retirarnos en grupo o manada a descansar, poniéndonos a salvo, además, de posibles depredadores.

 

Otros mamíferos como los perros y los gatos, además de algunos primates, también muestran señales de empatía. Sin ir más lejos, el labrador de mi padre demuestra a menudo más empatía que muchas personas. No es casualidad que esta raza se emplee normalmente como perro guía o lazarillo. Cuando interactúas con él, está completamente pendiente de tus expresiones y gestos. Si detecta a través de los movimientos o del tono de voz una determinada emoción, como tristeza o congoja, se comporta en consecuencia: a menudo acude sin haber sido llamado y te dirige alguna muestra de afecto, como tratando de consolarte.

 

La empatía se relaciona también con el concepto de Teoría de la mente, o capacidad de atribuir y anticipar pensamientos, sentimientos e intenciones en los otros. Parece que  para poder teorizar o predecir sobre lo que sienten y piensan otros sujetos, necesitamos forzosamente ser mínimamente empáticos. En relación a todo esto se ha investigado mucho con pacientes que presentan distintos grados de autismo. Estos sujetos muestran serias dificultades a la hora de percibir a los demás como seres provistos de sus propios sentimientos y pensamientos, lo que seguramente explica, al menos en parte, los déficits que presentan, y su incapacidad para comunicarse.

 

En cuanto a los sexos también se observan diferencias y existe un acuerdo en conceder que las mujeres suelen ser más empáticas que los hombres. Recientes estudios relacionan esto con la exposición pre y postnatal a la testosterona, que en el caso de las mujeres es menor.

 

También, como apuntábamos anteriormente, el aprendizaje y el desarrollo pueden incidir en que nos volvamos más o menos intuitivos a nivel emocional a lo largo de la vida. Si por ejemplo en la infancia, no tenemos una adecuada regulación emocional por parte de nuestras figuras de apego, seguramente de adultos presentaremos déficits y carencias a la hora de manejar nuestras emociones y también en relación con los demás. En muchas culturas, el rol de hombre lleva aparejada a menudo la idea de que determinadas emociones, como la tristeza y el miedo, no son masculinas. Se nos reprimen y censuran. Por ello no es extraño que los hombres seamos menos empáticos y que padezcamos con más frecuencia de alexitimia (constructo que hace referencia a la incapacidad o dificultad para poner en palabras los propios sentimientos, entre otras limitaciones). Estas personas son más tendentes a somatizar o expresar los conflictos emocionales a través de síntomas físicos y problemas médicos. De entre los pacientes que presentan alexitimia, un porcentaje muy alto se encuentra dentro del espectro autista.

 

Por el contrario, otras experiencias vitales que vamos acumulando pueden afinar nuestra empatía. Si por ejemplo hemos pasado por la misma experiencia o trance emocional que nos está comunicando nuestro interlocutor, será más probable que reproduzcamos esos mismos sentimientos y, por lo tanto, que estemos en mejor disposición de conectar emocionalmente con el otro. Esto ocurre al activarse las memorias emocionales ligadas a esos eventos. Así, nuestro bagaje emocional también puede facilitar que seamos más empáticos en determinadas situaciones.

 

Por último, señalar que cuando hablamos de empatía, no todo son bondades. Como exponíamos al principio, ser empático no implica comulgar con los sentimientos, pensamientos o actitudes de los demás. De hecho, las personas que tienden a mostrarse más empáticas, y que confunden el término con ser complacientes o ceder a menudo en las relaciones, suelen acumular resentimiento y a menudo expresan no sentirse correspondidas por los demás. La misma capacidad que nos permite entender en profundidad al otro, contenerle y consolarle en un momento dado, podemos emplearla también para hacer mucho daño y desquitarnos en un momento dado. Podríamos decir que estas personas saben darnos donde más nos duele y tocar determinadas fibras emocionales como nadie.

 

De todo esto se desprende que la empatía es una cualidad muy útil y necesaria en las relaciones, pero también que quizás debamos practicar más el dirigirla, en primer término, hacia nosotros mismos; entender los propios sentimientos, concederles valor y ser aceptantes con nuestras emociones. Después, ser capaces de contener y validar emocionalmente a los demás en cuanto a eso que sienten y que nos transmiten, pero al mismo tiempo aprender a ponerles límites cuando nos tratan mal o vulneran nuestros derechos.

 

 

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