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Los pequeños momentos

Akane en Santander, por César Sanz
Akane en Santander, por César Sanz

Son esos pequeños momentos imprevistos los que nos pueden alegrar el día, los que nos pueden hacer olvidar nuestra rutina, e incluso replantearnos el modo de vida que llevamos. Llegar a casa con la sensación de que has vivido un momento mágico, te hace preguntarte cuántos más te habrás perdido y das gracias por haberlo vivido.

 

Este pequeño momento ha empezado cuando regresaba a casa de sacar a mi perro, un cachorro de siete meses de edad. El cielo estaba cubierto. El invierno se resistía a marcharse, y aunque ya era primavera, soplaba un viento del norte frío, que refrescaba mucho el ambiente.

 

Me crucé con un anciano que usaba bastón, tenía pelo blanco, escaso y afeitado. Iba bien vestido con traje, corbata y abrigo, que parecían un poco desfasados, pero le conferían un saber estar y un cierto aire de dignidad.

 

—Se le ve listo al perro. Tiene cara de inteligente —dijo mirando al cachorro. Yo ya estoy acostumbrado a que mucha gente se acerque y me diga algo sobre el perro.

—Pues es una gamberra —contesté con mi respuesta estándar y una ligera sonrisa.

— ¿Le puedo dar un consejo? —me preguntó con dulzura en su voz

—Sí, claro —le respondí algo dubitativo, ya que mucha de esa gente que se me acerca me daba su opinión, sin haberla pedido, y, dependiendo del día, me puede llegar a irritar. Pero el tono de la voz y el aspecto físico del anciano me hicieron imposible decirle que no.

—Todos los perros nacen con una enfermedad y tiene que tener cuidado con ella —aun siendo yo más joven me trató de usted denotando gran educación y respeto, y me hizo sentir más cómodo

—¿Y cuál es? —pregunté curioso y pensé si el anciano no estaría delirando un poco.

—Todos los perros son diabéticos de nacimiento, y eso hace que a partir de los cuatro años empiecen a desarrollar problemas con la vista y, si no se trata, al llegar a los diez años pueden quedarse ciegos. ¿Qué le da de comer?

—Pienso, únicamente —le respondí intentando obtener una aprobación del anciano, ya que sí que sabía que la comida de humanos en general, y el chocolate en particular, era muy malo para la salud de los perros, provocando ceguera.

—Pues lo que le tiene que hacer es mezclarle su comida con trozos de zanahoria. Es el mejor método que existe para prevenir problemas de visión en los perros. Y en humanos también.

—Lo he oído muchas veces pero a mí no me ha funcionado —dije tocándome las gafas—. Las llevo desde los doce años, pero lo mío es genético. Toda mi familia usa gafas —en ese momento pensé que el anciano me iba a contar una batallita.

—No crea que se lo dice alguien cualquiera —dijo a continuación como si me hubiese leído el pensamiento—, que he sido veterinario de profesión y siempre me han gustado mucho los perros.

 

Y en este momento fue cuando, desechada de mi mente la idea de una posible senilidad en el anciano, empezó la verdadera historia, cargada de sentimiento, que me ha sido imposible olvidar o dejar de escribir.

 

—Acabo de cumplir cien años.

—Imposible —no pude por menos que interrumpirle. Escudriñé su cara en busca de arrugas, pero no las había. Si ese anciano me hubiese dicho que tenía treinta años menos le hubiese creído—. No los aparenta, señor. En serio, está muy bien.

—Muchas gracias, joven —se sintió halagado y no lo ocultó—. Hasta hace dos años vivía en el interior de la provincia, en el pueblo más alto, cercano a las cumbres que están nevadas durante más de medio año —yo me imaginé perfectamente un pueblo solitario, la rudeza del tiempo y la vida difícil que debía haber llevado ese hombre—. Allí estuve criando ganado junto a la compañía de seis perros, el más pequeño de ochenta y dos kilos. Todos eran mezcla de mastín con san Bernardo. Son los que realmente cuidaban del ganado. Tendría que haber visto cómo se las apañaban para reconducir a las cabras que se salían del camino y se acercaban a los precipicios —capté un cierto orgullo en sus palabras.

 

Yo ya estaba totalmente obnubilado con la narración del anciano y ya no existía nada más que la historia que me contaba. Ni ciudad, ni personas, ni frío. Solamente existía el anciano y su relato. En ese momento se acercó una chica joven a acariciar el perro. Me hizo una pregunta, por lo que el anciano interrumpió su relato. Respondí a la chica de manera algo automática y un tanto desagradable para que se marchara y el anciano pudiera seguir con la narración.

 

—Pues hace dos años tuve que vender todo el ganado, ya que mis piernas no aguantaban más –dijo mostrándome el bastón—. Me lo compró una empresa francesa en Montpellier, una de las más grandes de Europa, que conocía de las ferias de ganado a las que he asistido. Vinieron con bastantes camiones. En el último se llevaron a los seis perros —en este momento interrumpió un momento el relato porque le estaba afectando mucho. No podía articular palabra y los ojos se le pusieron llorosos.

—¡Qué momento más duro! Lo siento mucho —dije yo sin saber qué más añadir.

—Pues verá, seis meses más tarde, uno de esos perros apareció en el pueblo de nuevo. Totalmente esquelético, famélico y deshidratado. Yo ya me había mudado a la capital. Me llamó un vecino y me dijo que Nerón había vuelto al pueblo. Yo le dije que cómo podía ser si estaba en Francia. Mi vecino me contó que lo único que sabía era que Nerón había llegado solo al pueblo en muy malas condiciones, había subido las escaleras de la casa con mucha dificultad, olido la cama donde dormía, bajado las escaleras a duras penas y se había dirigido al cementerio. Fui lo más rápido posible al pueblo y me encontré a Nerón sentado en la tumba de mi padre. No quería comer ni beber. No pude hacer nada. Murió cuatro días más tarde

 

Volvió a interrumpir la historia. Una lágrima le caía por la mejilla. A mí también. No podía decir nada. La cara del anciano mostraba todo el amor que sentía por ese perro. Le sostuve por el brazo a la altura del codo para mostrarle mi apoyo.

 

—El perro se había escapado de sus nuevos dueños y había recorrido todo el camino hasta el pueblo donde había vivido conmigo. A pesar de que yo no pasaba mucho tiempo con ellos, era su amo y el único al que querían. Fue capaz de recorrer más de mil kilómetros para volver a su casa —hizo una pausa—. Eran muy inteligentes. Los echo tanto de menos… —su voz era apenas audible.

—Desde luego, son totalmente inteligentes—. Fue la única respuesta que se me ocurrió. Todavía estaba embriagado por la historia que acababa de escuchar.

—Saben a quién quieren. Somos tan afortunados de poder contar con su amor —y ya recomponiéndose, dio un paso adelante con intención de seguir su camino—. Ya no le quito más tiempo, joven.

—No se preocupe. Muchas gracias por contarme la historia. Yo tampoco le entretengo más. Espero verle otra vez por aquí. Por cierto, me llamo César, encantado.

—Igualmente. Yo soy Vicente. No deje de saludarme si me ve.

 

1 comment on “Los pequeños momentos

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Cómo siempre, una vez más los animales nos dan grandes lecciones de vida, para mí la gente que no quiere a los animales no tiene sentimientos

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