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Pérdida… aprender a desprenderse

La única constante en la vida es el cambio, ya lo dice el proverbio taoísta. Por otra parte, “cambio” implica a menudo pérdida. Cuando dejamos un trabajo o una relación, cuando envejecemos, nos mudamos, perdemos esas amistades que se quedan por el camino,… todo ello supone un proceso en el que, entre otras cosas, tenemos que aprender a desligarnos, ya sea de esa persona, actividad, lugar, etc.

 

Para muchas personas, el simple hecho de perder cualquier cosa se traduce en algo tremendamente frustrante y más cuando no se lo permiten. A veces esto responde a un rasgo de inmadurez. Nos cuesta tomar decisiones porque éstas implican ganar u obtener unas cosas, pero al mismo tiempo y forzosamente, desprendernos de otras. Lo queremos todo y no estamos dispuestos a renunciar a nada.

 

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Broken, por Cloudzilla

 

Freud se refería a la fase anal del desarrollo, en la que las pulsiones libidinales quedaban ligadas al control del esfínter anal y al valor simbólico de las heces. De esta forma, los sujetos que quedaban fijados a dicha fase podían resultar en retentivos o expulsivos anales. Los primeros mostrarían más tendencia a acumular cosas y presentarían más dificultades a la hora de desprenderse de objetos, al menos de carácter material. Así mismo, el retentivo anal se identifica con aquellas personas obsesivas y controladoras.

 

El conocido síndrome de Diógenes, caracterizado por la acumulación de toda clase de cosas, muchas de ellas inservibles, cierto aislamiento a nivel social y a veces algún grado de demencia, tiene mucho que ver con personalidades obsesivas y con el TOC (trastorno obsesivo-compulsivo). Los sujetos que lo padecen, experimentan una gran ansiedad ante la perspectiva de desprenderse de cualquier objeto, por inútil que este sea.

 

Otras veces, la dificultad a la hora de desprendernos de algo se explica a través del valor moral que ese objeto tiene para nosotros. Pensemos por ejemplo en aquellas personas que han crecido sintiéndose valoradas por su belleza, como una actriz de cine, o esos niños prodigio que han destacado y sobresalido en alguna actividad por encima de los demás. Cuando la estima está condicionada a una sola cualidad del sujeto, todo su valor se ciñe a dicha cualidad por lo que al perderla, el sujeto pierde también todo su valor. Es el caso de aquellas personas cuyos padres les trasmitían admiración o les prestaban atención únicamente en función de que hicieran aquello que se esperaba de ellos, como bailar, tocar un instrumento, obtener altas calificaciones, llegar a ser grandes deportistas,…

 

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En el caso de la juventud y la belleza, cualidades que por el paso del tiempo hemos de vernos antes o después forzosamente privados de ellas, debemos aprender a valorarlas como algo efímero y no condicionar nuestro valor o felicidad a las mismas. Al igual que sucede con los objetos materiales, que bien por el propio desgaste que implica el paso del tiempo, por extravío o hurto, tampoco son adecuados depositarios de nuestro bienestar. Quizás si creemos en la vida después de la muerte, como los antiguos egipcios, que se hacían enterrar con sus pertenencias más preciadas, nos pueda merecer la pena acumular cantidades ingentes de objetos. En caso contrario, estos objetos no poseerían un valor más allá de lo estético y mundano.

 

Otros sujetos, crecen viendo sus deseos cumplidos a cada momento por parte de padres y cuidadores. De esta forma, no se habitúan a la experiencia negativa que supone perder algo o verse privado de ello. No están, por así decirlo, inmunizados. Se tornarán de adultos en personas caprichosas, inseguras y con grandes dificultades a la hora de tomar decisiones y llevarlas a cabo.

 

La pérdida implica elaborar un duelo y este conduce necesariamente a experimentar emociones negativas. De entre ellas, la tristeza sería la más prominente. Así, podemos pasar de sentir una leve congoja cuando perdemos algo que no nos es muy preciado, quizás porque carece de valor material o sentimental, hasta padecer una tristeza profunda que nos lleve al borde de la depresión misma, cuando por ejemplo se nos muere un ser querido.

 

La muerte es probablemente la pérdida más dolorosa e irreversible que puede sufrir el ser humano. A pesar de ello, es algo que ha de llegarnos a todos los seres vivos de forma eventual, en algún momento de nuestra existencia. No puede concebirse la vida sin esta consecuencia ligada a ella naturalmente. Sin embargo, en algunos países es motivo de celebración y de alegría, por lo que también el concepto de pérdida está sujeto de alguna manera a aspectos tales como el relativismo cultural.

 

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En esta sociedad actual de consumo y bienestar desmedidos, se nos vende continuamente la idea de que debemos sentirnos bien en todo momento, no envejecer, no estresarnos,… Estamos tan imbuidos por esto que cuando las cosas se tuercen y nos vemos instalados en alguna emoción negativa, resulta una especie de hecatombe. Como el caso de algunas personas que acuden a consulta y refieren sentirse muy mal porque les ha dejado su pareja. Quieren a toda costa sobreponerse cuanto antes a ese dolor que les ha producido la ruptura y cuando el terapeuta les pregunta sobre cuánto tiempo ha transcurrido desde la misma, a menudo responden que dos días…

 

Ya se trate de ese pequeño objeto que se rompe o se extravía, o de la pérdida irreversible de un ser querido, debemos asumir la ausencia como algo normal y que, sin duda, forma parte del devenir habitual de nuestra existencia. De igual manera, permitirnos experimentar la tristeza que acompaña al duelo, amén de otras emociones negativas que podrían bloquearla, como la culpa y la ira.

 

Con respecto a eso que has perdido hazte las siguientes preguntas: ¿era algo vital para mí? ¿Dependía realmente mi felicidad de ello? ¿Era ley de vida que perdiera ese objeto o ese ser que tanto apreciaba? ¿Qué me ha aportado o qué ha quedado de aquello que tuve? ¿Pude disfrutarlo al menos durante un tiempo? ¿Ocurrió a pesar de que era injusto? ¿En qué aspectos esa pérdida me ha hecho crecer como persona? ¿Qué fortaleza y recursos he adquirido a través de esa pérdida? ¿Soy eso que he perdido?

 

 

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