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Procrastinación, o deja para pasado lo que puedas hacer mañana

¿Qué es la procrastinación?

El término procrastinación proviene del latín procastinare y significa, literalmente, diferir o aplazar. La acción de procrastinar se refiere a la postergación o aplazamiento de cualquier actividad, tarea u obligación. Con frecuencia lleva aparejado realizar otro tipo de actividades agradables e improductivas, con la excusa de posponer las obligaciones o los deberes.

 

¿Cuáles son las causas más frecuentes de la procrastinación?

La procrastinación surge, generalmente, como una forma de evitar experimentar algún tipo de emoción negativa. Por ejemplo ante una tarea que nos resulte estresante, abrumadora, frustrante o aburrida, surgirá como mecanismo para eludir dichos sentimientos. Al postergar la tarea, evitamos también exponernos a las emociones negativas que esta nos produce. Por otro lado, la tendencia a evitar y a postergar las obligaciones se traducirá a menudo en sentimientos de culpa, baja autoestima o ansiedad ante el vencimiento de los plazos para aquellas tareas que hemos venido posponiendo, hasta agotar el tiempo de que disponíamos para la realización de las mismas. De esta forma se genera una dinámica en la que, a corto plazo, se experimenta cierta gratificación o alivio, mientras que a medio o largo plazo termina resultando contraproducente, pues se generan niveles mayores de ansiedad de los que hubiéramos experimentado de haber acometido la tarea.

 

procrastinación
Distractions, por Zak Cannon

 

Las personas marcadamente perfeccionistas tienden a procrastinar con más frecuencia. Esto es debido a que la realización de una tarea implica con frecuencia cometer errores, o no alcanzar la expectativa que la propia persona tiene de inicio. Esto se traducirá en sentimientos de frustración o de incapacidad. Si nos ponemos el listón demasiado alto antes de comenzar cualquier actividad, probablemente terminemos por no realizar ningún salto, pues anticiparemos que no vamos a ser capaces de llegar a donde nos habíamos propuesto. También las personas que tienen baja tolerancia a la frustración, o dicho de otra manera, que se frustran enseguida cuando cometen errores, tenderán a ser más procrastinadoras que otras que presentan un umbral más alto para la frustración, o que toleran mejor esta emoción. Procrastinar hace que evitemos estas emociones tan desagradables, al menos temporalmente.

 

Una baja autoestima o tener concepto pobre acerca de uno mismo también puede explicar la procrastinación. Las personas que anticipan que no van a ser capaces de llevar a término una actividad porque se sienten inseguras, insuficientes o inadecuadas, postergarán con más frecuencia que aquellas que abordan las situaciones con seguridad y confianza.

 

En ocasiones, si la tarea no nos motiva o nos resulta monótona y aburrida, tenderemos a buscar excusas y a postergar la realización de la misma.

 

Otras veces encontramos sujetos que son indisciplinados y que les cuesta adquirir hábitos y establecer rutinas. En algunos casos porque han sido sobreprotegidos en la infancia, se les han resuelto normalmente en exceso los propios problemas, o rara vez han tenido que asumir responsabilidades. Estas personas suelen presentar también baja autoestima y baja tolerancia a la frustración.

 

Personas que demandan gratificación inmediata, o que se muestran impacientes ante la consecución de una meta, tenderán, de igual forma, a ser más procrastinadoras. Aquí también incluimos a aquellos sujetos que han sido consentidos y sobreprotegidos en exceso, sobre todo en la infancia, lo que a menudo se traduce en una falta de autorregulación emocional en la edad adulta.

 

Cuando nos estresamos con facilidad o somos más susceptibles de lo habitual a experimentar ansiedad. Si partimos de un nivel ya de por sí elevado, es más probable que tendamos a evitar situaciones que puedan generarnos estrés, como la realización de una determinada tarea, pues anticiparemos que la ansiedad resultante podría desbordarnos o resultarnos abrumadora.

 

En sujetos marcadamente indecisos se postergará ante la incapacidad de decidir una opción que se considere mejor de entre otras, a la hora de abordar una tarea. Esto lleva aparejado una vez más cierta baja autoestima y dificultades en el manejo de la frustración.

 

También puede existir procrastinación debida a una mala gestión u organización del tiempo de que disponemos. Otras veces se presenta por carecer de los medios o el conocimiento para abordar la tarea.

 

A veces se asocia procrastinar con otra condición como la depresión o el TDHA (trastorno por déficit de atención con hiperactividad). Algunos sujetos deprimidos padecen de anhedonia o incapacidad para experimentar gratificación con aquello que hacen. Esto podría llevarles a postergar la realización de cualquier actividad. Los pacientes con hiperactividad, por su parte, presentan a veces cierto déficit de atención. La dificultad o incapacidad de mantener la atención enfocada de forma permanente, podría explicar que pospusieran algunas tareas con más frecuencia que otros sujetos.

 

¿Qué hábitos nos sirven de excusa para procrastinar?

Todo tipo de actividades y excusas que nos facilitan evadirnos, al menos momentáneamente, de las obligaciones y tareas. Sobre todo aquellos recursos que encontramos placenteros y gratificantes, como ver una película, escuchar música, jugar a un videojuego, picar algo de comer, masturbarse, consumo de sustancias, etc. Ante la ansiedad que nos produce anticipar esa tarea que tenemos por delante pero que nos cuesta abordar, surgirán este tipo de conductas como una forma de amortiguar el estrés o evitar sentirnos mal. Si además tenemos facilidad para engancharnos con cualquier cosa, como las nuevas tecnologías, navegar por internet o revisar nuestras cuentas de correo, es más probable que echemos mano de estos recursos para posponer la realización de la tarea. Las personas que presentan más dificultades en cuanto al manejo de emociones negativas (autorregulación), serán más propensas a refugiarse en cualquier actividad que les resulte placentera.

 

Si bien, como hemos visto hasta ahora, la procrastinación suele estar ligada a algún aspecto de tipo emocional, observaremos a menudo que nos damos todo tipo de mensajes y justificaciones desde la razón para evitar y posponer las obligaciones. Nuestro propio diálogo interno o conciencia reflexiva es con frecuencia una trampa que nos llevará a autoconvencernos con sorprendente facilidad, ante la conveniencia de posponer una determinada tarea. La persona suele decirse a sí misma cosas como: “ya lo haré más tarde”, “tengo tiempo de sobra”, “me distraeré un rato revisando el correo o jugando a la consola y luego me pongo sin falta”,… Una vez que se ha pasado el momento buscamos otra excusa y volvemos a justificar el posponer las obligaciones. De paso, el tiempo que invertimos en justificarnos, evitamos pensar el esa tarea que nos genera estrés.

 

¿Procrastinamos siempre y de la misma forma?

Definitivamente no. De la misma forma que existen personas que procrastinan de forma ocasional o ante determinados tipos de tareas, y otras que lo hacen de forma general, una misma persona puede presentar este problema ocasional o intermitentemente. Entre las causas que hemos señalado anteriormente y que pueden explicar, al menos en parte, la procrastinación, algunas tienen que ver con rasgos más estables de la persona. Otras, por el contrario, pueden darse como un estado pasajero o transitorio (por ejemplo un bloqueo, estar sometido a estrés o tener la autoestima baja de forma puntual).

 

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