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Resiliencia, o lo que no te mata te hace más fuerte

El concepto de resiliencia está cobrando gran auge en los últimos tiempos. En un mundo en el que cada vez se nos vende más la idea que de debemos estar bien todo el tiempo, resulta necesario aprender a aceptar cuando toca experimentar emociones negativas. De igual forma, también es importante aprender a extraer capacidades y recursos de las experiencias vitales dolorosas.

 

resiliencia

 

Aunque este término admite muchas acepciones con distintos matices, podríamos definirlo dentro de la psicología como la capacidad de los sujetos para sobreponerse a experiencias difíciles o traumáticas, incluso saliendo fortalecidos de dichas experiencias. Vendría a ser algo así como el significado de una de las célebres frases de Nietzsche: “lo que no me mata, me hace más fuerte”. O en palabras más coloquiales: “mierda que no mata, engorda”, como suele decir mi madre.

 

Hay sujetos que se muestran resilientes de forma aparentemente innata. Por ejemplo, niños que, habiendo padecido situaciones de pobreza, abandono, abuso o maltrato, no desarrollan especiales traumas ni problemas emocionales. En otros casos, podemos suponer que son las propias circunstancias adversas las que forjan esta resistencia y recursos en el sujeto. Como queda recogido en el concepto de inoculación al estrés: pasar por experiencias dolorosas nos produciría cierta habituación, aparte de dotarnos de recursos nuevos de afrontamiento y de fortalecernos en algunos aspectos.

 

El concepto de resiliencia, al igual que el de estrés, se derivan de la física. En el primer caso, estamos haciendo referencia, desde este punto de vista pues, a la capacidad de algunos cuerpos de recuperar su forma y propiedades originales tras haber sido sometidos a presiones y cambios de algún tipo. Pensemos por ejemplo en cómo se forja una espada. Exponiéndola a altas temperaturas, golpes de martillo y enfriándola después. De esta forma, se templa y se endurece el acero. Algo parecido ocurriría si lo extrapolamos a los seres humanos. Tras haber pasado por experiencias duras que “golpean” a la persona, esta desarrolla fortalezas y recursos de los que carecía, o que estaban, por así decirlo “dormidos” o que existían “en potencia”.

 

Hay diversos estudios y enfoques que estudian la resiliencia. Hoy día no existe consenso en cuanto a conceder si es algo innato, que tendría más que ver con factores genéticos o biológicos, o si por el contrario se trata más bien de cualidades adquiridas y modeladas en el transcurso de la vida de los sujetos.

 

Sin duda es un término que comprende infinidad de aspectos, ya que las situaciones de las que podemos salir fortalecidos son muy diversas. Pensemos en una situación de duelo o pérdida, por ejemplo la muerte de un ser querido. En este caso, la emoción predominante sería la tristeza que acompañaría a dicha pérdida. Sin embargo, en un accidente, que fijaría un estrés postraumático, la emoción sería la ansiedad, principalmente. El término resiliencia se aplica hoy por hoy indistintamente, al margen de la naturaleza emocional de los eventos traumáticos.

 

Probablemente, un factor clave y muy vinculado al concepto de resiliencia, es el del apego seguro. Haber tenido vínculos sanos en la infancia con las figuras de apego (padres y cuidadores), se traducirá sin duda en mayor tolerancia y recursos frente a las situaciones adversas. Diferentes estudios apuntan a que los hijos de padres protectores, responsivos e implicados afectivamente, se muestran más resilientes, que los de familias desestructuradas o en las que ha habido negligencia o abandono en cuanto a los cuidados que implica la crianza. Niños con una buena autoestima y concepto de sí mismos, tenderán a superar con más facilidad experiencias dolorosas o traumáticas.

 

Otros factores que parecen poseer los sujetos más resilientes son la inteligencia, autonomía de pensamiento, un alto nivel de confianza en uno mismo, la capacidad de autoregularse emocionalmente ante distintas situaciones, un estilo atribucional positivo acerca de las experiencias, sentido de que la vida merece la pena ser vivida y valoración útil de eventos negativos o problemáticos, en el sentido de ver en ellos una oportunidad de poder extraer algún aprendizaje. También contar con una red de apoyo social adecuada, y el establecimiento de contactos positivos con otras personas a las que poder acudir en caso de necesidad. A un nivel más amplio y externo al propio sujeto, aparte de relaciones cercanas en cuanto a familiares y amigos, contar también con el apoyo de instituciones, como la escuela, el instituto, el lugar de trabajo, centros de salud, etc.

 

El concepto de locus de control interno, también es relevante. Se refiere a la percepción del individuo de que puede ejercer un cierto control e influir en su medio. Los sujetos con este tipo de locus suelen ser capaces de movilizar más recursos ante situaciones adversas, y no se ven tan afectados por las mismas. Por el contrario, las personas con un locus de control más externo suelen experimentar más desesperanza e indefensión, al sentir que no pueden ejercer ningún control, lo que les hace experimentar que están a merced del devenir de los acontecimientos.

 

Donde más protagonismo está teniendo el concepto de resiliencia es, sin duda, dentro del campo de la psicología positiva, la cual se centra en los aspectos más positivos del ser humano, a diferencia de la psicología tradicional, que siempre ha puesto el énfasis en cuestiones negativas o patológicas. Este enfoque más “alegre”, por así decirlo, y del que fue pionero el profesor Martin Seligman, se basa en potenciar la inteligencia emocional, el sentido del humor, la creatividad, la felicidad y, cómo no, la resiliencia de los sujetos.

 

Como sucede con muchos otros constructos en psicología, este concepto es complejo y comprende numerosos aspectos diferenciados entre sí, lo que hace muy difícil su estimación o estudio en los sujetos. A pesar de ello se han diseñado algunos recursos para medir la capacidad resiliente, como diversas escalas, cuestionarios y métodos de entrevista directa.

 

En mi experiencia como psicólogo, el ser aceptante con todo tipo de experiencias y emociones, tanto positivas como negativas, es sin duda un recurso muy útil de afrontamiento vital y puede ayudarnos a tener una existencia más plena y feliz. Como se suele decir: “de lo bueno se disfruta, de lo malo se aprende”. Permitirnos sentir toda clase de emociones negativas y poder ver la oportunidad de extraer algo positivo hasta en las situaciones más dolorosas, nos hace crecernos frente a la adversidad. Si quieres profundizar un poco más en esta reflexión, puedes hacerlo pinchando aquí.

 

 

 

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