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El santuario – cuadragésima parte

Rush hour, por Michael Gil
Rush hour, por Michael Gil

Ignacio terminó de guardar las cosas de su mesa en un par de cajas grandes de cartón. Le pareció increíble la de objetos que había llegado a acumular a lo largo de los dos años y medio que trabajó en el despacho compartido. Contempló las dos cajas preguntándose si aquello era una buena idea. Le había comunicado a Laura que iba a verla al día siguiente, pero no su intención de quedarse. Tal vez se estaba precipitando dejando el despacho. Como siempre, la vocecita desleal le susurraba mensajes catastrofistas desde algún lugar recóndito de su cabeza: va a salir mal. La vas a agobiar… para unos días, bueno, ¿pero una relación seria?  No va a estar dispuesta algo así… Además, eres mucho mayor que ella… Procuraba ahuyentarla pensando en los momentos agradables que había compartido con Laura. Recordar su sonrisa sincera y el cariño que le transmitía cuando estaban juntos o cuando conversaban por teléfono, actuaban un poco como un antídoto contra aquella voz insidiosa. En ese momento la voz de Sonia, una de las compañeras de despacho, le sacó de su trance.

 

                — ¡Oh, Ignacio! ¿Ya nos dejas? —preguntó lamentándose.

                —Sí, marcho mañana.

                —Se te va a echar de menos, por aquí… No va a ser lo mismo sin ti.

                —Anda ya, Sonia.

                — ¡Que sí! —exclamó la chica mientras se sentaba de lado en el borde de la mesa—. Va a ser más aburrido sin ti. ¿Con quién me voy a pegar ahora esas charletas en el office?

                —Bueno, lo mismo en un par de días me tienes aquí otra vez… No sé yo si no me tendré que volver antes con el rabo entre las piernas.

                — ¿Por qué dices eso, hombre? Seguro que tu chica está loca de contenta. No seas tan negativo, Ignacio —y meneó la cabeza rápidamente mientras entrecerraba los ojos.

                —Bueno, oficialmente no es mi chica, al menos aún —expuso Ignacio—. Ni siquiera sabe que mi idea es quedarme allí con ella y empezar una nueva vida. Cree que voy en plan escapada, a pasar unos días… Nada más.

                —¡Jajaja! —rio Sonia escandalosamente—. ¡No me lo puedo creer! ¿Y cómo no se lo has dicho?

                —Pues mira, al principio me justificaba con la idea de darle una sorpresa, pero ahora creo que más bien es por evitarme yo una sorpresa desagradable.

                —No entiendo, Ignacio.

                —Pues que en el fondo no me he atrevido y lo he estado posponiendo hasta el final por miedo a que me de calabazas —confesó—. Me aterra que me diga que no.

                — ¡Eso no va a pasar, tonto! Mira que sois inseguros los tíos… Me pone mala —dijo exasperada mientras ponía los ojos en blanco.

                —Jaja, ¿tú crees?

                —Hombre, por lo que me contabas no tiene pinta de eso, Ignacio. Más bien todo lo contrario… Está totalmente colada por ti, ¿no?

                —Eso parece, pero una cosa es haber pasado unas semanas juntos y otra plantearle algo en serio y a largo plazo —explicó Ignacio—. Además, recuerda que soy mucho mayor que ella.

                —Bah, ¿y qué más da eso? —dijo Sonia levantando una ceja y componiendo un gesto de autosuficiencia—. A mí los maduritos me ponen a mil, ya lo sabes.

                — ¡Es verdad, jaja! No me acordaba que te van los abuelos.

                —Perdona, pero hay abuelos, como tú dices que… ¡Madre mía! —y forzó una expresión exagerada de regocijo—. Ríete tu de los de veinte. Además, ya se sabe: más sabe el diablo por viejo que por diablo.

                — ¡Jajaja, mira que eres…!

 

Estuvieron charlando un buen rato y riéndose al recordar algunas de las mejores anécdotas que habían compartido en el despacho. Ignacio había pasado muy buenos momentos allí, sin duda. Por aquella parte, le resultaba algo triste dejar el lugar. Le agradeció de corazón a Sonia sus palabras de ánimo, a pesar de que, al mismo tiempo, le había reprendido por su negativismo e inseguridad. Según la chica, con aquella actitud lo que estaba haciendo no era otra cosa sino proyectar sus propios miedos sobre Laura. Aunque en un primer momento le costó entenderlo, enseguida tuvo cierto sentido para Ignacio, y le tranquilizó al acallar un poco aquella voz insidiosa de su cabeza que le saboteaba todo el tiempo.

 

A las seis y media, su amigo Roberto se acercó por el despacho con su coche y le ayudó a cargar las cajas en el maletero. Ignacio no disponía de vehículo en aquel momento. El último que tuvo lo desechó definitivamente tras varias averías casi seguidas y desde entonces no había tenido la necesidad de cubrir grandes distancias. El trabajo le quedaba muy cerca del piso que compartía con Marta y tener coche le parecía que implicaba más inconvenientes que ventajas en aquellas circunstancias. Sin embargo, ahora que quería empezar una nueva vida con Laura en Asturias, sí que valoraba como necesario hacerse con un nuevo vehículo. Laura tenía coche, aunque como Ignacio había comprobado durante su estancia, no le gustaba demasiado conducir, sobre todo de noche. Roberto, por el contrario, sí tenía cierta afición por la conducción y entendía un bastante de coches. Cuando Ignacio le pidió opinión, enseguida le aturulló con diversas marcas y modelos. Se acercaba la hora punta y el tráfico era más denso mientras circulaban por el centro.

 

                —No sabes la de estrés que te vas a ahorrar viviendo en una ciudad pequeña —dijo Roberto crispado mientras se aferraba al volante.

                —La verdad que sí, es calidad de vida… Allí no hay apenas tráfico, ni polución. Tampoco hay grandes problemas para aparcar.

                —Qué cabrón, igualito que aquí, vamos… En cuanto estés instalado me hago una escapada para ir a verte. Qué ganas tengo de playita… Bueno, y de conocer a tu futura parienta, claro.

                —Eso es anticipar mucho, Roberto. Ni siquiera le he dicho nada aún sobre lo de intentarlo con ella.

                —Jaja, pero le habrás dicho que vas al menos, ¿no? —rio incrédulo su amigo.

                —Sí, eso sí, hombre. Va a recogerme a la estación y se da por sentado que me quedo en su casa, pero cree que voy por unos días.

 

Miró de reojo a Roberto y vio que su amigo tenía una expresión que parecía decir que aquello quizás no era una buena idea. Entonces se apresuró a extenderse en explicaciones.

 

                —Es que no quiero agobiarla… Hace unas semanas que no nos vemos. Mejor pasar unos días con ella y a ver cómo va la cosa.

                —Total, que al final vas a tantear antes el terreno, como te aconsejé —y sonrió con cierta expresión de triunfo.

                —Sí… Bueno, no sé. En realidad creo que es inseguridad pura —explicó Ignacio.

                —Normal que te sientas inseguro. Lo acabas de dejar con Marta y ahora te quieres embarcar en otra relación. No sé yo…

                —Ya… ¿Crees que me estoy precipitando? Igual debería esperar un poco… Tomármelo con más calma —dijo volviendo a ser consciente de lo dependiente que solía mostrarse en las relaciones.

                —No sé decirte, la verdad —confesó Roberto—. Ya sabes que yo soy todo lo contrario… muy despegado a nivel de pareja, por lo que igual tampoco soy el más indicado para aconsejarte… Lo que sí sé es que las oportunidades pasan de largo. Cuando me hablas de Laura realmente me transmites que hay mucho afecto entre vosotros, y que de ahí puede salir algo bueno.

                — ¿Lo dices en serio? —preguntó Ignacio esperanzado.

                —Sí, la verdad es que te envidio en ese sentido. Quien no arriesga, no gana, ya sabes… Creo que debes ir a por todas y sincerarte con ella. Si no, al menos lo habrás intentado.

 

El resto del trayecto hacia casa de su padre, Ignacio estuvo pensando que si varias personas habían coincidido en hacer las mismas apreciaciones sobre los mismos hechos, sería porque objetivamente llevaban más razón que él mismo. Esto le hizo tomar la decisión de exponerle a Laura enseguida sus verdaderas intenciones, pero para ello debía ser capaz de sobreponerse a sus inseguridades.

 

 

Continuará…

 

 

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