91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – cuadragésimo cuarta parte

5522219286_0c7f6f6df2_zEsther estaba detrás de un mostrador blanco sobre el que reposaban una pila de cajitas y frascos. Parecía estar etiquetando cada uno de ellos con su respectivo precio. Levantó la vista y saludó a Ignacio sin reconocerlo Aunque los años le habían tratado bien, la barba le confería un aspecto muy distinto al que lucía cuando iba al instituto. Cuando él le devolvió el saludo dirigiéndose por su nombre, la chica entornó los ojos, como si tratara de situarle mentalmente.

 

                —Íbamos juntos al instituto… hace como mil años —aclaró Ignacio rápidamente para evitarle el esfuerzo mental—. Ignacio Robles. Me sentaba detrás de ti en clase de inglés y te incordiaba tirándote de la coleta.

 

Esther abrió mucho los ojos, como si hubiera hecho un importante descubrimiento.

 

                — ¡Madre mía, Nacho! —exclamó la al tiempo que salía de detrás del mostrador y se le acercaba para plantarle dos besos—. ¿Cuántos años han pasado?

                —Pues más de quince —respondió divertido ante la reacción de Esther, que le miraba de hito en hito tratando de reconocer en él al adolescente que había sido su compañero.

                —Fíjate, con esa barba tan cerrada no te había reconocido. Válgame Dios… ¿Y qué haces aquí? ¿No volviste en todos estos años?

                —Estuve hace unas semanas y el caso es que te vi el primer día que llegué. Estaba tomando un café en la plaza del mercado y pasabas justo en ese momento…

                —Haberme saludado, hombre.

                —Pues pensé que no me recordarías —confesó Ignacio.

                —Claro que te recuerdo, pero la verdad, si me cruzo contigo por la calle no te reconozco, majo.

                —No me extraña. A ti te veo muy bien, Esther. Te he reconocido sin ningún esfuerzo.

                —Gracias. Bueno, excepto por estas… —dijo algo ruborizada mientras se señalaba las gafas para ver de cerca—. Es que a ver, los años no pasan en balde.

                —Nada, estás estupenda, de verdad… ¿Es tuyo este negocio? —preguntó Ignacio mientras miraba distraído a su alrededor.

                —Sí, aquí llevo ya unos añitos y voy tirando. Al principio no vendía nada… Todavía lo de herbolario, bueno, pero parafarmacia le sonaba rarísimo a la gente de aquí.

                — ¡Jajá! Te creo… Está muy chula la tienda, y en muy buen sitio.

                — ¡Sí, me entran muchos turistas! —exclamó la chica divertida—. Bueno, ¿y tú a qué te dedicas, Nacho?

                —Desarrollo y arquitectura web, básicamente… un rollo.

                —A mí eso me suena a chino, pero mira, tengo una páginita muy sencilla de mi negocio y me hacen algunos pedidos Online.

                —Pues cuando quieras le echo un vistazo —se ofreció Ignacio.

                —Gracias, sería estupendo porque lleva la tira sin actualizarse… Y en lo personal, ¿te casaste, tuviste hijos…? ¡Ay, perdóname! Pensarás que vaya tía más cotilla.

                —Qué va, tranquila… Pues no me he casado nunca. No se puede decir que me haya ido especialmente bien en lo sentimental, la verdad.

                — ¡Ay, pero con lo majo que tú eres, Nacho!

                —Díselo a mis ex.

                — ¡Qué sí, que nos traías locas! Y ahora mírate, hecho un hombretón…

                —Tú que me ves con buenos ojos.

                —Anda ya… Pues oye, ni tan mal, ¿eh? Solterito de oro… Yo mira, majo, me casé y tengo dos hijos —dijo mientras agitaba la mano frente a Ignacio mostrando su anillo de compromiso—. Entre el trabajo y la familia, no tengo ni tiempo para mí. No te digo más… Oye, ¿tienes tiempo para un café?

                —Claro, y para dos y tres. ¿Te puedes escapar un momento?

                —Sí, a esta hora no entra nadie —dijo forzando una mueca de hastío—. Pongo un cartelito en la puerta por si acaso diciendo que estoy aquí al lado.

 

Estuvieron charlando cerca de tres cuartos de hora. A Ignacio le agradó comprobar que Esther no había perdido ni un ápice de su espontaneidad. Era además confiada y curiosa por naturaleza, pero sin llegar a ser malintencionada en ningún sentido. Cuando la chica le preguntó por los motivos que le habían traído de vuelta, le habló de Laura y se sorprendió al escuchar de boca de Esther que era una de sus mejores clientas.

 

                — ¡Anda, que casualidad! —exclamó Ignacio.

                —Claro, una de las hijas de Pepín, el de La Estación. Aquí nos conocemos casi todos, Nacho… Pues es muy buena moza, ¿eh? —dijo mientras le dirigía una sonrisa cómplice.

                —Ya… tuvimos un lío durante esas semanas, pero aun no le he dicho que ahora he venido con la idea de establecerme aquí e intentarlo en serio con ella.

                — ¡Te vas a declarar! Qué romántico…

—Si, pero oye, que tampoco me voy a poner de rodillas ni a recitar versos de amor.

                —Bueno, pero es muy bonito… ¡Ay, lo que daría yo porque alguien se me declarara —suspiró—. Pues me parece una chica muy maja, Nacho, de verdad —observó más seria—. Vais a hacer buena pareja.

 

Después de intercambiarse los teléfonos, Ignacio acompañó a Esther de vuelta a su negocio en la pequeña placita y se despidió de ella. Caminando de vuelta a La Estación se encontraba mucho más animado de cara a revelarle a Laura sus verdaderas intenciones. Al entrar en el bar ya eran cerca de las cinco y media. Todo el acopio de valor que había conseguido reunir se esfumó en un suspiró al ver que José, el padre de Laura, estaba detrás de la barra llenando el espacio con su enorme corpulencia. Tenía ambos brazos apoyados sobre el mármol, con las mangas remangadas revelando unos antebrazos musculosos y llevaba un trapo de cocina sobre uno de los hombros que casi se le juntaban con el cuello. Solo la pose ya imponía respeto. Con lo delicada que es la hija y lo mala bestia que es el padre —pensó y al momento se arrepintió de haber tenido aquel tipo de ideación maliciosa sobre su posible futuro suegro.

 

                —¡Hola, José! —saludó tragando saliva y procurando sonar lo más natural posible mientras se acercaba a la barra.

                —Hombre, Ignacio —respondió José en su habitual tono monocorde—. ¿Te pongo algo?

                —Un tinto estaría bien. ¿Está Laura?

                —Ha ido a comprar unas cosas. Espérala que no tardará.

                —Claro… Bueno, ¿qué tal va el negocio? —preguntó removiéndose un poco inquieto sobre el taburete alto. Los largos silencios cuando coincidía José eran habituales y le ponían bastante nervioso.

                —Va… Oye, ¿qué intención tienes?

                —¿Cómo? —Ignacio se quedó helado mientras José terminaba de servirle el vino.

                —Que si vienes para quedarte una temporada, como la otra vez —sonó seco e impaciente a la vez.

                —P-pues…

                —Mira, Ignacio, me pareces un buen tipo, pero creo que debes pensar un poco en Laura —le cortó sin darle opción a expresarse—. Es mi hija y entenderás que me preocupe por ella.

                —Claro, lo entiendo perfectamente, José.

                —Veo que se ilusiona y luego cuando te vas se queda mal. No me gusta eso.

 

Ignacio permaneció durante unos instantes contemplando el vaso de vino que tenía delante. Se sentía algo contrariado. Por una parte le irritaba verse en aquella tesitura, como si se tratara de un adolescente cortejando a la chica de turno y teniendo que justificarse ante su padre. Por otra, entendía perfectamente que José llevaba razón en lo que le decía, y que su actitud recelosa ponía de manifiesto el afecto que profesaba por su hija. A pesar de lo violento de la situación, era la primera vez que mantenía una conversación de más de dos frases con José y que tenía que ver con algo que les importaba realmente a ambos.

 

 

 

   Continuará…          

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *