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El santuario – cuadragésimo primera parte

Night train, por Thomas Hawk
Night train, por Thomas Hawk

Cuando llegó a casa, dejó las cajas con las cosas del despacho en su dormitorio. Acababa de deshacerse de dos bolsas grandes de ropa que tenía en el piso en el que había vivido con Laura, y ahora volvía a juntarse con más trastos en aquella pequeña habitación. Empujó hacia un rincón de la habitación y fue a la cocina a preparar algo de cena. Enseguida entró su padre para ofrecerle algo de ayuda. Ignacio la declinó amablemente y le pidió únicamente que pusiera la mesa. Mientras cocinaba un par de hermosas rodajas de salmón a la plancha, se le ocurrió que podían combinar bien con un Verdejo que tenía en la nevera.

 

                —Papá, ¿te apetece que abramos una botella de vino blanco? —dijo proyectando la voz hacia el comedor.

                —No debería, acabo de empezar a tomar las pastillas —la voz de su padre le llegó algo apagada a través del pasillo.

                —Total, por una copa… —siguió hablando como para el cuello de su camisa, mientras buscaba el sacacorchos en uno de los cajones de la cocina.

 

Cenaron tranquilamente con la tele apagada, cosa que Ignacio agradeció enormemente. Poder hablar con su padre de forma distendida era algo casi nuevo para él. Le resultaba extraño y reconfortante al mismo tiempo. Después de beberse la botella entera entre los dos, Ignacio se incorporó sintiéndose mareado y comenzó a recoger los platos, pero su padre no se lo permitió.

 

                —Anda, no te preocupes por eso —le dijo—. Termina de hacer el equipaje y marcha para la estación, que más vale llegar con suficiente antelación.

 

De vuelta en el que había sido su cuarto hasta que se independizó por vez primera, guardó un par de cosas más de última hora en las maletas y las cerró. Antes de abandonar el dormitorio, echó un último vistazo a su alrededor. Los trofeos de futbol de cuando era niño parecían observarle mudos y cubiertos de polvo, desde la repisa sobre la que descansaban. Le invadió entonces una oleada de nostalgia. Apagó la luz y cerró la puerta tras de sí.

 

Por fin llegó el momento que tanto había anhelado. Una vez más, cogió el tren que salía de madrugada y viajó durante gran parte de la noche. En aquella ocasión sí pudo dormir durante unas cuantas horas, al menos. El resto del viaje lo hizo en una especie de duermevela, pues el traqueteo del tren le producía sopor. Mientras, trataba de imaginar cómo sería el reencuentro con Laura. Hacía unas semanas que no se veían, y no sabía muy bien cómo comportarse con la chica cuando volvieran a encontrarse. Temía que la distancia y el tiempo hubieran enfriado un poco la relación entre ambos. Comenzaba a amanecer y pudo ver a través de la ventana del tren, como los primeros rayos de sol bañaban la masa de bosque que se extendía paralelo a las vías. Recordó entonces el viejo roble que crecía oculto frente a la estación. No debía estar muy lejos, pues el tren estaba llegando casi a su destino. A las siete y cuarto de la mañana se apeaba puntual en el andén, cargado con las dos enormes maletas. Mucho más equipaje del que llevaba consigo en su anterior visita. A pesar de que ya era prácticamente verano, aquella mañana hacía fresco. Entró en la estación y cruzó el edificio saliendo a la calle por la puerta principal. Laura estaba apoyada en el capó de su coche, con las manos bajo las axilas para protegerse del frío. Al verle le dedicó una amplia sonrisa. Después corrió hacia él y se le echó encima para abrazarle efusivamente. Ignacio soltó las maletas y la estrechó entre sus brazos mientras la levantaba en volandas. Se rio para sus adentros al comprobar que su inseguridad había sido totalmente infundada. Con Laura todo resultaba mucho más sencillo de lo que él anticipaba.

 

                —Qué bien que hayas venido, guapo —le dijo cerca del oído y después depósito un par de besos con cariño sobre las mejillas de Ignacio—. ¡Ay, pinchas! Te has recortado la barba.

                —Sí, pero ya me ha vuelto a crecer —respondió pasándose una mano por la cara.

                —Estás muy guapo —observó la chica y se detuvo a escudriñar cada detalle de su rostro minuciosamente, como deleitándose con su barbilla, su boca, su mentón y sus cejas. Esto era algo que solía hacer con cierta frecuencia y que agradaba e incomodaba a Ignacio a partes iguales. Después reparó en las dos grandes maletas y su sonrisa se hizo más amplia aún.

                —Esta vez he traído mucho equipaje… —se apresuró a decir al advertir la reacción de Laura.

                 — ¿Eso quiere decir que te piensas quedar muchos días? —preguntó risueña.

                —¿Tú qué crees? Si la otra vez me vine casi con lo puesto y me quedé más de un mes…

                — ¡Pues ahora te quedas a vivir! —exclamó casi eufórica. Ignacio tragó saliva tratando de mantener la compostura y se preguntó si la chica estaría hablando en serio.

 

Cargaron las maletas en el coche y se pusieron en camino. La ciudad apenas estaba comenzando a despertar perezosamente. Solo se cruzaron con un par de personas durante el breve trayecto hasta la casa de Laura. El cierre de La Estación se encontraba bajado por completo. Al entrar en el portal del edificio, Ignacio percibió una vez más el olor particular de la madera vieja y polvorienta de las escaleras. Esto le transportó a la noche en la que volvieron de la playa de madrugada y durmieron juntos por primera vez. Tenía la sensación de que había transcurrido una eternidad desde aquello. Llegaron al rellano del tercer piso jadeando debido al peso de las maletas. El piso de Laura estaba tal y como lo había dejado semanas atrás. Nada más entrar, Pipo, uno de los gatos de Laura, le dio la bienvenida frotándose contra su pantalón.

 

                —¡Se acuerdan de ti! —exclamó Laura complacida—. Manchitas es que es más siesa, la jodía. ¿Quieres un café…? Tengo bizcocho también del que te gusta.

                —Sí, gracias. Tengo algo de hambre.

                —Date una ducha si quieres. Hay una toalla limpia colgada detrás de la puerta.

 

Ignacio sacó una muda de su maleta y se metió en el baño. Tomó una ducha rápida y se puso unos vaqueros y una camiseta de algodón. Cuando salió, le esperaba una taza humeante de café y un buen trozo del bizcocho casero de Laura.

 

                —Mmm… qué bueno. No sabes cómo lo he echado de menos —dijo mientras saboreaba un pedazo.

                —Espero que también hayas echado de menos a la cocinera —le soltó Laura de manera capciosa.

                —Pues claro… El bizcocho está bueno, pero la cocinera es que quita el hipo, joder.

                —Jaja, si te portas bien te prepararé empanada también.

                —Vale, seré bueno. Haré méritos —dijo Ignacio meneando la cabeza y mirando hacia arriba como fingiendo resignación.

                —Tranquilo, no tendrás que esforzarte mucho —respondió ella sonriéndole de manera cómplice.

                —Oye, gracias por pegarte el madrugón y venirme a buscar.

                —¿Estás tonto, Ignacio? No hay por qué darlas, hombre. Estoy encantada de que hayas venido. Por cierto, ¿cómo se ha quedado tu padre? —preguntó Laura con un tono de voz algo más serio.

                —Pues mucho mejor, la verdad. Le transmití mi preocupación hace unos días y parece que fue un poco como un estímulo para que saliera del pozo en el que se encontraba.

                —Ya, a veces reaccionamos más movidos por las personas que nos importan que por nosotros mismos.

                —Sí, además congenió con la psicóloga mejor de lo esperado y le han recetado un antidepresivo.

                —Qué bien, Nacho. Me alegro —reconoció con amabilidad.

                —Gracias, Lo sé.

                —Bueno, son solo las ocho y cuarto —dijo Laura al tiempo que miraba su reloj de pulsera—. ¿Qué te apetece hacer?

                —La verdad es que lo único que me apetece ahora es meterme en la cama contigo y estar abrazado a ti toda la mañana.

 

Laura se sonrojó un poco y esbozó una sonrisa mientras ladeaba la cabeza para esconder su rubor. Después se levantó de la silla, se acercó a Ignacio y se inclinó para besarle suavemente en los labios.

 

                —Eso tiene fácil solución —dijo casi musitando y dio la vuelta dirigiéndose hacia el dormitorio, mientras se sacaba el jersey por encima de los hombros. Ignacio la siguió transcurridos unos segundos y la imitó comenzando a despojarse de su propia ropa. Ambos se recostaron en la cama y permanecieron abrazados. Al principio, sintió un deseo intenso de hacer el amor con la chica. Tenía la cabeza de Laura sobre su pecho y al respirar, le llegaba el aroma de su pelo. Resultaba casi embriagador. Pasada una media hora se durmió con esa sensación agradable y familiar de estar en casa nuevamente.

 

 

 

Continuará…

 

 

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