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El santuario – cuadragésimo quinta parte

Autor: Cherco
Autor: Cherco

Finalmente levantó la vista y sin dejar de mirar a José directamente a los ojos, le reveló sus verdaderas intenciones con respecto a Laura. Para su propia sorpresa, no titubeo y su tono de voz fue firme y seguro.

 

                —Lo cierto es que quiero establecerme aquí e intentarlo en serio con Laura. Me importa realmente su hija.

 

José le mantuvo la mirada fija también. Transcurridos unos instantes en los que se produjo un silencio algo tenso entre ambos, le habló.

 

                —Pues no me ha dicho nada.

                —Claro, porque aún no lo sabe.

                —¿Y a qué esperas para decírselo? —le preguntó con un tono de voz que sonaba a reproche.

                —No llevo ni veinticuatro horas aquí, José y es una cuestión importante. Estaba esperando el momento oportuno para hacerlo —en aquella ocasión fue el propio Ignacio el que denotó cierto fastidio a través de su voz. De alguna manera, fue una forma de decir que José se estaba pasando un poco de la ralla con su interrogatorio. Este pareció captarlo y se suavizó un poco.

                —Bueno, pues bien… ya me quedo más tranquilo.

                —Esté sin cuidado, que yo nunca haría nada que pudiera herir a Laura, al menos a propósito… y espero que no vea como un inconveniente que tenga unos cuantos años más que ella.

                —Eso ya es cosa de ella. Yo lo que quiero es verla feliz.

                —Pues ya somos dos —añadió Ignacio.

                —Bien… ¡Hostia, qué serio te pusiste al tratarme de usted! —exclamó de repente José. Ignacio, que no había sido consciente de esto, no pudo evitar sonreír.

                —Perdona, no me di ni cuenta.

                —Nada, hombre… relaja. Esta corre por cuenta de la casa —dijo mientras le rellenaba el vaso de vino.

                —Pensé que me ibas a correr a tortas del bar.

                — ¡Jajá!… Oye, que no soy ningún ogro. Me pareces buen chaval, Nacho, pero entiende que es mi hija y me preocupo por ella.

                —Claro, lo entiendo perfectamente —reconoció Ignacio.

 

Después de que José le confrontara directamente sobre cuáles eran sus intenciones sobre Laura, el trato entre ambos fue distendido y natural por vez primera. La conversación supuso un punto de inflexión en el que, de alguna manera, se habían establecido ciertos límites de manera implícita. Ignacio respiró aliviado al comprobar que podía tener una conexión normal con José, lo cual si bien no resultaba imprescindible de cara a su posible relación con Laura, si que facilitaba bastante las cosas. Sin poder preverlo, aquel encontronazo le había allanado aún más el camino. Cuando Laura llegó cargada con un par de bolsas les encontró charlando animadamente y tomando vinos. Aunque no dijo nada, resultó evidente que se extrañó un poco ante el repentino cambio de actitud entre Ignacio y su padre.

 

                — ¿Qué tal, qué has hecho, Nacho? —le preguntó mientras depositaba las bolsas en el suelo, detrás de la barra.

                —Pues he estado tomando un café con Alberto y nos hemos encontrado con Don Andrés, el profesor de latín.

                —Anda, ¿y le has saludado?

                —No solo eso, le he dado las gracias por aprobarme en su día. Hemos estado charlando con él un buen rato.

                —Muy bien. De bien nacidos es ser agradecidos —dijo mientras miraba de reojo a su padre como tratando de averiguar algo a través de su expresión—. ¿Todo bien por aquí, papá?

                —Si, claro, hija.

                —Ok, es que estáis un poco raros.

                —Todo bien —aseguró Ignacio mientras contenía una sonrisa. En el fondo estaba disfrutando un poco con aquello—. Bueno, te sigo contando… después he ido a dar un paseo y me he encontrado con una antigua compañera de instituto: Esther Garrido, la de la parafarmacia.

                —De manera que te dejo solo un rato y te dedicas a alternar con mujeres por ahí —dijo la chica poniendo los brazos en jarras y fingiendo indignación—. Muy bonito…

                —Me ha dicho que eres clienta suya —comentó divertido ante la pose de Laura.

                —Claro… es de tu quinta… —dijo como si no hubiera escuchado el comentario de Ignacio—. Mmm, bueno, está casada, ahora que me acuerdo.

 

Entretanto, José se puso a sacar las cosas de las bolsas, como ajeno a la conversación que estaban manteniendo. A Ignacio le pareció más bien que el hombre lo hacía por concederles algo de intimidad, cosa que agradeció. Aún estaba un poco extrañado por la reciente complicidad que se había establecido entre ambos. Cuando el padre de Laura se ausentó para ir a la cocina, la chica aprovechó para indagar.

 

                —Oye, parece que te llevas mejor con mi padre, ¿no? —le preguntó bajando adrede el tono de voz.

                —Sí, eso parece. Hay más confianza.

                — ¿Lo ves? Te dije que en el fondo es majo. Solo hay que conocerle un poco —observó complacida—. ¿Y de qué habéis estado hablando?

                —Oh, de todo un poco —respondió Ignacio haciéndose el distraído.

                —Bueno, no he notado que me pitaran los oídos mientras estaba en el súper, así que supongo que puedo estar tranquila —suspiró—. Pero en serio, me alegra que os llevéis bien.

                —A mí también.

 

Al momento llegó José y les invitó a que se marcharan, comprometiéndose a cerrar el bar por la noche. Laura protestó en un primer momento, pero su padre se mantuvo firme y argumentó que como era día de diario, apenas había gente, con lo que la chica terminó accediendo a regañadientes. Al salir del bar, Ignacio le pasó el brazo por detrás, asiéndola de la cintura. Laura, impaciente, comenzó a soltarle una retahíla de preguntas.

 

                — ¿Estás cansado…? ¿Qué te apetece hacer? ¿Cenamos ya o esperamos un poco…?

 

Él la atrajo hacia sí y le habló susurrando al oído.

 

                —Pues me apetecería subir a tu casa para “fo”… Después podemos cenar algo y volver a “fo”… ¿Qué te parece?

                — ¿Qué es “fo”…? ¿Foie gras? ¿Te preparo entonces unas tostaditas con paté?

                —No, mejor te lo unto donde tú me digas.

 

En ese momento Laura se echó a reír mientras se tapaba la cara con la mano para ocultar su rubor.

 

                — ¿Sabes? Me muero de ganas de “fo”… desde esta mañana —dijo cuando recuperó la compostura—, Pero no quería sonar muy desesperada.

                —Joder, yo también —reconoció Ignacio—, pero esta mañana me dio bajón al llegar. Me caía de sueño.

                —Oye, que ya sabes que me encanta, pero estar simplemente abrazados también está bien, ¿eh? —dijo Laura rodeándole el cuello con sus brazos una vez que estuvieron dentro del portal. Olía a madera vieja y a humedad.

                —Yaaa… Lo sé —susurró nuevamente él y ambos se fundieron en un largo y prolongado beso.

 

 

 

Continuará…

 

 

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