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El santuario – cuadragésimo segunda parte

3723841445_c22bb3aaca_zAquella tarde, Laura tenía que abrir el bar. Había avisado a Alberto de que Ignacio se encontraba nuevamente en la ciudad, pues no quería que pasara la tarde solo. A las cinco, Alberto llegaba puntual a buscarle. Fueron a tomar algo a un bar cerca del puerto. Al entrar, Ignacio reconoció nuevamente a Andrés, su antiguo profesor de latín. Le preguntó a su amigo si le reconocía. Alberto le recordaba vagamente, pues no cursó ninguna de sus asignaturas cuando estaban en el instituto. Ignacio le contó la anécdota que ya le había comentado a Laura, sobre cómo Don Andrés le había aprobado latín años atrás, a pesar de sus pésimas calificaciones durante todo el curso. Alberto, al igual que Laura, tampoco mostró especial sorpresa, pero si animó a Ignacio a saludarle y a mostrarle agradecimiento. Don Andrés estaba solo en la barra, removiendo distraídamente un café con su cucharilla. Ignacio se acercó por detrás y le cogió con amabilidad por el codo para atraer su atención.

 

                —Hola, Don Andrés. Soy Ignacio Robles… Hablamos hace unas semanas ¿Se acuerda? Soy un antiguo alumno suyo.

                —Hola, ¿cómo está? —preguntó cordialmente mientras le tendía la mano—. Me acuerdo de usted. Me alegra ver que sigue por aquí.

                —Estuve unas semanas y después me tuve que volver a Madrid. Entremedias me hice un esguince montando en bici por la costa y bueno, una odisea…

                —Y aquí está de nuevo, en la isla de Ítaca… Dígame, ¿dónde ha dejado a su Penélope? —preguntó el profesor sonriendo ampliamente.

 

Ignacio no pudo por menos que sonreír de igual forma y confesó que, efectivamente, había una chica por la que había vuelto a la ciudad. Le habló entonces de Laura y se sorprendió gratamente cuando Don Andrés le dijo que la conocía. Incluso hizo una descripción breve sobre ella de lo más acertada. Alberto, por su parte, permanecía discretamente a unos metros, apoyado en la barra y mirándoles de reojo. Ignacio se percató de que esto podía ser interpretado como una incorrección por parte de Don Andrés, que siempre se mostraba defensor a ultranza de los modales y las convenciones sociales.

 

                —Alberto, ven, anda… —le llamó desde el otro extremo de la barra—. ¿Te acuerdas de Don Andrés?

 

Se apresuró a acercarse sonriendo nerviosamente y le estrechó la mano al viejo profesor. Este examinó con atención a Alberto sin dar muestra alguna de reconocimiento.

 

                —Somos amigos del colegio desde que éramos chavales —explicó Ignacio. Don Andrés se limitó a asentir complacido.

                —A mí no creo que me recuerde —añadió Alberto—. Yo no cursé griego ni latín. Tiré por ciencias puras.

                —Las lenguas muertas están cada vez más muertas… Fuera de la ciencia o de lo religioso, claro. Cada vez hay menos gente que esté por la labor de dedicarse a su estudio, es una pena —se lamentó el profesor—. Ya durante mis últimos años en activo se notaba que descendía el número de alumnos cada año.

                —Precisamente, Don Andrés, quería comentarle algo relacionado con eso… —dijo Ignacio tragando saliva y sintiéndose algo incómodo—. Seguramente no se acordará, pero cuando fui alumno suyo sacaba unas notas pésimas. Suspendí latín durante todo el curso y aun así usted me aprobó.

                — ¿Ah sí? —contestó abriendo mucho los ojos—. Bueno, no lo diga muy alto, que aunque esté jubilado tengo una reputación que mantener —y miró a ambos lados fingiendo recelo.

                —Quería darle las gracias, porque aquello me permitió presentarme en junio a selectividad y aprobar, aunque por los pelos… De lo contrario tendría que haber ido a la convocatoria de septiembre y no sé si la habría aprobado. Seguramente habría tirado por otro camino, al menos a nivel académico…

                —No hay por qué darlas, joven —dijo Don Andrés—. Si le digo la verdad, ni siquiera me acuerdo de haberlo hecho, pero a lo largo de los años que he sido profesor, he aprobado a algunos alumnos que habían suspendido. De forma muy puntual, eso sí… En su caso no recuerdo por qué tomé esa decisión.

                —Yo había retomado los estudios después de haber estado trabajando un par de años con mi padre —explicó Ignacio—. Tenía un desfase de un año en la asignatura con respecto a mis compañeros y no fui capaz de ponerme al día. Quizá por eso que bajó la mano conmigo.

                —Pues no diga más. De todas formas, estos casos se exponen ante el profesorado cuando nos reunimos para hacer la evaluación. Eso sí, la última palabra la tiene el profesor que imparte la asignatura.

                —Fuera como fuera, se lo agradezco, de verdad… Pude continuar mis estudios y a día de hoy estoy contento con mi profesión.

                —Me alegro, Don Ignacio. Está claro entonces que fue una decisión acertada —dijo Don Andrés asintiendo con la cabeza—. Por supuesto que un profesor ha de hacerse valer frente a sus alumnos y nos tomamos nuestra vocación muy en serio, pero hay cosas más importantes que una sola asignatura en el transcurso de toda una vida académica.

 

Permanecieron una hora más conversando animadamente con Don Andrés, hasta que éste se despidió de los dos amigos dejándoles solos en la barra del bar.

 

                —Menudo personaje, ¿eh? Tiene clase —dijo Alberto cuando el profesor se hubo marchado.

                —Ya lo creo. Es de las personas más correctas con las que me he topado nunca. Le estaré agradecido siempre por el gesto que tuvo conmigo —comentó pensativo Ignacio—. De no haber sido por él, probablemente no estaría aquí ahora mismo.

                —Hombre, no exageres… te habrías presentado en septiembre, ¿no?

                —No lo creo, Alberto. Por aquel entonces no estudiaba casi nada. Seguramente habría vuelto a trabajar antes que repetir curso o prepararme la selectividad… Por cierto, que pensaba decirte que venía, pero no me ha dado tiempo —le dijo a su amigo mientras se rascaba la cabeza—. Laura se me ha adelantado.

                —No pasa nada, Nachete. No te mosquees con ella… Estaba tan contenta que necesitaba pregonarlo a los cuatro vientos. Yo creo que debió llamarme justo después de colgar contigo, jaja.

                —Bueno, ahora hay algo que quiero confiarte yo, y esto sí que no se puede ir contando por ahí, ¿vale?

                —Claro, confía en mí —dijo muy solemne Alberto—. Lo que sea, tienes mi palabra.

                —Tengo la intención de establecerme aquí… Intentar algo serio con Laura.

                —¡Ostia, Nachete! —exclamó su amigo mientras se abalanzaba para darle un abrazo. El camarero les miraba con apatía desde el otro lado de la barra—. ¡Qué buena noticia! ¡Laura estará loca de contenta!

                —Es que aún no se lo he dicho… —al decir esto, la expresión de Alberto se tornó en pasmo—. Por eso no debes decírselo a nadie, y menos a ella misma.

                — ¿Pero a qué esperas, hombre? Si ella bebe los vientos por ti. Te va a decir que sí, sin dudarlo.

                —Si, eso me dice todo el mundo. Supongo que el que se siente dudoso e inseguro en el fondo soy yo —reconoció Ignacio.

                —Bueno, es normal. Es una decisión importante, pero ya verás que por su parte no vas a tener ningún problema, eso ya te lo adelanto yo.

 

Alberto se volvió hacia el camarero y le pidió otra ronda. Ignacio pensó que había encontrado quizás el aplomo y la confianza que le faltaban tras haber hablado con Alberto, pues era de las personas que tenían un contacto más estrecho con Laura.

 

                —¡Esta y las siguientes corren de mi cuenta, Nachete! —exclamó alegremente mientras hacía entrechocar su vaso de sidra con el de Ignacio.

 

 

Continuará…

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