91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – cuadragésimo sexta parte

Mossy Oak 2, por Dave Bonta
Mossy Oak 2, por Dave Bonta

Despertó a eso de las cinco de la mañana con una ligera presión en el pecho. Laura estaba de lado en la cama, de espaldas a él. Su pelo se desparramaba sobre la almohada e Ignacio podía percibir el olor característico de su champú cada vez que respiraba. Se incorporó lentamente para no perturbar el sueño de la chica. Anduvo a ciegas por la casa, sin dar las luces y se dirigió a la cocina a servirse un vaso de agua fresca. Conocía perfectamente las dimensiones y la distribución del piso después de haber pasado varias semanas convaleciente a causa del esguince de tobillo. Aun así tuvo cuidado, pues Pipo y Manchitas, además de silenciosos, eran totalmente impredecibles. Aprovechó para refrescarse la nuca y las muñecas en el fregadero. No entendía porqué se había despertado de repente con aquella ansiedad, pero tenía la sensación de que algo se había removido en su subconsciente durante la noche. Caminó hasta la galería del salón y miró a través de los cristales. Podía ver el contorno de calles y fachadas, débilmente iluminado por la luz de las farolas. Recordó entonces que después de hacer el amor con Laura, se había prometido a sí mismo antes de dormirse, que hablaría con ella a la mañana siguiente. Ahora, la sola idea de comentarle sus verdaderas intenciones, le producía temor. Una vez más, la vocecita insidiosa volvió a resonar desde algún rincón de su mente: “se va a agobiar en cuanto se lo digas”, “pero ¿cómo va a querer salir en serio contigo?”, “la vas a poner en un compromiso, no es lo que quiere realmente”, “es muy independiente, no te necesita”, “ha sido una aventura puntual. Eso es lo que ha sido, nada más”, “es demasiado buena para ti… y joven”, “no funcionaría, como no funcionó con Marta”, “es mejor dejarlo así, en cuanto sepa cómo eres en realidad saldrá corriendo…”

 

La presión se fue haciendo cada vez más fuerte, oprimiéndole el pecho y dificultando su respiración. Al mismo tiempo que ansioso, se sintió derrotado. Ya apenas recordaba la última vez que había tenido una crisis de ansiedad y ahora, de repente, había vuelto sin previo aviso. Le entraron ganas de salir corriendo, pero se quedó paralizado mientras trataba de lidiar mentalmente contra aquella voz que había vuelto a instalarse en su cabeza. Él mismo se hacía las preguntas y se respondía, en una especie de autodiálogo esquizofrénico: “¿y qué hago?, ¿no decirle nada?”, “¿paso aquí unos días sin más y me vuelvo a Madrid?”, “ya has hablado con su padre. No podrías hacer eso… Si te vas sería para no volver más”, “pero tengo que intentarlo, ¿y si es la mujer de mi vida?”, “bah, eso no existe… Lo acabas de dejar con Marta y ya te estás enganchando a la primera tía que se cruza”, “¿entonces no estoy realmente enamorado de ella?”, “qué va, no es amor, es dependencia… siempre terminas abocado a lo mismo”, “eres inseguro y dependiente a más no poder”. Así siguió en esa espiral de pensamientos hasta que las primeras luces del alba comenzaron a despuntar sobre la marea de tejados. Se sintió aun más estúpido y cobarde por el hecho de que Laura seguía durmiendo plácidamente en la habitación contigua, totalmente ajena a sus miedos e inseguridades. Como no quería despertar a la chica, desechó la idea de tomar una ducha de agua fría. Este recurso le había funcionado en algunas ocasiones, al menos para calmarle un poco la ansiedad, cuando tenía aquellos despertares desagradables. Entró en la habitación, cogió su ropa, que estaba desperdigada entre el suelo y una silla, y salió a hurtadillas. Una vez vestido, salió del piso y cerró la puerta con cuidado de no hacer ruido. Bajo los escalones, que crujían estrepitosamente bajo su peso en el silencio de la madrugada. Cuando estuvo fuera del edificio, echó a correr. Este también le había resultado útil alguna vez para liberarse de parte de su ansiedad. Con un poco de suerte, estaría de vuelta algo más calmado antes de que la chica se hubiera despertado.

 

Llevaría unos diez minutos corriendo cuando se dio cuenta de que sus zancadas le estaban llevando hacia la estación de trenes, en las afueras de la población. Una parte de él volvía a buscar de forma inconsciente el sosiego que había encontrado en su pequeño santuario: aquel inmenso roble que crecía en un pequeño claro, dentro de la porción de bosque frente al andén de la estación. Recordó que tan solo la primera vez que visitó el lugar encontró descanso. Después lo mancilló dejando varias latas de cerveza desperdigadas por el lugar. Pero había vuelto más tarde a recogerlas, el día que estuvo con Alberto y el hijo de este. Esperaba que en esta ocasión el santuario le considerara digno de nuevo y le otorgara algo de paz. O quizás ya la había consumido toda durante la primera visita. Aunque no creía en nada sobrenatural, cuando se encontraba en semejante estado de ansiedad le venían toda clase de pensamientos estrambóticos y asociaciones de tipo mágico. “Cualquier cosa con tal de liberarme de esta angustia”, pensó. Llegó a la estación resollando pero no se detuvo. Cruzó el andén y después el prado que cubría la distancia hasta la franja de bosque. Un sol pálido de madrugada comenzaba a bañar con su tibia luz las copas de los árboles más altos. Al entrar en la espesura sintió como la temperatura descendía unos grados. Aquella era la cuarta vez que visitaba el lugar, por lo que no tuvo ningún problema en encontrar el camino más directo. Enseguida se descubrió frente al roble, que parecía darle la bienvenida extendiendo majestuoso sus ramas. Permaneció un par de minutos de pie, mientras recuperaba el aliento y después se sentó, como había hecho el primer día, recostando su espalda contra la corteza del tronco. El sonido del manantial le llegaba monótono y también podía sentir la humedad que flotaba en el ambiente. Entonces recordó que en aquella primera ocasión se había dejado llevar, permitiéndose sentir la ansiedad en toda su intensidad. Recordó también que, aunque lo hizo más bien por rendirse definitivamente a la angustia que lo espoleaba, terminó encontrando cierta paz, para su sorpresa. Durante su segunda visita tenía la cabeza tan embotada por la cerveza que había consumido, que no fue capaz de replicar el mismo efecto. En realidad, no había vuelto a ser consciente hasta volver a apoyar su espalda contra el tronco del roble y tomar un par de inspiraciones profundas. Una vez más, trató de detener sus pensamientos y se limitó a observar lo que sentía. Sintió la presión en el pecho y escuchó aquella voz que lo azotaba con sentencias negativas una y otra vez. Esta vez no la replicó, ni la cuestionó, tan solo permaneció en silencio, escuchando con todo su cuerpo. Transcurridos unos minutos y como temía, pues ya le había sucedido la primera vez, la presión en el pecho se fue intensificando. Sentía tal opresión en el pecho que apenas podía respirar, más bien boqueaba como un pez fuera del agua. A pesar de esto continuó aceptando aquel torrente de angustia que iba inundando su ser. Después de un pico de ansiedad en el que pensó que se quedaría fulminado al pie del árbol, le sobrevino una tristeza profunda e insondable como un océano que lo estuviera ahogando. Las lágrimas comenzaron a brotar abundantemente de sus ojos. En aquel mismo instante cobró consciencia de que una parte de él no se sentía merecedora de estar allí, ni de vincularse a alguien bueno como Laura, ni siquiera de poder ser feliz o de encontrar el sosiego que tanto anhelaba. Esto le llevó a la infancia y fueron sucediéndose algunos pasajes de su vida en los que estaba presente el mismo sentimiento; como cuando era pequeño y sentía que sus padres discutían constantemente por su culpa, o innumerables momentos en los que se veía a sí mismo con el Luís y el Alberto adolescentes, corriendo de aquí para allá y haciendo travesuras sin contar nunca con la supervisión o el cuidado de un adulto. Le pareció que aquellos chavales vagaban siempre totalmente desatendidos, al menos afectivamente. También se permitió la tristeza que le producía esta imagen. Sintió compasión por él y por sus amigos. Las lágrimas continuaron fluyendo, como el manantial que quedaba cerca de donde se encontraba. Parecía que nunca iba a detenerse aquel torrente de tristeza que hacía que su cuerpo se sacudiera violentamente a cada sollozo. Pasados unos minutos que le parecieron horas y después de volver a revivir muchos momentos claves de su vida, comenzó a serenarse. Escuchó una voz que parecía venir de algún lugar remoto. Al principio se escuchaba como amortiguada. Estaba tan exhausto y confuso por la catarsis que acababa de sufrir, que habría jurado que provenía de la propia copa del árbol. La voz se fue haciendo más fuerte. Era cálida pero firme a la vez. Una vez más, Ignacio puso los cinco sentidos en escuchar lo que le decía:

 

“Aquí es donde debes estar. Te mereces ser feliz”.

 

Esas dos simples frases se iban repitiendo una y otra vez. Le sonaban casi como notas musicales que pudieran extraerse del instrumento más bello y puro. No supo si fue por el mensaje o por su sonoridad, pero de alguna manera fueron calando en lo más profundo de su ser. Podía sentirlas en cada fibra de su cuerpo, incluso en cada célula y átomo… Y así se fue serenando hasta alcanzar una paz nueva para él.

 

 

Continuará…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *