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El santuario – cuadragésimo tercera parte

Calles de Santiago, por Raúl A
Calles de Santiago, por Raúl A

Al salir del bar se encontraba un poco mareado por la cantidad de sidra que había bebido. Alberto se ofreció a acercarle en coche a La Estación, pero Ignacio prefirió volver dando un paseo. Además, quería visitar algunos lugares que no tuvo ocasión de ver durante su anterior estancia. Los dos amigos de despidieron con la promesa por parte de Alberto de no revelar aun las verdaderas intenciones de Ignacio sobre establecerse allí. Eran cerca de las siete pero aun lucía el sol. Las calles se encontraban llenas de transeúntes, lo que también anunciaba la época del año estival. Sin duda, el verano era mucha más animado en la villa y numerosos turistas y gente de paso se concentraban en ella. Pasó el puerto y tomó entonces la calle principal. Después se desvió por una perpendicular en dirección al centro, que era peatonal y cuyo suelo se distinguía por un sólido empedrado. Numerosas tiendas y locales se desperdigaban a lo largo de la Calle de la Lonja. Le llamaba la atención descubrir que muchos de ellos habían sufrido alguna transformación. La antigua carnicería era ahora una bistró. El local de un tapicero se había convertido en una pulpería. Era inevitable sentir cierta nostalgia al ver lo cambiado que estaba todo, a excepción de unos pocos comercios. Con el paso de los años, la villa se había ido volviendo más y más turística. Había perdido un poco esa apariencia de casco antiguo medieval que recordaba Ignacio. Casi podía verse siendo un chaval y montando en bicicleta, recorriendo las calles a toda velocidad con Alberto y Luís, sus mejores amigos. Algunos vecinos solían increparles cuando pasaban cerca de ellos. Rio para sus adentros al rememorar algunas de estas anécdotas. Sin llegar a ser unos maleantes, sí podría decirse que eran bastante gamberros. Otras veces, ponían petardos en alguna caca de perro y se quedaban esperando, parapetados tras un lugar seguro hasta que hacía explosión. Cuando eso ocurría, la “metralla”, que así llamaba Luís a los pedazos de excremento, salían disparados en todas direcciones. Ahora le parecía que algunas de las bromas y travesuras que hacían de niños resultaban de muy mal gusto y hasta peligrosas. Más de una vez les pilló un vecino perpetrando alguna de sus fechorías y tuvieron que salir corriendo. Luís solía ser el que más tendía a forzar los límites. También sentía una especial predilección por todo lo que tuviera que ver con la pirotecnia. A Alberto, por el contrario, le daban mucho miedo los petardos. Nunca los encendía y se mantenía siempre a una distancia prudencial cuando Ignacio y Luís manipulaban alguno. Viéndolo ahora desde la perspectiva de un adulto, Ignacio llegó a sentir cierta compasión por aquel trío de preadolescentes. En el fondo, no eran más que unos niños algo perdidos y desatendidos por parte de sus familias. En el caso de Ignacio, sus padres se encontraban a menudo abrumados por los problemas y las obligaciones. La relación entre ellos comenzó a hacer aguas poco después de mudarse allí y nunca mejoró. Los padres de Luís tenían una relación aún más tensa. Él era muy temperamental y tenía fama de borracho y mujeriego. Ignacio no entendía como su mujer no le mandaba a paseo. Esta idea ahora le resultaba un poco absurda, pues él mismo había sido codependiente muchas veces en sus relaciones de pareja, y no precisamente por cuestiones económicas. La madre de Luís cuidaba de unos niños durante unas horas al día, pero esto apenas les proporcionaba ingresos. El padre, por su parte, hacía cosas esporádicas, sobre todo en la construcción, pero entre su carácter y su problema con la bebida, no solía durar mucho en los trabajos. Luís tenía dos hermanos más y cuando se le quedaba pequeña la ropa, solía pasársela a su hermano pequeño. A menudo estaba deslucida y desgastada. Lo mismo sucedía con el calzado. La casa en la que vivían tenía manchas de humedad y numerosas grietas en las paredes. Luís nunca les subía a jugar allí a Ignacio y a Alberto, probablemente porque se avergonzaba del estado de la vivienda. Al menos mi familia no pasó nunca por dificultades económicas, pero nadie debería sentirse menos que los demás por vivir en un lugar así o por tener un origen humilde —pensó Ignacio. En el caso de Alberto, su padre les abandonó cuando solo contaba con seis años, por lo que él y su hermana se criaron con su madre y con sus abuelos maternos. Más bien con estos últimos era con los que pasaban la mayor parte del tiempo, pues la madre estaba trabajando. Aparte, se sumió un poco en una depresión a raíz del abandono por parte del marido, y tendía a volcar su descontento y frustración a menudo sobre sus hijos, lo que provocaba disputas entre ella y la abuela de Alberto. Pasados unos tres años, apareció en sus vidas un hombre íntegro y decente que se hizo cargo de ellos. La madre se volvió a casar entonces y se fueron a vivir los cuatro, dejando la casa de los abuelos definitivamente.

 

Continuó caminando inmerso en estos recuerdos y sintiéndose invadido por una ola de nostalgia que llegaba a producirle escalofríos. Al doblar una esquina y levantar la vista, le llamó la atención un poster sobre la fachada de un edificio. Anunciaba una gran romería con motivo de las fiestas de uno de los pueblos más grandes del concejo. La composición, que se trataba de un montaje fotográfico de escasa calidad, mostraba a varios romeros vestidos con trajes regionales y festejando. Uno de ellos estaba escanciando sidra con gran destreza en el momento de tomar la instantánea. Ignacio al verlo y volver a ser consciente de lo empachado y mareado que se encontraba por lo mucho que había bebido, sintió una nausea y se prometió a sí mismo no volver a beber más sidra. Siguió andando y salió a una pequeña placita en la que se encontraba una ermita dedicada a San Pedro, patrón de los pescadores. Alrededor de la plaza había algunos locales que vendían los típicos souvenirs y una pequeña parafarmacia. Se acercó a curiosear el escaparate. Había algunos productos de herbolario y homeopatía expuestos. Entonces, pudo reconocer a través de los cristales una antigua compañera de instituto. Tardó cerca de un minuto en recordar su nombre: Esther Garrido. Recordó también que la había visto un par de meses atrás, justo el mismo día que había llegado de Madrid escapando de sus problemas. Estaba tomando un café y la chica cruzaba en ese momento la Plaza del Mercado. En aquella ocasión no se acercó a saludarla y ella ni siquiera le vio. Aunque me hubiera acercado, probablemente no me habría reconocido —pensó. Después de haber vuelto a coincidir aquel mismo día con Don Andrés, su antiguo profesor de latín, y de darle las gracias por aprobarle en su día, no quiso dejar pasar nuevamente la ocasión de hablar con Esther. Entró en la parafarmacia y percibió un fuerte pero agradable perfume a lavanda.

 

 

Continuará…

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