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El santuario – décima parte

History is no closed book, by Zeze57
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Ignacio recordó que cuando era un niño y se mudaron a aquella pequeña ciudad le costó adaptarse, sobre todo al principio. Habían trasladado a su padre por motivos de trabajo y no les quedó más remedio que cambiar radicalmente de vida. A pesar de no contar con más de nueve años, ya tenía amigos en la escuela y todos los sábados jugaba al fútbol. Echó mucho de menos todo aquello durante el primer año. Después ya no quiso volver a formar parte de ningún equipo. Ahora, con cierta perspectiva, alcanzaba a ver que quizás ese cambio de actitud fue una forma inconsciente de castigar a su padre, por haberle privado de sus amigos y de su vida en la ciudad. Al fin y al cabo fue su padre quien trató de despertar siempre un interés en él por el fútbol. Aún entendiendo que el traslado fue algo impuesto por la empresa, de alguna manera, Ignacio le culpó en su fuero interno, y durante unos años al menos, le guardó rencor. La relación padre-hijo se volvió más tensa entonces. Por otra parte, Pilar, madre y esposa, tenía que mediar a menudo entre su marido e Ignacio, y esto ocasionaba también tensiones dentro del matrimonio. Al cabo de cinco años se separaron. Pilar rehízo su vida y, aunque actualmente la veía feliz, Ignacio siempre arrastró un sentimiento de culpa que se forjó durante aquellos años, cuando veía a su madre sufrir a causa de las continuas discusiones que, de alguna manera, él mismo generaba.

 

Aquella mañana visitó la escuela y el instituto. Las instalaciones no habían cambiado significativamente, exceptuando por el deterioro normal debido al paso del tiempo. El campo de fútbol estaba embarrado por la lluvia. Recordó haber jugado en él muchos años atrás con Luis y Alberto. Aquellas veces Ignacio hacía de portero. Luego de adolescente pasaba mucho más tiempo en las gradas, holgazaneando y fumando sus primeros cigarrillos.

 

Bajó por la calle principal y se detuvo frente a un escaparate que llamó su atención. Pertenecía a una vetusta librería. Junto a los libros que estaban expuestos, había unas pequeñas esculturas de metal. Simulaban figuras humanas pero de una forma simplista, casi abstracta. Le parecieron muy curiosas y entró a preguntar. Dentro de la librería olía a libro viejo y a polvo. Un hombre de cerca de setenta años estaba detrás de un pequeño mostrador, sobre el que se apilaban numerosos volúmenes de forma algo caótica.

 

                —Buenos días. Disculpe, ¿esas figuras están en venta? — preguntó Ignacio, y pudo percatarse de que el hombre trataba de contener una expresión de satisfacción, al tiempo que se incorporaba rápidamente de la mesa.

 

                —Pues la verdad es que las hago yo mismo. Están un poco de adorno —dijo complacido.

                —Que pena, me han parecido muy originales —respondió Ignacio con cierta decepción en su tono de voz.

                —Me alegro de que le gusten. La verdad es que la gente de por aquí no suele apreciarlas. Me preguntan alguna vez turistas o gente de paso, pero nada más.

                —Yo no entiendo, la verdad, pero me parecen muy buenas… Bueno, muchas gracias y tenga buen día.

                —Espere, hombre. ¿Cuál le gusta más? —preguntó el librero.

 

Ignacio se inclinó sobre los libros que conformaban la exposición. Le llamó especialmente la atención una figura que parecía representar un hombre con un paraguas del revés, como si caminara a través de un fuerte viento. La señaló con el dedo índice y miró al hombre esperando su respuesta. El librero meditó durante unos instantes antes de hacer su oferta.

 

                —Muy bien, se la dejo en veinte euros, ¿qué le parece?

                —Me parece que es muy poco para algo hecho a mano y de lo que solo hay uno en existencia.

                —Está bien así, no se preocupe… Por una parte me da algo de pena deshacerme de ellas, pero empiezo a acumular tantas que me hace un favor si se la lleva.

 

El librero le envolvió con mucho cuidado la escultura en unas hojas de periódico viejo. Ignacio pensó que si había accedido a vendérsela, más que por lo que le había explicado realmente, fue por la satisfacción personal de saber que la estaba entregando a alguien que realmente la apreciaba. Este gesto le pareció algo conmovedor, como cuando una persona ama de forma tan incondicional, que permite que se aleje el ser amado a condición de verlo feliz. Le dio las gracias de corazón y abandonó la librería.

 

Siguió bajando por la calle principal con el paquete debajo del brazo. Se sorprendió al comprobar lo pesado que era, pues la escultura estaba forjada en metal macizo. Al pasar por el puesto de flores que estaba situado en la plaza del mercado, se detuvo de nuevo a comprar un ramo de lirios para Laura. Había quedado con ella a las diez y media en el bar, un poco antes de la hora de cierre. Le apetecía tener un detalle con la chica. Durante los últimos días se notaba mucho más tranquilo. La ansiedad había remitido bastante y, aunque no podía asegurarlo, sentía que en gran parte se debía a lo mucho que le reconfortaba su compañía.

 

Cuando llegó a la habitación del hostal lo primero que hizo fue improvisar un jarrón con una botella de agua mineral y depositó en el las flores para que no se secaran. Después desenvolvió la escultura y la puso encima del escritorio, junto a los lirios. Sobre la mesa también descansaban el portátil y las llaves de casa. Permaneció unos instantes contemplando la escena y, a pesar de lo simple y pelada que le resultaba, se sintió reconfortado. De repente, aquel desangelado cuarto de hostal se parecía más a una habitación propia.

 

          Continuará…

 

 

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