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El santuario – décimo cuarta parte

Autor: Chia Ying Yang
Autor: Chia Ying Yang

Se despertó sobresaltado cuando uno de los gatos de Laura brincó sobre la cama. Pudo ver que entraba algo de luz a través de la ventana del cuarto. Laura seguía a su lado, dormitando apaciblemente. Ignacio pensó que ya estaría más que acostumbrada a que sus felinos trataran de llamar su atención para despertarla. Tendrían que esforzarse algo más con ella, supuso. El animal anduvo sobre la cama muy despacio. Husmeó la ropa de Ignacio, que aún debía oler a la fogata de la noche anterior. Luego paseó sobre la almohada y finalmente, decidió acomodarse echándose a los pies de la cama. Ignacio tenía la sensación de que el animal le miraba con una expresión que decía: ¿quién eres tú y qué estás haciendo aquí con mi ama? Como Laura seguía profundamente dormida decidió intentar dar otra cabezada, pero ya no pudo volver a dormirse. En lugar de eso, atrajo a la chica hacia él abrazándola por debajo de las sábanas. Permanecieron así una hora y media más. Pasado ese tiempo, Laura se despertó.

 

                —¡Oh, hay un hombre en mi cama! —exclamó fingiendo sorpresa—. Y además es muy guapo…

 

Ignacio se limitó a mirar hacia arriba, como poniendo los ojos en blanco. Ella se rio y le besó en la mejilla.

 

                — ¿Has dormido bien? Espero que estos no te hayan molestado.

                —He dormido como un leño, tranquila. Con todo el vino que tomamos anoche…

                —Uf, ¿qué hora es? Deben ser más de las doce —dijo Laura mientras estiraba el brazo para darle la vuelta al reloj que descansaba sobre la mesilla—. ¡La una y media!

                — ¿Tienes algo que hacer?

                —Tenía que comprar alguna cosa para el bar antes de abrir, pero no me va a dar tiempo… ¿Quieres un café?

                —No, quiero que te quedes aquí conmigo un rato —dijo Ignacio mientras la aprisionaba entre sus brazos.

                —Bueno, si me lo pides así…

                —Oye,… muchas gracias por lo de la playa, Laura. Me pareció un detalle muy bonito. No tenía ni idea de que habías mantenido contacto con Alberto todos estos años.

                —Claro, ¿no te acuerdas que él siempre me defendía cuando Luis y tú os metíais conmigo? —dijo mientras le daba un azote en el trasero por debajo de las sábanas.

                —Si, justo lo estuve pensando el día que me marché corriendo del bar, cuando me dijiste quien eras… —confesó Ignacio—. Me sentí mal por haber sido tan capullo contigo de niños.

                —No pasa nada, de verdad, Nacho. Ya te disculpaste anteayer.

                —Ok.

                —Mira, tú siempre me gustaste. Incluso desde niña… aunque en aquel entonces no me daba cuenta, pero si te digo la verdad, en el fondo no me molestaba tanto que os metierais conmigo.

                — ¿No? —preguntó Ignacio sorprendido.

                —Bueno, a ver, no soy masoca… Luis me tocaba bastante las narices, pero contigo era diferente. Entre que no me hicieras ni caso y que me vacilaras, casi que prefería esto último, porque al menos me prestabas algo de atención… —explicó Laura—. Era como que existía para ti.

                —Ya, mujer pero lo de llamarte “bicho palo” y todo eso…

                —De verdad que no me importaba… Tú eras más mayor, muy guapo,… No sé, supongo que estaba colada por ti. Te tenía un poco idealizado. Además, no sé explicarlo, pero no sentía que lo hicieras realmente a mala idea. Me lo tomaba más como eso, una simple broma… como que queríais hacerme rabiar y yo no estaba dispuesta a daros esa satisfacción.

 

Dicho esto le besó con mucha ternura en los labios. Hizo una pausa mirándole a los ojos durante unos instantes y continuó hablando.

 

                —El otro día, cuando entraste en el bar, te reconocí enseguida. A pesar de que hacía más de quince años que no te veía, el pelo corto, la barba,… ¿sabes por qué?

                —No… ¿por la voz? —preguntó Ignacio.

                —No, por tu mirada… Sigue siendo la misma. Cuando te miro a los ojos vuelvo a ver a ese chico que me volvía loca y que siempre pedía Coca Cola.

 

En ese momento Ignacio parpadeó varias veces muy deprisa mientras ponía los ojos en blanco, como forzando un gesto absurdo y exagerado de coquetería

 

                —Ahora soy un hombre, pido carajillos…

                —¡Qué bobo! —soltó Laura entre risas—. Venga, a la ducha, que olemos a humo desde anoche. ¿Pasas tu primero y voy haciendo un café?

                —Ok —accedió Ignacio con resignación y, perezosamente, salió de la cama. Uno de los gatitos se le entrecruzó y casi le hace caer.

                —Tienes una toalla limpia detrás de la puerta —dijo ella señalando el baño.

 

Abrió el grifo y comenzó a salir agua con mucha presión. Se quedó unos instantes como ensimismado, contemplando la bañera y pensando en todo lo que acababa de pasar esa noche con Laura. También le vino a la mente una imagen de Marta, mirándole con su expresión iracunda. Hizo una mueca breve como de hastío y entreabrió un poco la puerta del baño para asomar la cabeza y hablarle a Laura, que ya se estaba incorporando de la cama.

 

                — ¿Me frotas la espaldita? —dijo con un tono de voz lastimero—. Es que no llego…

 

Laura sonrió de forma pícara y ambos se metieron a la ducha. Ignacio se habría quedado horas allí abrazado a ella, sin importarle que la piel se le hubiera arrugado como la de una uva pasa, pero el termo de agua caliente tenía una capacidad limitada y al rato empezó a manar agua fría. Después de secarse, ella le pidió que se sentara sobre un taburete y con mucho cariño, le estuvo secando el pelo con el secador. A Ignacio el sonido y el calor que producía el aparato le producía sopor, y no paraba de bostezar abriendo mucho la boca. Cuando se miró en el espejo se sorprendió al ver lo atractivo que le había dejado Laura al darle forma a su cabello.

 

 

          Continuará…

 

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