91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – décimo novena parte

Una vez que terminaron de recoger, Ignacio bajó el cierre del local y Laura, que estaba tras la barra, sirvió dos vasos de vino.

 

                —Gracias por la ayuda, Nacho. Estaba un poco desbordada. Se suponía que iba a echarme una mano mi padre, pero está resfriado.

                —Te debía eso al menos —dijo Ignacio mientras tomaba un sorbo de vino—. Me he portado como un capullo estos dos días. Lo siento.

                — ¿Has tenido problemas con tu pareja?

                —Bueno, hemos discutido, como era de esperar… pero no es eso solo, Laura. Estoy hecho un lío… me gustas mucho —confesó—, pero no se qué hacer con mi vida. No sé cuánto tiempo más me voy a quedar aquí y no quiero que lo pases mal por mi culpa.

                —A ver, Ignacio, que ya no soy una niña. Soy consciente de todo eso —explicó Laura—. Ya sé que estás de paso y que andas un poco perdido con tu vida en general, pero todo esto se puede hablar tranquilamente, como estamos haciendo ahora, ¿no? Si me das la callada por respuesta ¿qué quieres que piense?

                —Ya… eso no ha estado bien, perdóname.

                —No pasa nada… Puedo entender que estés agobiado, y que no hay nada serio entre nosotros, pero aun así me afecta si desapareces y no sé nada de ti. He estado estos dos días rayada, sin saber muy bien qué pensar, si había hecho algo mal con respecto a ti o si había precipitado las cosas en algún sentido.

                —No, no has hecho nada malo, Laura. Todo lo contrario. Me has hecho mucho bien desde que llegué, en todos los sentidos —reconoció Ignacio. Le costaba verbalizar lo que sentía, pues no estaba acostumbrado a hacerlo y mucho menos a que fuera bien recibido.

                —Gracias, tú a mi también. Lo he pasado muy bien contigo y sé a qué atenerme, así que tranquilo. Claro que me gustaría que te quedaras indefinidamente, o haberte conocido en otras circunstancias, soltero y sin tantos agobios existenciales… pero así son las cosas. Y me considero afortunada por haber podido pasar estos días contigo. Ha sido como recibir un regalo cuando menos lo esperaba.

                —Joder, que maja eres, Laura.

                —¡Que no soy maja! —se quejó la chica entre exasperada y alegre—. Es la verdad.

 

Una vez cerrado el local, subieron a casa de Laura. La chica preparó algo de cena y abrió una botella de vino. Después se tumbaron en el sofá, donde permanecieron largo rato abrazados hasta quedarse dormidos. A eso de las doce, a Ignacio le vibró el móvil y se despertó sobresaltado. Era un mensaje de texto de Marta que decía lo siguiente: “no me lo puedo creer, lo tuyo es muy fuerte… Si había alguna posibilidad de arreglar esto, enhorabuena, te la has cargado. No quiero volver a saber nada de ti”.

 

Glass of wine, por John Blower
Glass of wine, por John Blower

 

Después de leer el mensaje, Ignacio se sintió un poco indiferente, y esto le resultó extraño. Normalmente cuando Marta amenazaba con dejarle, cosa que sucedía con bastante frecuencia, sentía un vacío que se abría en la boca de su estómago, y que amenazaba con tragarle de repente. Quizás ya no surtía efecto por tantas veces como ella había abusado de ese recurso para dominarle, o tal vez ya no estaba enamorado de Marta. Puso el móvil en silencio y lo dejó sobre la mesa. Después levantó a Laura en brazos y la llevó a su habitación.

 

                —Espera, que no puedo dormir con ropa —dijo la chica sonriendo medio dormida, e Ignacio le quitó los vaqueros y los calcetines torpemente, mientras ella permanecía tumbada sobre la cama. Después la arropó y se dispuso a abandonar la habitación, tratando de hacer el menor ruido posible.

                —Espera, ¿dónde vas? —preguntó Laura abriendo un ojo.

                —Al hostal… Te dejo descansar, ¿vale?

                —Anda ya, no seas tonto, Nacho —dijo mientras retiraba las sábanas invitándole a meterse en la cama y volviendo a cerrar el ojo.

 

Ignacio permaneció unos instantes de pie, mirando a su alrededor. Uno de los gatos de Laura le observaba curioso desde su mantita, en el suelo. Finalmente decidió desvestirse y se metió en la cama con la chica, que le abrazó rápidamente al momento de sentirle bajo las sábanas.

 

Por la mañana despertó temprano, cogió su ropa y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí con cuidado. Laura se quedó durmiendo plácidamente en su cama. Le escribió una nota y la depositó sobre la encimera de la cocina para que la viera cuando se despertara. Bajó las viejas escaleras del edificio que crujían ruidosamente bajo su peso y al salir a la calle, el frío de la mañana le golpeó en la cara. Al pasar por el puerto, la humedad acentuó aún más la sensación de frío, traspasándole la ropa, pero apenas fue consciente de ello.

 

Al llegar al hostal pasó frente al pequeño mostrador de recepción, que estaba totalmente desierto y se dirigió a su habitación. Justo antes de entrar percibió un aroma familiar: el perfume que solía usar Marta. No puede ser —se dijo, y al momento desechó la idea convencido de que no había sido más que una jugarreta de su mente. Nada más introducir la llave en la cerradura, la puerta cedió sobre sus bisagras abriéndose un poco. Receloso, introdujo la cabeza para asomarse a la habitación y vio que Marta estaba sentada en una silla, mirándole con cara de pocos amigos. Temió que hubiera pasado allí toda la noche en vela, esperando su llegada. Enseguida se lo confirmó ella misma.

 

                —¿De dónde vienes? —preguntó con un tono de voz áspero—. Llevo esperándote toda la noche.

                — ¿Cómo no me has dicho que estabas aquí?

                —Si te dignas a mirar tu móvil verás que tienes varias llamadas perdidas mías y un par de mensajes.

 

Justo en ese momento Ignacio recordó que tras leer el mensaje de Marta antes de acostarse, había puesto el móvil en silencio y no lo había vuelto a mirar desde entonces.

 

                —Lo tengo en silencio —respondió mientras cerraba la puerta tras de sí—. Pensé que estarías ya de vuelta, después del mensaje que me enviaste anoche… Siento que hayas pasado aquí toda la noche, esperando.

                —Me dejó pasar el chico de recepción. Todo un detalle por su parte… Si no me habría tocado esperarte en la calle, con el frío que hace… ¿Y esto? —dijo señalando el escritorio donde descansaban algunos objetos personales, el portátil y la figura de metal que Ignacio había comprado en la librería—. ¿Es que piensas instalarte definitivamente?

 

Ignacio pensó que Marta siempre se las ingeniaba para emplear con él ese tono victimista y de continuo reproche, entretejido con el resto de su discurso. Empezaba a estar un poco harto de aquello.

 

                —¿Bueno, qué quieres, Marta?

                —¿¡Cómo que qué quiero!? —respondió ella a la defensiva y elevando el tono de voz—. Tratar de arreglar esto… si es que tiene arreglo, vamos… Que qué quiero, dice —continuó ofendida y como si hablara consigo misma.

                —Después del mensaje de anoche pensé que ya lo tenías todo bastante claro.

                —Bueno, estaba dolida… y esperaba alguna reacción por tu parte, pero ya veo que te da igual.

                —Ya estamos con la psicología inversa —le espetó Ignacio resoplando—. Me dejas muy claro que esto se ha acabado y que no quieres volver a verme, y un momento después esperas que acuda raudo y veloz a postrarme ante ti para pedirte perdón… No puedo seguir con esto, lo siento… Haga lo que haga, nunca está bien hecho para tí. Estoy cansado.

 

Volvió a abrir la puerta y la sostuvo por el picaporte, invitando a Marta a que abandonara la habitación. En ese momento a ella le cambió la cara. Abrió mucho los ojos forzando un gesto de incredulidad.

 

                —Ignacio, si salgo por esa puerta no vas a volver a verme —le dijo desafiante y sin moverse de la silla.

 

Ignacio permaneció unos instantes impertérrito también. Se produjo un tenso silencio que parecía saturar mudo toda la habitación. Finalmente, Marta se incorporó de la silla y salió al pasillo con paso muy digno y sin dirigirle una sola mirada. Al pasar a su lado, Ignacio volvió a inspirar, quizás por última vez, el aroma de su perfume. Esta vez le resultó excesivamente dulzón y sofocante.

 

 

             Continuará…

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *