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El santuario – décimo octava parte

Blasón, por Jorge A. Calzado
Blasón, por Jorge A. Calzado

Ignacio fue a dar un paseo para hacer tiempo. Laura le había dicho que hablarían, pero por la noche, cuando ella cerrara el local. Quizás le estaba castigando por su comportamiento de esos dos últimos días, pero lo cierto es que cuando llegó a La Estación había demasiada gente. Los asuntos que quería tratar con ella no eran precisamente de la incumbencia de los clientes. Anduvo por la misma carreterita por la que había transitado con la chica unos días atrás, cuando ella le llevó al merendero donde crecían numerosos manzanos repartidos por el lugar. Al pasar junto al muro de piedra que quedaba a la derecha de la carretera, levantó la vista y pudo ver las ruinas del antiguo palacete de estilo indiano que llevaba allí más de ciento cincuenta años. Recordó haber entrado furtivamente en varias ocasiones con Alberto y Luis, en sus correrías de adolescencia. Por aquel entonces, aun no había sufrido el terrible incendio que acabó totalmente con la cubierta y redujo la magnífica estructura a cuatro paredes desnudas. Apoyándose contra el muro, se puso de puntillas y pudo entrever como la vegetación había crecido descontrolada, engullendo lo poco que quedaba del edificio. Sintió cierta nostalgia al recordar vagamente la historia de la familia que ostentó el palacio desde su construcción. Nunca llegó a ser habitado, al menos de forma continua, pues al poco de haber sido levantado hubo un historial de enfermedades y tragedias familiares, que truncaron el propósito inicial para el que fue concebido. Eran los tiempos del cólera, que según contaban, se llevó a las dos únicas hijas de aquella familia de posición acomodada. Poco tiempo después, la madre se suicidó en los jardines que circundaban la casa, o eso decían en la ciudad, y lo adornaban siempre con historias de fantasmas y apariciones. Recordó también que una noche, entraron provistos de linternas y uno de esos radiocasetes que grababan sonido ambiente. Luis estaba empeñado en captar alguna psicofonía. Aunque Ignacio nunca creyó en fantasmas, pasó mucho miedo aquella noche, y le pareció escuchar algo parecido a una voz humana entremezclada con la estática de la casete. Siempre pensó que no había sido más que pura sugestión. Luis y Alberto también debieron sentir miedo, pero si fue así, lo disimularon fanfarroneando y tratando de asustarse mutuamente. Por aquel entonces aun había algunos muebles de estilo dentro del palacete, algo de tapicería, aunque raída, diversos enseres, y unos enormes cortinajes que vestían los balcones. Le recorrió una vez más una sacudida de nostalgia al recordar aquellos recuerdos de adolescencia, y también al pensar en la familia que construyó el palacio. Lo efímero y cruel de sus vidas y, en general, el sinsentido de la existencia. Se despegó del muro con aprensión y siguió caminando, pues estaba empezando a sentir un terrible vacío de melancolía. Extrañamente, una parte de él había querido volver a trepar el muro e introducirse en el palacio a explorar, o a reencontrarse con algo. Quizás con el Alberto y el Luis adolescentes, pensó Ignacio. Sintió como un escalofrío le recorría la espalda y se alejó andando lo más rápido posible de aquel lugar y sus recuerdos.

 

Estuvo tomando unos vasos de sidra en el merendero donde había estado comiendo con Laura días antes. Se sentó en una mesa dentro del local, pues el sol se estaba poniendo y hacia fresco. Mientras, repasaba mentalmente la desagradable, aunque breve conversación que había tenido con Marta aquella misma mañana. Ignacio anticipaba sus reacciones y sabía que si no contactaba con ella enseguida, su enfado iría en aumento. Se puso a escribirle un mensaje a través del móvil, pero no sabía muy bien cómo dirigirse a ella, o qué tono emplear después de la discusión que habían mantenido. Contempló a través de los cristales el terreno de aquella finca con manzanos. Los últimos rayos de luz se estaban colando perezosamente entre las copas de los árboles.  Entonces volvió a pensar en Laura, en lo bien que lo habían pasado juntos aquel día. Lo hermosa que estaba bañada por la luz del sol. Recordó la apreciación que le había hecho ella momentos antes, sobre que don Andrés le aprobara latín, sin que el propio Ignacio creyera merecerlo. Había sido como asomarse un poco a su alma. Marta nunca era capaz de devolverle un reflejo de lo que sentía, y mucho menos de entenderle mejor de lo que él alcanzaba a entenderse a sí mismo. Tal vez careciera de esa empatía, o quizás no hacía ningún esfuerzo por ponerse en su lugar. Recordó también que no quiso responder la llamada de Marta en aquel momento, cuando se ausentó para ir al servicio dejando a Laura en la mesa. Cuando el sol hubo terminado de ponerse, salió de su ensimismamiento. Entonces cobró consciencia de que realmente no le apetecía ver a Marta, y no solo eso, sino que tampoco se sentía obligado a hacerlo. Pagó en la barra y abandonó la sidrería.

 

 

De vuelta, escogió un camino peatonal alternativo, pues no quería volver a pasar cerca del palacete, y menos habiendo anochecido. Era una senda de poco más de kilómetro y medio que ya existía cuando Ignacio era adolescente. Ahora se encontraba debidamente pavimentada y alumbrada por la tenue luz de unas pequeñas farolas. Se cruzó con un par de personas que le saludaron al pasar. Viniendo de una ciudad grande como Madrid, en la que todo era mucho más impersonal y anónimo, le costaba acostumbrarse a esto.

 

Llegó a La Estación mucho antes de la hora de cierre. El local estaba aún más lleno que cuando se había marchado unas horas atrás. Laura parecía un poco desbordada entre atender las mesas y la barra. Ni siquiera se percató de su presencia hasta que Ignacio depósito unos vasos vacíos sobre el mármol.

 

                —Los de esa mesa de atrás quieren otra ronda. Si me la pones ya se la sirvo yo.

 

Laura le miró algo contrariada, aunque enseguida aceptó con gesto resignado la ayuda que le ofrecía Ignacio. Ambos se coordinaron para atender a los clientes hasta la hora de cierre.

 

 

         Continuará…

 

 

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