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El santuario – décimo quinta parte

Paseo nocturno, por Carlos Larandaburu
Paseo nocturno, por Carlos Larandaburu

El resto de la tarde, Ignacio estuvo revisando asuntos de trabajo con su portátil desde la habitación del hostal. En una pausa llamó a su madre para saber cómo se encontraba. Ella, siempre le preguntaba por su padre, a pesar de que hacía muchos años que se habían separado. Ignacio le disfrazaba un poco la verdad, pues no quería preocuparla. Lo cierto era que su padre seguía sumido en una depresión en la que había caído unos meses después de fallecer su última pareja. A pesar de sus esfuerzos por sonar tranquilizador, sabía que no resultaba del todo convincente ante su madre. Ella hacía largas pausas a través del teléfono que revelaban de alguna forma su aprensión. A cualquier otro podría mentirle, pero a su madre no la engañaba. Al mismo tiempo, a Ignacio le fastidiaba esa actitud por su parte. No entendía como seguía preocupándose por su padre cuando fue ella misma la que decidió separarse de él.

 

Por la noche pensó en pasarse por el bar a ver a Laura, pero le pareció que quizás era un poco precipitado, y más teniendo en cuenta lo que había pasado la noche anterior. Estaba allí de paso y, probablemente, se marcharía pronto. La chica le había confesado que siempre le había gustado, incluso desde adolescente. No quería herir sus sentimientos ni crearle una expectativa que seguramente no iba a cumplirse. Bajó al parque para estirar un poco las piernas y despejarse después de pasar casi cuatro horas frente a su portátil. Se sentó en uno de los columpios de la zona infantil. Era ya noche cerrada y el lugar se encontraba desierto e iluminado únicamente por algunas farolas dispersas, que desprendían una luz amarillenta. Estuvo columpiándose un rato al tiempo que hacía un surco en el suelo con sus zapatillas. Recordó cuando jugaba allí de pequeño. El parque no había cambiado prácticamente, excepto por algunos aparatos provistos de cuerdas y troncos para que los niños treparan por ellos. Los miró con apatía y pensó que sugerían alguna clase de instrucción militar más que un columpio infantil. En ese momento recibió una llamada de Laura. Estuvo unos instantes dudando si responder mientras la pantalla de su móvil se iluminaba. Finalmente decidió no cogerlo. Al cabo de un rato le envió un mensaje con una excusa: aun tenía algo de resaca y se acostaría pronto. Esto le hizo sentirse un poco mezquino, pero tampoco sabía cómo comportarse exactamente. Laura sabía que él tenía una relación, pues le había hablado de Marta, aunque también era cierto que le había puesto al corriente también sobre los problemas que atravesaba la relación. Durante los últimos días no había echado de menos a Marta prácticamente y su ansiedad había remitido bastante. No sabía si se debía a haber puesto una distancia con respecto a los problemas, o al tiempo que había pasado con Laura aquellos días. Estando con ella se sentía bien. Con Marta, por el contrario, se enzarzaba en continuas discusiones. Aun así, la idea de que Marta se enterara de su infidelidad y decidiera dejarle, le provocaba una sensación de vértigo en la boca del estómago.

 

Por la noche se sintió muy agitado y despertó un par de veces con algo de taquicardia. Cada vez que se desvelaba le costaba mucho volver a coger el sueño. En ambas ocasiones se levantó y tuvo que salir al cuarto de aseo comunitario para refrescarse la cara, la nuca y las manos. Esto le aliviaba un poco la ansiedad, al menos temporalmente. Se puso a ver la televisión en su portátil, pues terminaba poniéndose aun más nervioso si permanecía mucho rato en la cama sin dormirse. Realmente, miraba la pantalla sin prestarle demasiada atención. Estuvo tratando de ordenar los pensamientos en su cabeza. Después de cada respiro que le daba la ansiedad, se sentía derrotado. Tenía la impresión de que nunca iba a liberarse de aquel malestar, que le acompañaría siempre, como algo crónico. Esto le minaba el ánimo y le producía tristeza al mismo tiempo. Se había sentido más o menos bien durante dos o tres días, hasta ese momento. No entendía por qué habían vuelto los despertares agitados. Probablemente se habría removido algo en su subconsciente durante la noche a raíz de todos los acontecimientos. Reencontrarse con Alberto le había hecho volver a conectar con infinidad de recuerdos, algunos de ellos no del todo agradables, como parte de su infancia y la relación con sus padres cuando era un adolescente. Luego, el hecho de haberse acostado con Laura. Si su compañía ya le resultaba agradable, el sexo con ella fue aún mejor. Hubo mucha química entre ambos. A pesar de ello, se sentía algo culpable cuando pensaba en Marta. La culpa siempre era su piedra de toque, o su talón de Aquiles, pensó. Y esa culpa se entremezclaba con el miedo a las represalias que pudiera tomar Marta si llegaba a enterarse. A menudo le hacía sentirse así, como un niño torpe que es constantemente reprendido por su madre. Muchas veces se mostraba incluso explosiva e impredecible. A una parte de él le habría encantado poder mandarla a paseo, sin embargo, a esa otra parte que se sentía como un niño, le daba cierto pánico hacerlo. Finalmente claudicó y se tomó un ansiolítico. Al cabo de una hora se quedó dormido.

 

A la mañana siguiente, el día despertó grisáceo. Se asomó por la ventana y vio el suelo de la plaza del mercado mojado, por lo que supuso que había llovido toda la noche. Con el efecto del ansiolítico conseguía dormir, pero era una especie de sueño artificial y el resto del día sentía la cabeza embotada. Se vistió y bajó a desayunar. Cuando estaba entrando en la cafetería que quedaba frente al puerto, recibió un mensaje. Pidió antes en la barra y después revisó su móvil mientras le traían el desayuno. Se le aceleró el pulso al comprobar que era un mensaje de Marta, y cuando lo abrió y lo leyó volvió a sentir esa misma sensación de vértigo en la boca del estómago. Decía lo siguiente:

 

“Estoy aquí… He venido para que hablemos. ¿Dónde te alojas? Mándame tu dirección…”

 

          Continuará…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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