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El santuario – décimo séptima parte

Vías de tren, por Jorge A. Calzado
Vías de tren, por Jorge A. Calzado

Se incorporó y al momento sintió que se le iba la cabeza. Había bebido demasiada cerveza y eso unido a la descarga emocional que acababa de sufrir, le dejó aturdido. Abandonó el claro de bosque dejando las latas de cerveza desperdigadas por el lugar. Al volver a las vías del tren, el cielo comenzaba a oscurecerse por unas nubes grises que anunciaban tormenta. Sacó su móvil del bolsillo y comprobó que tenía un mensaje de texto de Laura. En él le preguntaba si todo estaba bien. Le costó responderlo al mismo tiempo que caminaba sintiéndose mareado. Le escribió a la chica que esa misma tarde se pasaría a verla, si le venía bien. Había estado evitándola desde el día anterior. Se sintió otra vez algo miserable por comportarse así, a pesar de que ella había sido tan agradable y cariñosa. Cuando Marta le castigaba a él con su silencio, le dolía. Pensó que Laura no se merecía eso.

 

Justo antes de entrar en el hostal recibió una llamada de Alberto. Le propuso quedar para tomar un café después de la comida. Aunque se encontraba algo ebrio no podía decirle que no, sobre todo después de haberse reencontrado con él después de dieciséis años. Una vez en su habitación se desvistió y se dirigió al baño comunitario para darse una ducha. Estuvo un buen rato bajo el chorro de agua, como si quisiera limpiarse de la sensación desagradable que le había dejado el encuentro con Marta, en la cafetería. Se preguntó si aun estaría en la ciudad. Era lo más probable, pues al margen de la discusión, acababa de llegar esa misma mañana, y el viaje de vuelta suponía otros quinientos kilómetros más. Creyó conveniente llamarla a ella también para no agravar más su descontento. Después de año y medio de relación la conocía bastante bien. Sabía que ella, orgullosa e inflexible, estaría esperando a que él diera el siguiente paso. Al mismo tiempo le resultaba injusto tener que ir tras ella como un perro faldero.

 

No quiso comer nada, no tenía ningún apetito. Al menos la ansiedad había remitido casi por completo. Solo quedaba la intranquilidad que le producía estar anticipando continuamente cuando iba a hacer su aparición la siguiente crisis de ansiedad. Se puso a escuchar algo de música a través de los auriculares y terminó quedándose dormido. Al cabo de una hora y media despertó y salió con el tiempo justo para llegar a la cita con Alberto.

 

Habían quedado en la terraza de un bar de la calle principal, pero estaba lloviznando, así que esperó a su amigo dentro del local. Alberto llegó enseguida y le volvió a saludar dándole un abrazo.

 

                —No sabía si seguirías por aquí, Ignacio.

                —Si, aunque debería volver… pero sigo posponiéndolo. No te lo pierdas, esta mañana llegó Marta, mi pareja… bueno, ya ni sé lo que somos.

                —¿Habéis discutido? —preguntó Alberto.

                —Bah, entre nosotros esa es la tónica habitual… Lo raro sería poder tener una conversación civilizada con ella. Tiene un carácter imposible.

                —Vaya, lo siento —se lamentó su amigo.

                —Bueno, qué se le va a hacer. ¿Y tú, cuando te vuelves a Oviedo?

                —Me he cogido unos días libres. Estoy ayudando a mis padres con una reforma de la casa, mira —dijo señalándose unas manchas de yeso del pantalón—. Si te aburres, ya sabes…

                —Oye, pues cuenta conmigo si necesitas ayuda. De verdad, Alberto.

                —Ok, te lo agradezco. Espero acabar esta misma tarde, si no se complica… Por cierto, me ha preguntado Laura si sabía algo de ti.

                —Le he dicho que luego me pasaría por el bar… ¿Te ha comentado algo más? —preguntó Ignacio sintiéndose un poco culpable.

                —No demasiado… pero a ver, es evidente que le gustas mucho. Creo que siempre ha sido así.

                —Si, me lo dijo —reconoció Ignacio mientras desviaba la mirada hacia abajo.

                —La noté un poco rayada, tío… No me quiso contar nada, pero imagino que pasó algo entre vosotros la otra noche.

                —Si, nos liamos y ahora no sé muy bien cómo comportarme con ella.

                — ¿A qué te refieres? —le preguntó Alberto.

                —Pues a que yo solo estoy de paso… En breve tendré que volverme a Madrid, y no quiero crearle una falsa expectativa o jugar con sus sentimientos. Y encima ahora con Marta por aquí…

                —Comprendo… En cualquier caso creo que deberías hablar con ella sobre todo esto, Ignacio.

                —Si, tienes razón —concedió.

                —Laura es una tía muy maja. Tiene buen fondo… —explicó Alberto—. Le tengo cariño, y no quiero que lo pase mal.

                —Ok, captado… Recuerdo que tú la protegías cuando Luis y yo nos metíamos con ella.

                —A ver, que tú también eres mi amigo, Ignacio. No lo tomes como un reproche, hombre.

                —No, te agradezco que me lo digas, Alberto… Tienes razón.

 

Después de pasar un rato charlando con Alberto, se dirigió a La Estación. De camino llamó a Marta pero no obtuvo respuesta, así que le envió un mensaje invitándole a cenar, si aun estaba en la ciudad. Cuando entró en el local comprobó que había bastante animación. Se sintió con aliviado, pues así tendría una excusa para no entrar en conversaciones profundas con Laura. Cuando la chica le vio no le sonrió de la forma habitual en que solía hacerlo. En lugar de eso, mantuvo una expresión bastante neutra que no dejaba traslucir un estado de ánimo concreto. Ignacio se acercó a la barra y la saludó de forma educada, aunque algo fría. Ella estaba secando unos vasos en ese momento con un paño de cocina.

 

                —Veo que tienes bastante gente esta tarde —dijo Ignacio intentando tantear de qué humor se encontraba la chica.

                — ¿Qué quieres tomar?

                —Un Rioja.

 

Laura le sirvió la copa de vino sin mediar palabra y continuó secando los vasos y colocándolos sobre la barra. Resultaba evidente que estaba contrariada por el comportamiento esquivo que había tenido Ignacio desde la última vez que se habían visto.

 

                —Está aquí Marta. Llegó esta mañana.

                —Ah, me lo podías haber dicho. Aunque supongo que tampoco es asunto mío… pero me habría ahorrado cierta frustración.

                — ¿Qué frustración? —preguntó Ignacio mientras la seguía con la mirada de un lado a otro de la barra.

                —La de pensar que seguramente serías como casi todos los tíos —contestó Laura sin mirarle a los ojos en ningún momento.

                —Ah, si… ¿y cómo es eso?

                —Ya sabes, de los que se acuestan contigo y si te he visto no me acuerdo…

 

En ese momento Ignacio estiró el brazo por encima de la barra y la detuvo sosteniéndola por la muñeca con firmeza. Ella se giró y le miró fijamente a los ojos.

 

 

          Continuará…

 

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