91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – décimo sexta parte

Le dernier train, por Etienne Valois
Le dernier train, por Etienne Valois

Tras recibir el mensaje de texto de Marta, en el que le decía que se encontraba en la misma ciudad y que quería verle, se le cerró el estómago y apenas pudo probar bocado durante el desayuno. Estuvo dudando durante un rato qué responder. Finalmente decidió quedar con ella en una cafetería frente al edificio del ayuntamiento. Pagó la cuenta y se dirigió al lugar de la cita. Mientras iba de camino, pensaba en la aventura con Laura y en como reaccionaría Marta si llegaba a enterarse. Una vez en la cafetería pidió un descafeinado, aunque únicamente como excusa para poder sentarse a esperar. Al cabo de veinte minutos apareció Marta. Estaba muy guapa, como siempre. Al entrar por la puerta, Ignacio le hizo una señal desde su mesa y ella se acercó. Su expresión era bastante neutra, como contenida. Se saludaron educadamente con un beso en la mejilla.

 

                —¿Cómo estás, quieres tomar algo? —le preguntó Ignacio.

                —Una Coca-cola light.

                —Ok —se acercó a la barra para pedirla y regresó a la mesa—. ¿Has venido en tren?

                —No, me han traído…

 

Marta no solía extenderse demasiado en explicaciones cuando hablaba, o directamente jugaba a omitir información. A Ignacio le daba la impresión de que lo hacía para hacerse la interesante, o para generar suspense en su interlocutor. No quiso indagar sobre quien la había llevado.

 

                — ¿Dónde te estás quedando, en casa de algún amigo? —preguntó ella.

                —No, he alquilado una habitación en un hostal que da a la plaza del mercado. No he avisado a nadie de que venía.

                —Tu padre me ha estado llamando —había cierto fastidio en su tono de voz—, ¿has hablado con él?

                —Si, un par de veces. Perdona si te ha molestado.

                —Ok… Bueno, ¿y cuanto piensas quedarte aquí?

                —No lo sé. He adelantado algo de trabajo estos días y me ha venido muy bien para desconectar —explicó Ignacio.

                —Si, ya me imagino que te ha sentado bien —soltó ella con cierto desdén.

                —Mira, Marta, ya intenté explicártelo, me sentía desbordado y necesitaba estar tranquilo durante unos días.

                —Vale, ¿y cuando piensas volver? Porque ya llevas aquí una semana, por lo menos.

 

En ese momento le sirvieron la Coca-Cola a Marta, y se hizo un silencio algo incómodo entre ambos.

 

                — ¿Crees, que eres el único que lo está pasando mal? —continuó Marta bajando el tono de voz—. Te marchas así, de un día para otro y sin decirme prácticamente nada.

                —Lo he intentado, Marta, pero ya no sé cómo comportarme… Haga lo que haga nunca acierto —dijo recostándose abatido en la silla—. Si me callo te sienta mal, si intento explicarme terminamos discutiendo… Es agotador.

                —Ah, yo te agoto, vale… —respondió Marta a la defensiva.

                —No he dicho eso… pero mira, te has hecho quinientos kilómetros para venir a hablar, y ya estamos discutiendo otra vez.

                —Hombre, las cosas habrá que hablarlas, digo yo… Es muy cómodo salir corriendo cada vez que se presenta un problema —se cruzó de brazos y miró hacia otro lado.

 

Ignacio se inclinó sobre la mesa, acercándose a Marta. Tenía sentimientos encontrados hacia ella; por un lado le dolían sus ataques y su falta de empatía. Quería arreglar las cosas, pero al mismo tiempo tenía mucho resentimiento acumulado. Sentía que el rencor pesaba demasiado entre ambos y que lastraba la relación. Su perfume le llegaba sutilmente, provocándole aún más esta dicotomía de sentimientos: la deseaba y quería abofetearla al mismo tiempo.

 

                —Mira, te agradezco que hayas venido —dijo tratando de sonar conciliador—. De verdad… Pero necesito algo más de tiempo. Estamos una y otra vez tropezando en la misma piedra.

                —Bueno, tómate el tiempo que quieras… Para cuando te decidas a volver quizás ya no esté disponible.

 

Dicho esto se levantó de la  mesa y abandonó la cafetería sin dirigirle una sola mirada. Ignacio se quedó contemplando la botella aun llena de Coca-Cola. Encima me tocará pagarla a mí. Seré gilipollas… —pensó.

 

Se compró un pack de latas de cerveza en una tienda de camino a la estación. Una vez allí se sentó en el mismo banco del andén que la mañana que llegó. Tenía la impresión de que había pasado mucho tiempo desde entonces, y sin embargo, el sentimiento era muy parecido. Se tomó dos cervezas sin apenas saborearlas, pues estaba sumido en sus pensamientos. ¿Cruzar medio país para esto? —se dijo. No entender las reacciones de Marta le exasperaba. Había ido hasta allí a buscarle, y eso implicaba sin duda un interés hacia él. Sin embargo la actitud seguía siendo la misma, de reproche continuo. Entonces le vino la imagen de su padre. Siempre había sido muy exigente con Ignacio. A menudo le sacaba faltas a todo lo que hacía. Incluso cuando jugaba al fútbol de pequeño, una de las pocas cosas que parecía complacerle, le faltaba tiempo para hacerle correcciones, y subrayar aspectos susceptibles de mejora. Vio entonces una cierta conexión entre ambas relaciones, al menos a nivel emocional. Su padre y Marta le hacían sentirse de la misma forma continuamente.

 

Cruzó las vías llevando consigo las latas de cerveza que le quedaban, y se introdujo en la masa de bosque que había frente a la estación. Era la tercera vez que visitaba aquel lugar, por lo que no le resultó difícil dar con el pequeño claro en el que crecía aquel enorme roble: su pequeño santuario privado. Se sentó una vez más junto al árbol y continuó bebiendo una cerveza tras otra. Enseguida comenzó a notarse aturdido por los efectos del alcohol. Normalmente cuando se sentía mal, trataba de tranquilizarse por todos los medios a su alcance. En aquella ocasión sin embargo, quiso entregarse a propósito a aquel malestar. No fue con una intención masoquista, sino más bien guiado por la misma intuición que le había hecho conectar a esas personas tan dispares y a la vez tan claves en su vida: Marta y su padre. Cerró los ojos permitiéndose sentir todo ese cúmulo de emociones negativas: miedo, tristeza, rabia,… Trató de sentirlas incluso a nivel físico y enseguida se fueron haciendo más intensas. Comenzó a abrirse un vacío horrible en la boca de su estómago, al que le siguió una presión en el pecho. Le costaba respirar. Al cabo de un rato las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Se sentía un poco estúpido, pero aun así siguió dejándose llevar. Después de unos minutos se fue sintiendo más sereno, aunque extenuado. Su respiración se hizo más profunda. Finalmente se durmió con la cabeza apoyada contra la corteza del árbol.

 

 

          Continuará…

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *