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El santuario – décimo tercera parte

Por Vincent Ferron
Por Vincent Ferron

Hacía más de diez minutos que Laura se había ido a orinar, por lo que Ignacio empezaba a preocuparse. Decidió coger el farolillo eléctrico y abandonar la fogata para ir en su búsqueda. Alberto se ofreció a acompañarle, pero cuando se incorporó le dio un mareo y casi se cae redondo. Ignacio le dijo que era mejor que se quedara con Fernando y Natalia. Anduvo en la misma dirección que había tomado Laura minutos antes. Sentía como sus pies se iban hundiendo unos centímetros en la arena a cada paso que daba y mientras avanzaba, sostenía el farolillo en alto, que desprendía una luz difusa a su alrededor. Llamó a la chica por su nombre varias veces pero no obtuvo respuesta. El sonido de las olas ahogaba en parte su voz. Tuvo que desandar sus propios pasos un par de veces para poder seguir el rastro de Laura en la arena. Finalmente la encontró: estaba tumbada, envuelta en la manta y dormitando plácidamente. Incluso a Ignacio le pareció ver que sonreía un poco. Le acercó el farolillo y la luz cálida bañó su rostro. Se recostó con cuidado junto a ella y la contempló en silencio durante unos instantes. ¿Acaso eres una sirena que han dejado las olas aquí varada? —pensó mientras la contemplaba recostada sobre la arena de la playa.

 

                —Eh, Laura… —le susurró y la meció suavemente por el hombro — que te vas a quedar fría…

 

La chica abrió los ojos despacio y al verle, le abrazó de forma casi instintiva. Ignacio soltó el farolillo y se dejó caer sobre ella con cuidado de no aplastarla. Laura fue buscando sus labios y ambos se fundieron en un largo beso. Ignacio volvió a tener esa sensación de irrealidad debida al cúmulo de sensaciones que saturaban sus sentidos. Le gustó mucho besarla, llevaba días deseándolo, pero aquella noche ambos habían bebido demasiado. Permanecieron un buen rato sobre la arena abrazados, mientras se enrollaban con la manta para protegerse del frío.

 

Al cabo de unos minutos, Ignacio se despertó algo sobresaltado y enseguida volvió a relajarse al cobrar consciencia de donde y con quien estaba. Laura dormía profundamente con la cabeza apoyada sobre su pecho, y podía sentir su aliento cálido a través de la ropa. Con mucho cuidado, la apartó para poder incorporarse y la arropó bien con la manta. Después se quitó las zapatillas y los calcetines y se dirigió al mar. Cuando las olas empezaron a romper sobre sus pies, tuvo que remangarse también un poco los pantalones para que no se le mojaran. Se introdujo hasta los tobillos. Después se refrescó las muñecas y la nuca. Corría un viento fresco en rachas que le azotaba frío allí donde se había mojado. Sin embargo y a pesar de la sensación, se sintió bien y despejado. Más conectado con todo lo que le rodeaba. Inspiró profundamente el aire limpio de la noche. Estaba cargado de aromas a salitre, a arena, y sobre todo a ese mar inmenso y formidable que se extendía ante él, en la oscuridad.

 

Volvió a donde había dejado a “su sirena” sumida en un sueño profundo, y colgándose el farolillo del brazo para tener cierta libertad de movimientos, la levantó en vilo y cargó con ella de vuelta. Esta vez se guió por unas notas que le llegaban flotando a través de la oscuridad. Natalia, Alberto y Fernando estaban cantando a coro, mientras este último tocaba además la guitarra. No sabía si era por el efecto del alcohol, pero le parecía que la música era muy agradable y melodiosa. Cuando le vieron llegar con Laura en brazos interrumpieron la canción.

 

                —¿Se encuentra bien? —preguntó Natalia.

                —Si, solo está trompa. Me la he encontrado completamente KO, tirada en la arena.

                —No sabíamos si ir a buscaros o dejaros algo de intimidad —añadió Fernando sonriendo mientras arrancaba nuevamente unas notas a su guitarra.

 

Ignacio depositó a la chica con delicadeza junto al fuego y después la arropó con la manta lo mejor que pudo.

 

                —Jajá, siempre le pasa igual —rió Natalia —. Parece mentira que trabaje en un bar, con la poca tolerancia que tiene al alcohol…

 

Estuvieron hasta tarde charlando, cantando y riendo. Laura se incorporó con ojos somnolientos a eso de la una y media de la madrugada. Estaba algo desorientada, como si no supiera muy bien donde se encontraba.

 

                —Bienvenida al mundo de los vivos —le dijo Ignacio cuando vio que se despertaba.

                —Hola… Mi cabeza… Este vino que preparas es una bomba, Fer.

                —Es que te lo bebes como si fuera zumo y claro… —se justificó su amigo.

                —Recuerdo haberme tumbado un momento porque estaba mareada, y luego un fundido a negro.

 

En ese momento, Alberto le dirigió a Ignacio una mirada cargada de expresividad, y éste reaccionó arqueando mucho las cejas. Laura no se percató del breve diálogo silencioso que se establecía entre los dos amigos. Transcurrida una hora más se pusieron a recoger. Sofocaron el fuego con la propia arena de la playa y regresaron a los coches. Ignacio, que se encontraba en condiciones de conducir, se ofreció a llevar a Laura a su casa. Antes de despedirse, Alberto y él intercambiaron sus números de teléfono y prometieron volver a coincidir muy pronto.

 

Ya de camino en el coche, Laura iba amodorrada en el asiento del copiloto.

 

                —Entonces, ¿no recuerdas nada de ese rato que estuviste grogui? —le preguntó Ignacio con cierto escepticismo.

                —No —respondió ella sin añadir nada más, por lo que Ignacio no insistió.

 

Llegaron al viejo edificio en el que se encontraba el bar Laura. Su vivienda estaba en el tercer piso y no había ascensor, por lo que Ignacio se empeñó en escoltarla escaleras arriba para que llegara sana y salva. Una vez en la puerta, a Laura le costó un poco atinar con la llave en la cerradura.

 

                — ¿Quieres pasar a tomar un café?

                —Gracias, será mejor que me vaya… y tú debes descansar —la besó en la mejilla y dándose media vuelta comenzó a bajar las escaleras.

                —Espera, Ignacio… Sí que me acuerdo —le dijo ella algo ruborizada y mirando hacia abajo.

                —Es la primera vez que me llamas así.

                —Me gustaría que te quedaras… —hizo acopio de valor para mirarle directamente a los ojos—…Si quieres, claro.

                —Claro que quiero —respondió Ignacio sonriendo y volviendo a subir los peldaños que acababa de descender. Después la besó en los labios mientras los dos se abrazaban, y entraron en el piso cerrando torpemente la puerta tras ellos.

 

 

Continuará…

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