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El santuario – duodécima parte

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Alberto había cambiado bastante en esos quince años. Además de haberse dejado barba, como Ignacio, tenía muchas entradas y pesaba como cuarenta kilos más desde la última vez que se vieron. Sus facciones eran ahora más redondeadas a causa del sobrepeso. Lo que no había cambiado un ápice era su mirada: ojos de un azul claro, expresivos y vivarachos. En cuanto Ignacio le reconoció por el tono de voz se lanzó sobre él y ambos compartieron un cálido abrazo. Laura había preparado toda la “encerrona” para propiciar el reencuentro entre los dos viejos amigos. Durante todo el tiempo que pasaron juntos, ella no le había mencionado nada a Ignacio acerca de que mantuviera contacto con Alberto.

 

                — ¡Te lo has estado guardando todos estos días! —dijo mientras se inclinaba para darle un abrazo a ella también en señal de gratitud y cariño.

                —He sido un poco mala… —respondió Laura entre risas mientras le correspondía rodeándole con sus brazos.

 

Se sentaron los cinco en torno a la hoguera sobre un par de troncos. Hacía algo de frío pero el fuego desprendía un calor reconfortante y Natalia les echó por encima una manta de viaje para que se acurrucaran bajo ella. Fernando, por su parte, les sirvió un vaso de vino caliente que llevaba en un termo. Alberto estuvo explicándole a Ignacio que, aunque no residía allí, sus padres seguían viviendo en la misma casa en la que se había criado, por lo que iba con mucha frecuencia a verles. Trabajaba como aparejador en un estudio de arquitectura y estaba casado desde hacía tiempo. Ignacio conocía este detalle porque un día estuvo curioseando su perfil en Facebook, pero lo que no sabía es que además tenía dos niños pequeños. Fernando y Natalia, los otros amigos de Laura, tenían aproximadamente la edad de ella. Eran pareja y vivían allí la mayor parte del tiempo, aunque él estudiaba oceanografía en Oviedo. A Ignacio le pareció que ambos eran muy agradables y que sentían mucho afecto por Laura.

 

                —Tiene que hacerse raro para ti volver al cabo de tantos años, ¿no? —Le preguntó Alberto.

                —Si, no había vuelto desde que me fui a vivir a Madrid. Es curioso, pero ahora me doy cuenta de que es como si hubiera estado evitando volver aquí durante todo este tiempo… y sin embargo al final he terminado regresando en el momento más inoportuno.

                — ¿Por qué dices eso, Ignacio?

                —Porque es verdad, Alberto, podía haber venido muchas veces en estos últimos quince años y no lo hice. Incluso podía haber intentado mantener el contacto contigo…

                —Por eso no te preocupes, yo tengo la misma responsabilidad.

                —Gracias… Lo que quiero decir es que podía haber venido de vacaciones, o haber hecho alguna escapada de fin de semana, y he terminado viniendo en un momento raro, como queriendo escapar de todo.

                —Hombre, tiene sentido lo que dices, Ignacio —dijo Fernando mientras echaba otro tronco al fuego.

                —A mí tampoco me resulta extraño —añadió Natalia—. Aquí has vivido unos años que marcan mucho… la niñez y la adolescencia. Si ahora estás agobiado no es raro que una parte de ti busque volver a conectar con eso que te resultaba familiar cuando eras pequeño.

                —No lo había visto de esa manera —respondió Ignacio pensativo.

 

Después de más de dos horas de charlar y beber frente al fuego, tenía los sentidos saturados. El vino caliente se le había subido demasiado a la cabeza. Las llamas, que danzaban incesantemente frente a él, y el sonido constante de las olas, le estaban sumiendo en una especie de trance. Sentía el cuerpo menudo de Laura junto al suyo, bajo la manta. Cuando la miró a los ojos pudo ver que ella también se encontraba bajo los efectos del alcohol, pues tenía los ojos entrecerrados y una sonrisa algo bobalicona. Natalia y Fernando estaban abrazados, con los ojos cerrados y en silencio, y Alberto parecía “ido”, con la mirada perdida entre las llamas. Una vez más, Ignacio había podido sentir ese vínculo especial que tenía con él desde que eran niños, o más concretamente, desde que salvó a Alberto de morir ahogado aquella tarde en la lancha, cuando no contaban más de quince años. A pesar del tiempo que había transcurrido, esa conexión seguía intacta y presente. Podía entreverse por ejemplo, en una mirada fugaz que se dirigían el uno al otro, o en alguna expresión que establecía una especie de código secreto entre ambos. Rememorar todas aquellas anécdotas con Alberto también le producía un vaivén de emociones. Se llegó a sentir disociado, como si una parte de él estuviera en aquella playa, y al mismo tiempo hubiera muchos otros fragmentos de su ser, desperdigados a través de distintos escenarios de su vida. En ese momento, Laura se incorporó torpemente desprendiéndose de su parte de la manta y la echó sobre Ignacio, con lo que le dejó completamente cubierto.

 

                —¿Dónde vas? —Le preguntó a la chica. Su voz sonaba amortiguada desde debajo de la manta.

                —¡Oh, es el coco, que miedo! —respondió ella burlonamente— Tengo que hacer pis, ahora vengo.

                —Vale, pero llévate la manta que hace frío.

 

Ignacio se incorporó desprendiéndose de la manta y abrigó a la chica con ella.

                —Que coco más majo… ¿Habéis visto? —dijo Laura dirigiéndose a sus amigos.

                —Si, seguro que no te importaría que te llevara, ¿eh? —apuntó Natalia con una sonrisa traviesa.

 

Fernando y Alberto rieron a la vez y Laura, visiblemente sonrojada, se alejó con la excusa de que no aguantaba las ganas de orinar. Ignacio se volvió a sentar algo ruborizado también y miró a Alberto, que le estaba dirigiendo una sonrisa amplia y cómplice.

 

 

  Continuará…

 

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