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El santuario – trigésima parte

He looks sort of sad, por Gavin Heck
He looks sort of sad, por Gavin Heck

Llevaba un par de días durmiendo en casa de su padre, o más bien, en la casa en la que había vivido en Madrid después de terminar la secundaria. Su habitación estaba más o menos como la dejó cuando se independizó con Alicia, su primera novia. No era un cuarto demasiado grande. Aparte de contener numerosos libros y apuntes, se encontraba aun más atestado desde que Ignacio de marchó, pues hacía las veces de trastero. Permaneció en la cama con los ojos abiertos, pero tumbado. Observó algunos trofeos que estaban expuestos sobre una balda de cuando era pequeño y jugaba al futbol. Estaban cubiertos de polvo. No había vuelto a practicar este deporte desde los nueve años, exceptuando alguna ocasión en la que jugó con Alberto y Luis, ya siendo adolescente. El cuarto de Juan, su único hermano cinco años mayor que él, estaba contiguo al suyo. Aunque era más amplio, no quiso ocuparlo, pues Juan siempre se había mostrado muy receloso con respecto a sus pertenencias y a sus espacios. La cama, que seguía siendo la misma que cuando vivía allí, no era demasiado amplia. Ya de adolescente se le salían los pies, aunque no le importaba demasiado. Después de permanecer un buen rato despierto, decidió que era momento de levantarse.

 

Tomó una ducha, se puso la ropa y se dirigió a la cocina. Su padre estaba en el cuarto de estar, viendo la tele y envuelto en una bata. A pesar de que ya eran las diez y media de la mañana, tenía las persianas del balcón prácticamente bajadas, por lo que apenas entraba luz natural. Ignacio le dio los buenos días al pasar y su padre respondió con cierta apatía, mientras continuaba mirando distraídamente la pantalla. Al entrar en la cocina, Ignacio se encontró la pila hasta arriba de cacharros por fregar. Se calentó un café y se lo tomó de pie, frente a la ventana, que daba a un patio interior de paredes agrietadas. Después, se remangó las mangas de su camisa y fregó los platos sucios, limpió la encimera, barrió el suelo y pasó la fregona. Su padre entró en la cocina y depositó sobre la mesa una taza con restos de café y un plato con las migas de una tostada que se había preparado para desayunar. Ignacio, que ya se disponía a dejar la cocina, volvió a remangarse para fregar el plato y la taza.

 

                — ¿Qué vas a hacer hoy, hijo?

                —Quiero ver un par de apartamentos que encontré ayer por internet.

                —¿Y tus cosas, cuando vas a ir a buscarlas? —siguió preguntando su padre.

                —Ya enseguida —contestó Ignacio, a pesar de que ni siquiera se había puesto aún en contacto con Marta desde que había vuelto—. ¿Y tú por qué no sales a dar un paseo? Hace un día muy bueno.

                —Bah, no tengo gana.

                —Bueno, pero al menos aséate un poco y vístete —por la expresión de su padre, Ignacio se percató de que esta sugerencia no fue demasiado bien recibida, pero no pudo por menos que decírselo pues era evidente que llevaba varios días sin ducharse y su aspecto era algo desaliñado—. Al menos acompáñame a la compra y así me dices qué te apetece y qué cosas hacen falta.

 

Su padre accedió a regañadientes y se metió en el cuarto de baño. Ignacio esperó frente a la tele y mirando distraídamente su móvil. No había vuelto a tener noticias de Laura desde el mismo día en que se fue. Ella le envió un mensaje deseándole que hubiera tenido buen viaje y que su padre se encontrara bien de ánimo. Ignacio tampoco había hecho por llamarla, ni enviarle más mensajes. Ahora, aquellas semanas que había pasado fuera se le antojaban como un sueño. Recordaba todo lo que había vivido, pero al mismo tiempo, los recuerdos estaban cubiertos por un velo de irrealidad. Al menos no había vuelto a padecer las crisis de ansiedad. La perspectiva de buscar vivienda y mudarse se le hacía cuesta arriba. Podía permanecer en aquella casa durante el tiempo que quisiera, pero la dependencia de su padre le resultaba asfixiante. Quería huir de allí y al mismo tiempo, esto le hacía sentir culpable. Juan, su hermano mayor, pasaba bastante del tema. Llevaba muchos años viviendo y trabajando en el extranjero, por lo que apenas le veían. Además, estaba casado y tenía dos hijos, a los que Ignacio apenas conocía. Entonces recordó a los dos sobrinitos de Laura. Se los había mostrado a través de una foto de su móvil, un día que pasearon cerca de la playa. Aunque es ese momento le había dicho a Laura que los niños le resultaban bastante indiferentes, sí que anhelaba haber podido pasar más tiempo con sus propios sobrinos. La relación con Juan siempre había sido bastante distante. Tal vez debido a la diferencia de edad, y a que tenían intereses muy distintos.

 

Al fin salió su padre del cuarto de baño. Había transcurrido casi una hora, que a Ignacio se le hizo interminable. Le exasperaba lo mucho que le costaba arrancar, a pesar de que Ignacio suponía que era debido al estado de ánimo depresivo en que se encontraba sumido. Eran ya pasadas las doce cuando entraban en el supermercado. Había bastante movimiento y tenía que esquivar continuamente a otras personas mientras empujaba el carrito. Ignacio trataba de coger cosas más o menos sanas, como fruta y verduras, pero lo cierto era que su padre era un absoluto negado en la cocina y optaba más bien por cosas precocinadas. Cada elección de qué producto echar al carro se convertía en un debate que le minaba un poco más la paciencia. Encima, su padre tenía alto el colesterol, por lo que debía vigilar lo que comía.

 

Aquella tarde, se obligó a quedar con su antigua pandilla de compañeros de trabajo. Aunque no tenía demasiadas ganas, la idea de quedarse todo el día metido en esa casa, con su padre, le resultó deprimente.  Solían frecuentar los mismos bares desde hacía unos años. Después de estar casi dos horas tomando cañas, los demás se fueron despidiendo hasta que Ignacio se quedó a solas con Roberto, con el que tenía más amistad. Ignacio le estuvo poniendo al corriente de todo lo acontecido durante las últimas semanas. Su amigo le escuchaba con atención y solo le interrumpía en algunos momentos de forma puntual para recabar más información. Una vez hubo terminado de relatarle todo, Roberto le miró inquisitivamente y le hizo una pregunta de forma directa.

 

                —Bueno, ¿y cuando piensas volver?

 

 

Continuará…

 

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