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El santuario – trigésimo cuarta parte

Sin título, por Jonnie Andersen
Sin título, por Jonnie Andersen

El sábado por la mañana, Ignacio se despertó temprano. La idea de acercarse a recoger sus cosas del piso que había compartido con Marta, le creaba cierta intranquilidad. Por otro lado, le parecía lo mejor cerrar ese capítulo de su vida cuanto antes. Estuvo haciendo tiempo entreteniéndose con asuntos de trabajo, pues no quería coincidir con ella. Marta le había dicho que pasaría el fin de semana fuera, pero no a qué hora se marcharía. Le parecía un poco cobarde por su parte tratar de evitarla a toda costa, pero tampoco tenían mucho más de lo que hablar. Al mediodía, consideró que ya había transcurrido suficiente tiempo y se dirigió al piso. Un año y medio atrás, cuando se pusieron a buscar vivienda en alquiler, Marta se empeñó en que tenía que ser en una finca lo más representativa posible. Ahora le iba a tocar a ella asumir la totalidad de la renta, que no era precisamente barata. Introdujo la llave en la cerradura y solo tuvo que girarla una vez para entrar. En el recibidor había dos maletas grandes de viaje, que supuso que contendrían parte de sus pertenencias. Abrió una y comprobó que efectivamente estaba llena de su ropa. Las prendas estaban hechas un rebujo, por lo que dedujo que Marta no se había esmerado demasiado al guardarlas. Al menos no las había tirado a la basura ni quemado, como había imaginado Ignacio en un par de ocasiones. Estuvo examinando por encima el contenido de las maletas. Pensó que iba a tener que hacer un par de viajes, pues faltaba ropa y, por supuesto, todos sus objetos personales. En ese momento se sobresaltó al escuchar cómo se abría la puerta del dormitorio. Allí estaba Marta, con una camiseta y un pantalón corto y despeinada como si acabara de levantarse de la cama. Ignacio tragó saliva al verla y se quedó un poco desconcertado.

 

—Pensé que estabas fuera.

       —Ah, eres tú —dijo ella y se tapó la boca mientras bostezaba—. Me he quedado porque estoy muy contracturada.

            —Puedo volver en otro momento si quieres.

—No, cuando antes terminemos con esto, mejor, Ignacio.

—Ok, como veas.

 

Marta volvió a meterse en el dormitorio y cerró la puerta tras de sí. Ignacio, por su parte, cerró ambas maletas y se dispuso a bajarlas, pero antes le comunicó a Marta a través de la puerta que volvería enseguida a por el resto de sus cosas. Ella no contestó, por lo que no quiso insistir. Una vez en la calle, paró un taxi. El conductor le ayudó a acomodar los bártulos en el maletero y le dejó en casa de su padre. Ignacio vació el contenido de las maletas sobre la cama de su dormitorio y regresó al piso llevándolas consigo vacías. Pensó que el segundo viaje sería sin duda el peor, pues la ropa era mucho más ligera que sus otras pertenencias.

 

De vuelta en el piso no quiso utilizar su llave, así que llamó al timbre y tras unos segundos la propia Marta le abrió la puerta. No cruzó una sola palabra con él. Se limitó a sentarse en el sofá a ver la televisión, como si Ignacio no existiera. Él depositó las maletas en el suelo y comenzó a recopilar algunas de sus cosas por la casa, tratando de hacerlo con la mayor discreción posible. Después, las fue metiendo en las maletas. De repente, Marta rompió a llorar. Ignacio se quedó un poco bloqueado, sin saber cómo reaccionar. Se acercó a ella y sintiéndose algo violento le habló.

 

—Lo siento, Marta. No quería que esto acabara así… Creo que es lo mejor para ambos.

 

Se sentó junto a ella y puso una mano sobre su hombro, tratando de mostrarle cierto consuelo. Ella, casi instintivamente, le abrazó y lloró aun más desconsoladamente sobre su pecho. Ignacio se quedó un poco bloqueado pero la abrazó. Creía que al menos le debía eso, por todo lo que habían compartido durante ese año y medio.

 

—Ahora ya estás aquí —dijo ella entre lágrimas—. Podemos hablar tranquilamente… Tratar de arreglarlo.

 

Ignacio entonces se separó de ella con delicadeza y le habló como el que se dirige a un niño, con cariño y comprensión, pero mostrándose firme al mismo tiempo.

 

            —Marta, escúchame… Te he querido mucho y sé que tú a mí también. A pesar del daño que nos hemos hecho tantas veces, eso lo he sentido… Ha habido cariño entre nosotros. Voy a procurar quedarme con eso y me gustaría que tú hicieras lo mismo… Pero creo que es mejor que ahora tiremos por caminos separados, de lo contrario seguiremos haciéndonos más daño a largo plazo… —le cogió la mano con delicadeza y continuó hablando—. Perdóname por todas las veces que te he hecho sentir mal.

 

Marta se le quedó mirando fijamente sin saber qué decir. Las lágrimas le corrían por las mejillas. A pesar de la tristeza que reflejaba su rostro, estaba muy hermosa, como siempre. Entonces asintió levemente con resignación y separándose de él, se acurrucó en el extremo opuesto del sofá. Ignacio se incorporó, cerró las maletas y abandonó el piso. Mientras bajaba en el ascensor comenzó a llorar. Ver como Marta se derrumbaba le conmovió profundamente. Ella, que siempre se mostraba tan altiva, tan fuerte y en el fondo, no era más que una niña perdida e insegura. Por primera vez en semanas, Ignacio sintió realmente que la relación se había acabado. Había querido mucho a Marta, pero tenía la certeza de que iba a estar mejor sin ella, por muy doloroso que le resultara cobrar consciencia de ello. Esperó de corazón que pudiera encontrar su propio camino y que rehiciera su vida pronto.

 

Cuando hubo terminado de vaciar las maletas en su cuarto, apenas tenía espacio para moverse. Se quedó contemplando las cosas que yacían apiladas sobre el suelo y la cama. Le pareció que en su mayoría no eran más que objetos inservibles. En ese momento sintió el impulso de abrir la ventana y lanzarlo todo a través de ella. En lugar de eso, despejó la cama echándolo todo al suelo y se tumbó boca arriba. Estuvo pensando sobre la dependencia en las relaciones. No quería volver a cometer los mismos errores en el futuro. Pensó también en Laura, y en como el haberla conocido le había ayudado de alguna manera a desligarse de Marta. Su padre le había dicho el día anterior que debía aclarar sus sentimientos con respecto a ella. Lo único que tenía claro es que Laura estaba muy presente en sus pensamientos y que la echaba de menos. Temía que una parte de él se agarrara a ella como quien se agarra a un clavo ardiendo para no caer. Ahora que se encontraba solo, quizás buscaba inconscientemente otro asidero con el que sustituir a Marta. Por otro lado, el cariño que le hacía llegar Laura le parecía sano e incondicional. Pensó que merecía la pena darle una oportunidad al menos a lo que sentía por ella.

 

 

Continuará…

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