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El Santuario – trigésimo novena parte

9421746320_40bc854ef1_zEl sábado salió temprano cargado con cuatro bolsas grandes. El comedor social quedaba a unas pocas manzanas de la casa de su padre. Él mismo le había sugerido a Ignacio que llevara la ropa que ya no quería y que se la entregara a las monjas que lo regentaban, para que dispusieran de ella como consideraran oportuno. Ignacio recordaba haber pasado frente al lugar numerosas veces por las mañanas, de camino al trabajo. Le había llamado la atención la cantidad de personas que hacían cola, esperando para entrar. Algunas iban vestidas con ropas sucias y desgastadas y lucían un aspecto desaliñado. Otras, sin embargo, parecían transeúntes que se hubieran mezclado con el resto de mendigos. Este contraste le había resultado aun más dramático, ya que de alguna manera evidenciaba lo duramente que había golpeado la crisis a personas de toda clase y condición durante los últimos años. Llegó enseguida al comedor y traspasó la puerta en cuyo dintel había grabada alguna frase en latín que le pasó completamente desapercibida. Después se encontró en un pequeño recibidor en el que había un banco de madera y una pequeña imagen de la Virgen María suspendida de la pared. Depositó las bolsas en el suelo y llamó un par de veces con los nudillos sobre una puerta acristalada que dejaba pasar algo de luz. Transcurridos unos instantes en los que no hubo respuesta, giró el picaporte empujando la hoja de la puerta. El comedor se abrió ante él, amplio y austero. Había numerosos bancos y mesas dispuestos en hileras para alojar al mayor número posible de personas dentro del recinto. En aquel momento, apenas habría una docena ocupando los asientos. Una monja se percató de su presencia desde el otro extremo del comedor y se dirigió a él. Ignacio entró las bolsas y cerro las puerta tras de sí. Una vez que pudo ver de cerca a la religiosa, se sorprendió de lo joven que parecía. A pesar de la forma en la que el hábito le enmarcaba la cara, que no era precisamente favorecedora, tenía cierta frescura en el rostro. Le dirigió una sonrisa amable a Ignacio y enseguida se prestó a ayudarle con las bolsas.

 

                —Hola, soy un vecino del barrio —se presentó Ignacio—. Os traigo algo de ropa, pero no sé si os hace avío…

                —¡Claro que sí! —exclamó la hermana alegremente—. Muchas gracias. Sígueme, por favor.

 

Escoltó a Ignacio a través del comedor. Al pasar junto a unas mesas, una mujer de unos veintitantos años que estaba enseñando a leer a una anciana con una cartilla, levantó la vista y cruzó brevemente una mirada con el recién llegado. A Ignacio le resultó muy familiar su rostro, pero no pudo precisar dónde o cuando había podido coincidir con aquella persona. Siguió caminando sintiéndose algo desconcertado por el encontronazo. La religiosa se detuvo frente a una puerta y proyectó su voz a través de la misma, al tiempo que golpeaba para llamar.

 

                —Hermana, ¿tiene un momento?

                —Pasa, hija —respondió una voz atenuada desde el otro lado de la puerta.

 

La monja abrió la puerta y se apartó, dándole paso a Ignacio a un pequeño despacho. Sentada tras un escritorio de madera que ocupaba gran parte de la habitación, había una monja entrada en años que, aparentemente, estaba revisando unos papeles.

 

                —Mire, este vecino nos ha traído algo de ropa —le comunicó la monja más joven a la de más edad.

                —Es ropa casi en su totalidad —se apresuró a decir Ignacio—. Me daba pena tirarla porque está casi nueva. Apenas se ha usado.

 

La Hermana Consuelo era una mujer de cerca de setenta años y de aspecto regordete, lo que minimizaba las arrugas de su rostro. Miró también con amabilidad a Ignacio, que se sentía algo cohibido pues no tenía costumbre de dirigirse a personas religiosas.

 

                —Qué bien, vamos a echarle un vistazo —dijo mientras salía de detrás de su escritorio.

                —Si algo no es útil se puede tirar desechar sin problema.

                — ¡Aquí no se tira nada, hijo! —le replicó.

 

Ignacio no pudo evitar imaginar a las personas que había visto haciendo cola en el comedor social, llevando algunos de los polos pijos y de los pantalones con pinzas que Marta le había hecho comprar. Le pareció una imagen algo lamentable. A medida que las dos monjitas se afanaban en sacar prendas y extenderlas sobre la mesa, le iba invadiendo una cierta incomodidad, aunque ellas parecían encantadas.

 

                —Es verdad, Hermana, mire que nuevo está todo… y se ve ropa buena —observó la monja de aspecto juvenil.

                —Ya lo creo… ¿Cómo se llama, joven? —preguntó Sor Consuelo volviéndose hacia Ignacio.

                —Nacho —respondió sin pararse siquiera a pensar.

                —Pues muchas gracias, Nacho… Mucha gente lo va a agradecer también.

                —Estupendo, me alegro.

                —Espere un momento, que tengo por aquí una cosa… —dijo mientras se situaba nuevamente tras el escritorio, abría un cajón y rebuscaba algo en él.

                —No es necesario… —dijo Ignacio algo azorado, pues le parecía que le iba a ofrecer algún tipo de recompensa a cambio de la ropa.

                —Tenga —y le extendió la mano entregándole un llaverito con la cara del niño Jesús, que a Ignacio le pareció que tenía aspecto de suvenir.

                —Gracias.

 

Las dos monjas permanecieron entonces estáticas, mirándole de forma sonriente. Ignacio lo interpretó como una forma amable de invitarle a que abandonara el despacho. Se despidió de manera algo torpe mientras introducía el llavero en el bolsillo y regresó al comedor.

 

Al pasar junto a las mesas volvió a ver a la chica con la que había cruzado una mirada antes de entrar en el despacho. En ese momento la reconoció: era la misma chica con la que había coincidido en la sala de espera de la psicóloga aquella misma semana, cuando acompañó a su padre a consulta. Ella le dirigió una sonrisa algo tímida y cómplice, que de alguna forma evidenció que también le había reconocido. Ignacio levantó su mano a modo de saludo mientras le devolvía la sonrisa y continuó andando hasta la puerta del comedor.

 

Una vez en la calle, se sintió despejado. No tanto por haber realizado una obra de caridad, sino por haberse desprendido de otro retazo de un pasado reciente y poco grato, que le venía pesando más de lo que le habría gustado reconocer.

 

 

Continuará…

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