91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – trigésimo octava parte

5853405892_0f52751c31_zAyudó a cargar el equipaje de Daniel en el maletero del taxi y después se despidió de su hermano. El coche arrancó en dirección al aeropuerto y lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista. De vuelta en el piso de su padre, estuvo poniendo un poco de orden en su cuarto. Estaba casi tal y como lo había dejado el día que se trajo sus cosas del piso que había compartido con Marta. Decidió deshacerse de gran parte de sus pertenencias, sobre todo prendas de vestir que no pensaba ponerse más. Durante el tiempo que duró la relación con Marta, a menudo compró cosas dejándose guiar por sus indicaciones. La realidad era que aquel tipo de ropa nunca le había gustado. Apenas se la puso y las veces pocas veces que lo hizo, fue por darle gusto a Marta, pero él se sintió disfrazado. Metió las prendas en una bolsa de viaje grande y resolvió llevarlas a alguna parroquia del barrio para gente necesitada. Aunque el estilo “más bien tirando a pijo” que le gustaba a Marta resultaba un poco inapropiado para destinar aquella ropa a obras de caridad, era una pena tirarla seminueva, además más valía aquello que nada. Consiguió cerrar la cremallera de la bolsa de viaje no sin esfuerzo y se sentó a descansar en el borde de la cama. La visita a la psicóloga el día anterior había ido mucho mejor de lo que esperaba. Parecía que su padre había conectado de alguna manera con Ainhoa y se le veía más o menos motivado a asistir a consulta regularmente. Esto produjo bastante alivio a Ignacio, que veía más cerca la posibilidad de irse a Asturias a iniciar una nueva vida.

 

A la hora de comer, llevó a su padre a un bonito restaurante que estaba situado en la azotea de un edificio. Las vistas desde el lugar eran magníficas y alcanzaba a verse gran parte de la ciudad. Ignacio se alegró una vez más al comprobar que su padre tenía otro ánimo bien distinto al que llevaba arrastrando durante todos aquellos meses atrás. Se le notaba en los gestos, en el tono de voz y hasta en la expresión, que había perdido un poco ese cariz taciturno. No alcanzaba a entender qué podía haber provocado ese cambio de actitud en su padre, pero en cualquier caso suponía un enorme alivio. La comida discurrió tranquilamente y estuvieron hablando sobre diversos temas y especialmente, acerca de la decisión que había tomado Ignacio. Le resultaba un poco extraño hablar abiertamente de sus sentimientos con su padre, pero al mismo tiempo sentía que, de alguna manera, necesitaba recibir su aprobación.

 

                —¿Y cuando te irías? —le preguntó su padre mientras apartaba unos guisantes de su plato con el tenedor.

                —Pues creo que la semana que viene.

                —¿Tan pronto? Pensé que te quedarías algo más de tiempo —había cierta decepción en su tono de voz.

                —Ya… Quizás es muy pronto. No sé, tal vez me estoy precipitando un poco con todo esto. Acabo de terminar con Marta… igual me vendría bien tomármelo con algo más de calma.

                —Bueno, hijo, si dices que la chica te ha esperado desde que erais chavales, yo creo que te puede esperar unos pocos días más, ¿no?

                —Tampoco es que estuviera esperando por mí, papá —observó Ignacio algo azorado—. Aunque sí que me confesó que yo siempre le había gustado.

                —¿Le has dicho ya que vas?

 

Ignacio no llegó a contestar, pero solo con la expresión que compuso fue suficiente para que su padre dedujera la respuesta.

 

                —No entiendo nada, Ignacio… ¿A qué esperas? Mira que si te presentas allí y se echa para atrás…

                —No, papá, no lo creo… Si la conocieras como yo he llegado a conocerla, no pensarías eso —respondió Ignacio con la mirada perdida en algún otro momento y lugar.

                —Bueno, pero en cualquier caso es una decisión importante. Creo que deberías hacerle llegar tus intenciones cuanto antes.

                —Eeeh, sí, lo haré… —respondió algo vacilante.

                —Hay que ver las vueltas que da la vida… Seguramente no te acordarás, pero de pequeño no querías de ninguna manera que nos fuéramos a vivir allí… Y ahora decides volverte por tu propia voluntad.

                —Claro que me acuerdo… La verdad es que durante estas semanas que he pasado allí, he recordado muchas cosas de cuando era niño.

                —Te sentó tan mal que dejaste de jugar al fútbol, con lo que te gustaba —observó su padre.

                —Sí, siento que me portara tan mal durante aquella época. No os di más que problemas a ti y a mamá —reconoció cabizbajo.

                —Bah, no te lamentes, hijo… Aquello fue hace mucho tiempo. Tu madre y yo discutíamos todo el tiempo… Tampoco puede decirse que fuera un entorno muy adecuado para criaros.

                —Sí, pero creo que algunas de esas discusiones se podrían haber evitado si no hubiera sido tan desobediente o si no me hubiera metido en tantos líos.

                —Mira, Ignacio —dijo su padre muy serio mientras le miraba fijamente—, no te sientas mal nunca por eso. Tanto tu madre como yo estamos muy orgullosos de vosotros.

 

Al decir esto, sus ojos se empañaron un poquito por las lágrimas. Ignacio se limitó a asentir desviando la mirada, pues sentía que podía echarse a llorar en cualquier momento. Acto seguido, su padre recuperó la compostura introduciendo una frase con la que cambió radicalmente de tema, como si aquella conversación nunca hubiera tenido lugar. A pesar de la brevedad del instante, significó mucho para Ignacio y de alguna manera, recibió las palabras de su padre como un bálsamo sobre aquella herida de juventud.

 

El resto de la tarde estuvo adelantando asuntos de trabajo desde el despacho compartido. A eso de las ocho, apenas quedaban un par de personas trabajando en sus mesas. Decidió seguir el consejo de su padre y llamó a Laura para comentarle que iba a subir en breve a verla. La chica le cogió enseguida el teléfono, a pesar de que estaba trabajando en el bar. Cuando Ignacio le comunicó que en un par de días estaría allí, se puso muy contenta y le confesó que no creía que se volverían a ver tan pronto. Estuvieron hablando cerca de media hora y fue como si se hubieran visto el día anterior. No quiso revelarle aún su intención de establecerse allí e intentar algo en serio con ella, pues le pareció que no era un asunto para tratar por teléfono.

 

Ya en su cuarto se desvistió y se metió en la cama. Junto a la pared, había apilado varias bolsas que contenían todas las cosas que quería entregar a la beneficencia. Pensó en llevarlas ese mismo sábado por la mañana. Apagó la luz y se durmió enseguida sintiéndose muy tranquilo y satisfecho.

 

 

Continuará…

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *