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El santuario – trigésimo primera parte

8408942971_a098286192_zDe camino a casa de su padre, estuvo pensando en lo que le había dicho Roberto. Ni siquiera le preguntó si iba a volver, sino cuando, como dando por sentado que debía regresar a Asturias enseguida. Cuando Ignacio quiso saber por qué presuponía esto, Roberto se limitó a decir: a ver, se te iluminaba la cara mientras me hablabas de esa chica —el propio Ignacio no había sido consciente de ello. Por supuesto, argumentó las consabidas responsabilidades y compromisos: el trabajo, la situación de su padre,… Roberto no veía ningún problema con respecto al trabajo, pues Ignacio era freelance desde hacía algunos años. Era verdad, si algo bueno tenía su trabajo era que podía trabajar casi desde cualquier lugar. Todo lo que necesitaba era un portátil y una conexión a internet. Las reuniones con los clientes solo tenían lugar en momentos muy puntuales de los proyectos. A veces incluso ni siquiera llegaba a conocer en persona a las personas que le contrataban, ya fuera porque se encontraban muy lejos o porque no disponían de tiempo para coincidir. Qué hacer con su padre ya era otra cuestión muy distinta, o eso le parecía a Ignacio.

 

Su padre seguía en el cuarto de estar, frente al televisor, tal y como le había dejado unas horas antes. Le pareció ver que estaba dormitando, por lo que no quiso entrar. Una vez en su cuarto, se desvistió y se puso unas bermudas y una camiseta algo desgastada. Imaginó lo que estaría haciendo Laura en ese mismo momento. Por la hora que era, debía estar a punto de cerrar el bar y ponerse a limpiar. A Ignacio le habría gustado estar allí para poder ayudar a la chica. Algo tan ingrato como barrer y fregar, se le antojó en ese momento de lo más apetecible, aunque más que por la tarea en sí, por la compañía. Decidió enviarle un mensaje de texto a Laura. En él le decía que esperaba que se encontrara bien y que la echaba de menos. La chica le respondió enseguida. Entre líneas, al menos, quedaba patente el cariño que le profesaba a Ignacio. No decía nada acerca de volver a verse, ni hacía alusión alguna a su partida. Tan solo le dedicaba palabras amables y afectuosas y como siempre, se dirigía a él por su diminutivo. Había muy pocas personas que le llamaran Nacho. Así era como solían llamarle de niño y de adolescente, cuando vivía en Asturias. Escucharlo de labios de la propia Laura le confería una dimensión extra de afecto. Permaneció tumbado en la cama boca arriba y con la mirada perdida en el techo. Rememoró algunos de los momentos que había pasado con Laura durante aquellas semanas. También fantaseó con la idea de irse a vivir allí. La posibilidad de proponerle a la chica que se trasladara a Madrid, tan solo la contempló durante un fugaz instante y al momento la descartó. Laura parecía plenamente feliz viviendo allí. La sola idea de apartarla de todo aquello le resultó egoísta, como si la estuviera privando de algo vital. Al hilo de estos pensamientos, se le ocurrió que si Laura era feliz realmente, no le necesitaba en su vida. Además, ya debía serlo antes de que Ignacio reapareciera en escena. Con el tiempo le olvidaría y volvería a la vida que había tenido antes de conocerle, que ya era plenamente satisfactoria. Esta reflexión ensombreció un poco su ánimo y le hizo sentir una vez más aquella sensación familiar de vacío en la boca del estómago.

 

Por la noche tuvo sueños agitados. Intentaba volver a Asturias y todas sus tentativas resultaban frustradas por un motivo u otro: primero su coche se averiaba, después no encontraba billetes de ninguna clase y cuando por fin conseguía un pasaje, resultaba que el destino era otro y tenía que bajarse a mitad de trayecto para regresar. Cuando por fin parecía que lo había conseguido, encontraba el bar cerrado con un cartel que anunciaba su venta. Subía corriendo entonces hasta el piso de Laura, en la tercera planta del edificio. Al entrar y mirar a su alrededor, reconocía la vivienda pero ésta se encontraba totalmente vacía, sin un solo mueble. Entonces caía en la cuenta de que habían transcurrido años y ya era tarde. Despertó con algo de desazón y fue a la cocina a servirse un vaso de agua. Era cerca de las dos de la mañana y su padre seguía en el sofá. A pesar del volumen de la televisión, parecía que se encontraba profundamente dormido. Ignacio le llamó varias veces y tuvo que sacudirle con firmeza por el hombro para que reaccionara. Después, le acompañó a su habitación y le ayudó a acostarse. De vuelta en su cama, estuvo dándole vueltas al sueño que había tenido. Fue entonces más consciente de lo mucho que echaba de menos a Laura y también del afecto que había llegado a sentir por ella. Le costó más de dos horas volver a dormirse.

 

Al día siguiente decidió que iba siendo hora de volver a la rutina de trabajo y se dirigió al despacho que tenía alquilado en el centro de la ciudad. Era un local reformado, a pie de calle, que en su día debía haber sido algún tipo de comercio. Ahora tenía varias mesas de trabajo, un pequeño office y un aseo compartido. Era un espacio diáfano, sin tabiques. Las mesas se encontraban tan solo separadas por algún elemento como una planta, o una mampara de cristal. En general, constituía un ambiente agradable y a Ignacio le cundía mucho el trabajo allí. A media mañana decidió hacer una pausa tomando un café en el office. El entrar, se encontró con Sonia, una chica morena que trabajaba como diseñadora web. Al verle, le saludó efusivamente.

 

                — ¡Hombre, cuánto tiempo sin verte por aquí, Ignacio!

                —Si, he estado fuera más de un mes… Y tú, ¿qué tal?

                —Pues aquí, peleándome con la cafetera.

                —Espera, déjame a mí —se ofreció Ignacio, y logró depositar la cápsula de café en la máquina—. Es que se atasca un poco.

                —Gracias… Bueno, ¿y dónde has estado? —le preguntó la chica y se sentó en un taburete alto.

                —En Asturias, viví allí hace años.

                — ¡Qué bonito, me encanta!

                —Sí que lo es… El caso es que me fui porque estaba agobiado y luego ha sido muy intenso… —explicó Ignacio—. He estado más de un mes, entre unas cosas y otras. Conocí a una chica, bueno, me reencontré con ella porque ya nos conocíamos de chavales… Nos liamos. Luego me accidenté y estuve viviendo unas semanas en su casa… No sé, muy movido todo.

                —Y estás pillado, ¿no?

                —Eso creo —y las palabras le salieron casi en un suspiro.

                —Pero es genial, Ignacio —le dijo Sonia muy animosa—. Vale que la distancia es jodida, pero hoy en día ya no es como antes… Quiero decir, con las nuevas tecnologías y los trenes de alta velocidad.

                —La verdad es que no hemos hablado nada acerca de ello, Sonia. Simplemente le dije que volvería pronto.

                —Bueno, puede ser un comienzo… ¿A ella cómo la ves? ¿Crees que tiene interés en que tengáis una continuidad?

                —No sé, pero casi desde el minuto uno me confesó que siempre le había gustado —reconoció Ignacio.

                —A mí eso me parece super bonito —dijo la chica mientras miraba hacia el techo del office con ojos soñadores—. Reencontrarse con uno de esos amores platónicos de la adolescencia…

                —Yo jamás la había visto así… La última vez que la vi tendría unos once años.

                —Oh, qué precoz… de niña, digo.

                —Sí, además me sentí muy culpable porque nos metíamos con ella continuamente —se lamentó Ignacio—. Estaba muy flaca y era miope, por lo que siempre llevaba unas gafas de esas de culo de vaso… La llamábamos bicho-palo.

                —No me lo puedo creer, jaja… —rio la chica—. Pobrecilla, y si encima estaba colada por ti…

 

Ignacio le estuvo poniendo al corriente a Sonia sobre todo lo que había vivido durante su estancia en Asturias. La chica le escuchaba con atención y se mostraba muy positiva en todo momento. Aunque había hablado sobre aquello con Alberto mientras estaba allí, y la noche anterior con Roberto, su ex compañero de trabajo, no había tenido ocasión de compartirlo con una mujer hasta aquel momento. No es que tuviera especial relación con Sonia más allá del contexto de trabajo, pero era una persona accesible y empática, por lo que se sintió cómodo abriéndose con ella. Le resultó curioso el análisis tan distinto que hacían hombres y mujeres sobre los mismos hechos. Mientras que sus amigos se habían mostrado más pragmáticos, pasando directamente a valorar las implicaciones y posibles soluciones acerca del asunto, Sonia se detenía más en los pequeños detalles y en el trasfondo emocional de estos.

 

 

Continuará…

 

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