91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – trigésimo quinta parte

Metrópolis, por Diego Albero Román
Metrópolis, por Diego Albero Román

El lunes, Ignacio fue a trabajar al despacho que tenía en alquiler compartido por el centro. En aquella ocasión no coincidió con Sonia, la compañera a la que le había hablado sobre Laura la semana anterior. La buscó sin éxito con la mirada por encima de las mesas del despacho. Tenía el ánimo un poco bajo después de haber recogido sus cosas del apartamento que había compartido con Marta, y hablar con Sonia siempre le alegraba un poco. A pesar de que ya tenía asumido desde hacía semanas que la relación se había acabado, ver a Marta hecha un mar de lágrimas le dejó algo tocado emocionalmente. Supuso que esto respondía a cierto sentimiento de culpa, aunque tampoco consideraba que hubiera sido exclusivamente responsabilidad suya que la relación se hubiera terminado. Después del año y medio que pasaron juntos, estar lidiando continuamente con el carácter de la chica le había dejado la autoestima algo maltrecha. Se preguntaba si las cosas habrían sido diferentes de haberse mostrado más firme con ella desde el principio. Por otro lado, le faltaba Laura. Estaba seguro de que si la hubiera tenido cerca, no le habría dado aquel pequeño bajón anímico al dejarlo definitivamente con Marta. Tan solo había transcurrido un día sin tener noticias de la chica. Habían hablado un rato por teléfono el domingo. Ignacio se sintió un poco raro pues el tono de la conversación fue algo frío entre ambos, sobre todo teniendo en cuenta lo que habían compartido durante varias semanas en Asturias. Por otra parte, podía llegar a entender que ninguno de los dos supiera muy bien cómo comportarse con el otro. Al fin y al cabo, Ignacio no le había contado a la chica que la echaba muchísimo de menos y que fantaseaba de cuando en cuando con la idea de irse a vivir allí con ella. No quería hacerlo hasta estar plenamente seguro. Recordó el sueño que tuvo en el que, por más que lo intentaba, no conseguía volver al piso de Laura y cuando al fin lo lograba, se lo encontraba vacío, sin rastro de ella. Sintió de nuevo aquella sensación desagradable que se abría en la boca del estómago.

 

A eso de las dos, salió a comer a un bar que quedaba próximo al despacho. Le gustaba porque era un local pequeño, tranquilo y nunca había demasiada gente. Maldijo para sí mismo al darse cuenta de que la mesa en la que solía comer estaba ocupada. Se sentó un par de mesas más allá y le pidió una caña al camarero. Al cabo de un rato se la sirvieron acompañada de un trozo de empanada. Se introdujo un pedazo en la boca y aunque le pareció que estaba buena, no pudo evitar compararla con la que preparaba Laura. Pensó que la chica ponía cariño en cada cosa que hacía, hasta en los más pequeños detalles. El día que Ignacio regresó a Madrid, le había preparado una empanada enorme y bizcocho casero. Estuvo comiéndolo durante días hasta que se le terminó y de alguna manera, cada vez que lo probaba, sentía una reminiscencia del afecto que Laura le profesaba. Incluso, cuando hubo terminado tanto el bizcocho como la empanada, se sintió algo inseguro, como si perdiera algún tipo de vínculo con ella. Aunque no podía asegurarlo, le pareció que fue justo la noche en la que se le terminó el bizcocho cuando tuvo la pesadilla en la que no conseguía encontrar a Laura. Sacó su móvil del bolsillo y le envió un mensaje a la chica en el que le decía que estaba comiendo empanada en un bar, y que no tenía comparación con la que preparaba ella. También le agradecía el detalle que había tenido al obsequiarle aquellas cosas antes de su partida y cocinadas con tanto afecto. Creyó que era una forma de decir que pensaba en ella y que la echaba de menos, al menos de forma implícita. En ese momento llegó el camarero a tomarle nota y le recitó los platos del menú. Ignacio se decantó por judías de primero y una lubina al horno. Mientras estaba esperando que le sirvieran las judías le llegó la contestación de Laura.

 

                Me encanta cocinar para ti. Si ya lo hago con gusto para los clientes, pues imagínate… Siempre que vengas a verme te prepararé lo que quieras. Besos y cuídate mucho, Nacho.

 

Al leerlo compuso una sonrisa algo bobalicona y se quedó abstraído hasta que el camarero depósito el plato de judías sobre la mesa.

 

Regresó a casa sobre las seis. Su padre estaba leyendo el periódico en el sillón. Ignacio sintió cierto alivio al verle dedicado a una actividad que implicaba menos pasividad que ver televisión. Después de dejar sus cosas en el dormitorio, volvió al cuarto de estar y se sentó en el sofá.

 

                — ¿Tienes un momento? Quiero comentarte una cosa.

 

Su padre interrumpió la lectura y le miró por encima de sus gafas.

 

                —Eeeh… he estado pensando en lo que me dijiste y creo que merece la pena intentarlo con Laura —dijo sintiéndose torpe e inseguro pues las palabras le salían algo atropelladas.

                —Pues muy bien. ¿Has hablado con ella?

                —No, aún no —y se sintió todavía más inepto.

                — ¿Pues a qué esperas? —le preguntó su padre—. Tendréis que poneros de acuerdo, digo yo.

                —Si, pero no es tan sencillo… Yo no puedo irme y dejarte así, tal cual. No me puedo desentender.

                —Hijo, ni que estuviera inválido. No te preocupes tanto y haz tu vida, anda.

                —A ver, inválido no, pero yo creo que estás deprimido y no lo quieres ver… Mira, me han pasado el número de una psicóloga —echó mano a su cartera y sacó la tarjeta que le había dado su madre días atrás—. Quiero que vayas.

                — ¿A qué voy a ir, a contarle a una extraña que no hace ni un año que se ha muerto mi pareja? —respondió el hombre a la defensiva.

                —Papá, lo siento, es que estoy preocupado… No me gusta verte así.

                — ¿Y qué crees, que es plato de buen gusto para mí?

 

Se hizo un silencio incómodo entre ambos. Finalmente, Ignacio se incorporó para abandonar el cuarto, pero antes depositó la tarjeta de la psicóloga sobre la mesa.

 

 

Continuará…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *