91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – trigésimo segunda parte

Dining room, por Carrie Qualters
Dining room, por Carrie Qualters

Al fin decidió abordar el momento que había estado posponiendo desde su vuelta: debía contactar con Marta para pasarse a recoger sus pertenencias del piso que habían compartido. Eso suponiendo que ella no se las hubiera tirado o quemado en un arranque de furia. Podía hacerlo durante su horario de trabajo, para evitar coincidir con ella, pero esto le parecía algo cobarde y poco respetuoso. La llamó por teléfono pero no obtuvo respuesta. En un segundo intento, le dejó un mensaje en el buzón de voz haciéndole llegar sus intenciones. Transcurrida una media hora, Marta le devolvió la llamada. Ignacio notó como se le aceleraban las pulsaciones al ver su nombre en la pantalla iluminada de su móvil. Tragó saliva e intentó que la voz le saliera cordial pero firme al descolgar. La conversación con Marta fue muy breve. Ella se mostró bastante apática, como era de esperar, con lo que casi supuso un alivio. Le dijo que prepararía sus cosas y que las dejaría a la vista para que se pasara a recogerlas el sábado por la mañana. En principio ella no iba a estar, pues iba a pasar el fin de semana fuera. Aunque no tenía por qué darle explicaciones de ningún tipo a Ignacio, le pareció una vez más que se estaba haciendo la interesante, como dando a entender que seguía con su vida al margen de él tan campante y feliz. Esto le resultó un poco patético por parte de ella, pero una vez más se sintió aliviado ante la indiferencia de Marta y el hecho de que no fueran a coincidir cuando se pasara a recoger sus cosas.

 

Aquel día fue a comer a casa de su madre y de Ernesto, su padrastro. Vivían en las afueras, en una urbanización de chalets pareados. Ernesto dirigía una sucursal de un banco importante, lo que le proporcionaba una posición económica bastante desahogada. Pilar, la madre de Ignacio, siempre iba muy arreglada. Cuando salió a la puerta a recibir a su hijo, este no pudo evitar imaginar una estampa algo contradictoria: junto a ella, tan compuesta y peinada, visualizó a su padre, pero con el aspecto desaliñado que lucía últimamente. Al momento quiso borrar de su mente aquella imagen. Pilar le besó afectuosamente y le invitó a pasar.

 

                —Hijo, ¿cómo tienes el tobillo?

                —Ya está recuperado —respondió Ignacio—. Solo fue una torcedura.

                —Ten cuidado, que el otro día se mató un chico de por aquí yendo en bici —explicó Pilar aprensiva—. Me da mucho miedo.

                —¿Se cayó de la bici? —preguntó Ignacio.

                —No, le atropelló una furgoneta.

                —Mamá, que yo ni siquiera iba por carretera…

                —Ya, hijo, pero me da mucho miedo aun así, no lo puedo evitar.

 

Al entrar al comedor, Ignacio reparó en que la mesa estaba dispuesta para cuatro comensales.

 

                —¿Quién más viene a comer? —le preguntó a su madre.

                —Ernesto y Teresa, su hija pequeña. ¿Te acuerdas de ella?

                —Pues claro, hemos coincidido un montón de veces. ¿Qué edad tiene ya?

                —Treinta y dos —le aclaró Pilar.

                —Pensé que Ernesto estaría trabajando.

                —Lo está, pero quería verte, así que se ha tomado la tarde libre.

 

Estuvo poniendo al día a su madre acerca del mes y pico que había pasado en Asturias. Lógicamente, procuraba omitir las partes que consideraba que no eran de la incumbencia de una madre. A pesar de que Ignacio ya lucía alguna cana, Pilar seguía tratándole como un niño en muchos aspectos. Esto le exasperaba y tenía que hacer grandes esfuerzos por morderse la lengua para no herir los sentimientos de su madre. Al cabo de un rato llegó Ernesto y le estrechó efusivamente la mano. Mientras, aprovechó también para hacer un comentario jocoso acerca de la fuga que había protagonizado Ignacio, al irse sin avisar de un día para otro. Ignacio se limitó a hacer oídos sordos. Su padrastro era una persona un tanto peculiar. No podía decirse que poseyera unas habilidades sociales envidiables. A menudo hacía los comentarios más inoportunos en los momentos más inadecuados. Por otro lado, resultaba evidente que no lo hacía con maldad, así que esto le disculpaba un poco. Sin duda, el punto fuerte de Ernesto era el trabajo. Ignacio pensaba que era un poco adicto al mismo, pues pasaba horas y horas en la oficina, al margen de su horario. Con respecto a su madre, le parecía que hacían una pareja más o menos funcional, que ya era mucho decir. No es que se mostrara especialmente empático con Pilar, ni con nadie en realidad, pero al menos era detallista. A su manera, le hacía llegar que la apreciaba, o eso le parecía a Ignacio. A diferencia de su padre, que siempre había sido un desastre en ese sentido. A menudo se le olvidaban las fechas señaladas, como cumpleaños y aniversarios. De hecho, el propio Ignacio había crecido asumiendo como algo normal, que los padres no se acordaran de los cumpleaños de sus hijos. De alguna manera, vio cierta similitud entre su padre y Ernesto. Ambos eran personas con escasa inteligencia emocional. Además de empatizar más bien poco, les costaba mucho verbalizar de forma adecuada sus emociones. Ignacio a veces temía compartir ese rasgo con su padre, aunque al menos estaba seguro de llevarle cierta ventaja. A pesar de ello, cuando se veía abrumado por las emociones, terminaba reaccionando igual que su padre: se bloqueaba y trataba de evadirse tirando por la calle de en medio. Se preguntó si no estaría saboteándose de manera inconsciente la posibilidad de tener algo con Laura. Había leído en una ocasión un libro de autoayuda que decía que a algunas personas les daba miedo verse ante la felicidad, que no se lo permitían y que dirigían todos sus esfuerzos a socavar esas oportunidades. En el fondo, una parte de él al menos, seguía sintiendo que Laura era demasiado buena.

 

Ernesto subió a la planta de arriba a ponerse una ropa más cómoda y al poco rato llegó Teresa, que saludó a Ignacio con un cálido abrazo. Aunque era su hermanastra, no habían coincidido demasiado a lo largo de los años. Teresa se había criado la mayor parte del tiempo con Ana, la ex esposa de Ernesto. Aun así, Ignacio y ella siempre habían tenido mucha complicidad. En las típicas celebraciones de Navidad, cuando alguien decía algo comprometido o inoportuno, ellos cruzaban una simple mirada y se echaban a reír, como si pudieran leerse el pensamiento. Los demás solían mirarles extrañados, sin ser conscientes del diálogo silencioso que se establecía entre ambos y esto les hacía todavía más gracia. Teresa era como la hermana pequeña que le habría gustado tener. En muchos aspectos se identificaba con ella. Quizá esas similitudes entre ellos se explicaran por el hecho de haber tenido padres parecidos, pensó Ignacio. La chica era infinitamente más empática y emotiva que su padre. No debía ser algo raro que muchos hijos desarrollaran más aquellos aspectos en los que sus padres se mostraban deficientes, como una compensación.

 

 

Continuará…

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *