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El santuario – trigésimo séptima entrada

7804926252_42201aa97c_zLa sala de espera estaba pintada en suaves tonos ocres y tenía desperdigadas algunas plantas y cuadros con motivos de naturaleza, que contrastaban con el color de las paredes. Daniel ojeaba distraídamente una revista de psicología, mientras su padre se removía algo nervioso en su asiento. Ignacio, por su parte, revisaba unos correos a través de su móvil y aprovechaba para ordenar un poco la agenda de trabajo. Frente a ellos, una chica de unos veintitantos años estaba sentada en un sofá que tenía un alegre tapizado estampado en flores. Estaba esperando también turno para entrar a consulta. De tanto en tanto, le dirigía a Ignacio alguna mirada tímida de forma furtiva. Transcurridos unos minutos, un hombre moreno vestido con vaqueros y camisa blanca, se asomó a la sala y se dirigió a ella por su nombre.

 

                —Elisa, ya estoy contigo, pasa.

 

La chica se incorporó, cogió su bolso y siguió al hombre que la escoltó hasta uno de los despachos del gabinete. Cuando la puerta se hubo cerrado tras ellos, el padre de Ignacio comenzó a carraspear. Solía hacerlo cuando se encontraba nervioso.

 

                —Ya entras enseguida, papá —le dijo Ignacio—. ¿Quieres que pasemos contigo?

                —No creo que nos dejen —observó Daniel mientras levantaba la vista de su revista, sin darle opción a su padre a contestar—. A no ser que sea en plan terapia familiar.

                —Ah, entiendo. Bueno, papá, tu cuéntale todo lo que ha pasado y como te sientes.

                —Ya, ya —respondió su padre con cierto fastidio.

                —Y aquí hay psiquiatra también —continuó hablando Ignacio—. Cuando llamé para pedir cita lo comenté y me dijo la psicóloga que pueden valorar conjuntamente la posibilidad de recetarte algún fármaco.

                —No quiero tomar más pastillas. Ya tomo las de la tensión.

                —Bueno, pero es por tu bien. No seas cabezota, anda —le espetó Daniel.

 

El hombre se encogió de hombros en su butaca y compuso un gesto resignado. A Ignacio le producía cierta extrañeza verle así, como a un niño al que le hubieran preparado una encerrona para llevarle al practicante en contra de su voluntad. Solo que este niño tiene sesenta y siete años —pensó. A pesar de esto, verle en aquella tesitura no le provocaba la más mínima gracia. Supuso que se debía a que normalmente eran los padres los que se encargaban de llevar a sus hijos a los especialistas, y no a la inversa. Incluso se sorprendió al darse cuenta de que, probablemente, estaba más nervioso que su propio padre. No tenía demasiada convicción en cuanto a que el hombre se abriera con la psicóloga y hasta donde sabía, esto era esencial para que la terapia sirviera de algo. Daniel, que había venido desde Londres expresamente para acompañarles, parecía ahora totalmente ajeno a la situación, o al menos eso le pareció a Ignacio. Por lo menos estaba de cuerpo presente, que ya era más de lo que habría esperado de él. Además, decidió coger un vuelo a Madrid motu proprio en cuanto se enteró, cosa que sorprendió a Ignacio gratamente. En ese momento le entró un mensaje de Laura en el que le deseaba que fuera todo bien y que su padre se repusiera lo antes posible. Recordó entonces que le había comentado días atrás a la chica que tenían la cita ese mismo día. La pareció un gesto muy bonito por su parte, sobe todo por el hecho de que ni siquiera conocía a su padre. Si alguna vez habían coincidido años atrás, la chica no le recordaba. A Ignacio esto no le extrañaba, pues su padre nunca frecuentó La Estación. Precisamente, aquel fue uno de los motivos principales por los que el bar se convirtió en un punto de encuentro habitual para Ignacio y sus amigos. Esto le hizo acordarse de Alberto. Desde que volvió a Madrid apenas habían intercambiaron un par de mensajes. Su amigo le había puesto un poco al corriente sobre cómo se encontraba Laura tras su partida. Si bien le reconoció que la chica había expresado varias veces que le echaba mucho de menos, también le dijo que la encontró bastante entera las veces que coincidieron, por lo que, según Alberto, Ignacio no tenía motivos para preocuparse por ella. Recibir esta información le produjo, como de costumbre, sentimientos encontrados. Por un lado sintió cierto alivio, pero al mismo tiempo una vocecilla insidiosa le gritaba desde el fondo de su ser: no eres tan importante para ella como crees… pronto te olvidará. En ese preciso momento, una voz femenina le sacó de su ensimismamiento.

 

                —¡Hola, soy Ainhoa!

 

Ignacio se giró y vio que una mujer de unos cuarenta años les sonreía desde el umbral de la puerta. Llevaba un vestido azul marino que hacía resaltar su piel blanca. Rápidamente, se incorporó y le tendió la mano para saludarla.

 

                —Hola, yo soy Ignacio. Hablamos el otro día por teléfono… —dijo mientras dirigía una fugaz mirada hacia su padre. Ainhoa pareció captar este detalle perfectamente, pues entrecerró los ojos de forma suspicaz y su sonrisa se hizo aún más amplia—. Este es mi padre y él es mi hermano Daniel.

 

Ainhoa hizo un gesto con la cabeza saludándoles. Después le tendió amigablemente la mano al padre de Ignacio. Este respondió torpemente estrechándosela con fuerza, lo que evidenció que se encontraba algo cohibido.

 

                —Encantada —dijo aceptando el gesto con humor—. Pues sígame por aquí, si es tan amable… Vosotros esperad aquí y después charlamos un poquito los cuatro, ¿os parece?

                —Muy bien —respondió Ignacio. Daniel se limitó a asentir brevemente con la cabeza y retomó su lectura.

 

El hombre echó a andar detrás de la psicóloga y le dirigió una mirada a su hijo antes de desaparecer por el pasillo. Ignacio sintió cierta compasión por su padre al verle con aquella expresión de cordero degollado.

 

                —Bueno, a ver qué tal —y suspiró mientras se dejaba caer nuevamente sobre la butaca.

                —Ya verás que irá bien  —dijo Daniel empleando un tono de voz tranquilizador—. Están acostumbrados a este tipo de personas.

 

A Ignacio le chocó la forma tan fría que había empleado para referirse a su propio padre y le miró de soslayo como escrutándole. Daniel, que captó enseguida la mirada enjuiciadora de su hermano, se apresuró a rectificar.

 

                —Cerraditas emocionalmente, quería decir…

 

Al cabo de una media hora, volvió a entrar Elisa en la sala de espera, la chica con la que habían coincidido unos minutos atrás. Tenía los ojos llorosos y sostenía un kleenex arrugado en la mano, con el que se iba sonando discretamente la nariz.

 

                —Perdonad, ¿habéis visto unas gafas por aquí? No las encuentro y… ¡Ah, aquí están! —exclamó cogiendo sus gafas de sol, que habían quedado semiocultas entre la fundas del sofá—. Bueno, hasta luego.

 

Ignacio le devolvió el saludo y la siguió con la mirada, observando curioso como la chica trataba de recuperar la compostura. Una vez que se hubo marchado, Daniel volvió a abrir su bocaza.

 

                —Ella solita se lo dice todo, jaja —rio Daniel mientras volvía a meter su nariz entre las páginas de la revista.

 

 

Continuará…

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