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El santuario – trigésimo sexta entrada

Closing time in Madrid, por Andrew Griffith
Closing time in Madrid, por Andrew Griffith

Ignacio pasó la mañana del miércoles sopesando los pros y los contras de dejar Madrid e irse a vivir al Norte. Le parecía que era viable contando con el trabajo que le salía a través del boca a boca. También ideó algunas estrategias para poder captar más clientes por la zona una vez que estuviera allí. Estaba casi decidido, ya no había mucho que le retuviera en la ciudad. La relación con Marta se había acabado definitivamente. Su padre y el estado anímico en el que se encontraba, constituían ahora la preocupación principal de Ignacio. Al día siguiente de haberle sugerido que visitara a una psicóloga, su progenitor había accedido con desgana y a condición de que le acompañara el propio Ignacio. También se había mostrado más receptivo a la posibilidad de tomar algún fármaco antidepresivo. Ignacio no sabía hasta que punto lo hacía por él mismo o por no preocupar a su hijo, pero en cualquier caso se alegraba del cambio de actitud. Además, si se iba a vivir a Asturias, podía bajar con cierta frecuencia a Madrid y estar un poco pendiente de su evolución. Tampoco es que se tratara de una distancia inmensa a cubrir. En este sentido, su hermano Daniel lo tenía más difícil al residir en Londres. Ya solo restaba quizás la parte más importante: comunicárselo a Laura. Aunque Ignacio estaba seguro de que la chica le acogería en su casa, pensó que tal vez sería más apropiado alquilarse un pequeño apartamento, al menos al principio, hasta que la relación se asentara un poco. Por otra parte, durante las semanas que convivieron en el piso de Laura se entendieron perfectamente, dentro de que no era una situación muy habitual, ya que Ignacio estaba convaleciente tras haberse hecho un esguince en el tobillo. La parte que menos le agradaba sin duda con respecto al cambio, tenía que ver con José, el padre de Laura. Tenía la sensación de que recelaba de su hija y que ningún pretendiente sería lo bastante bueno ni contaría con su aprobación. Laura le había asegurado que, aunque no lo exteriorizara, su padre sentía cierto aprecio por él. Pensó que debía darle crédito a la chica, pues al fin y al cabo era su hija y debía conocerle bien. Por otra parte, José era una persona inexpresiva a todos los niveles, así que quizás no debía tomarse como algo personal que hubiera sido algo hosco con él las pocas veces que habían coincidido.

 

El resto del día lo pasó en el despacho de alquiler compartido y después quedó con Roberto, su ex compañero de trabajo. Estuvieron tomando cañas y charlando durante horas. Roberto era el típico soltero empedernido. Él mismo lo reconocía y afirmaba tranquilamente que no le importaba pasar el resto de su vida sin emparejarse. A Ignacio esto le chocaba y le producía admiración a partes iguales. Aunque reconocía que quizás la postura de su amigo fuera algo extrema, le habría gustado parecerse un poco a él en ese sentido. No quería ser excesivamente dependiente y precipitarse en la relación con Laura. A pesar de que a Roberto se le veía más o menos feliz con su soltería, no asumía que aquello fuera lo adecuado para todo el mundo. De hecho fue de las pocas personas que animaron a Ignacio a realizar aquel cambio en su vida. A eso de las once de la noche, los dos amigos se encontraban algo ebrios por la cantidad de cerveza que habían consumido.

 

                —¿Y cuando te irías? —preguntó Roberto tras tomar un trago de su vaso de cerveza.

                —Pues aún no lo he decidido, pero no querría que pasara mucho tiempo por eso de que se pueda enfriar la cosa —respondió Ignacio mientras volvía a recordar la pesadilla en la que no conseguía encontrar a Laura.

                —Mmm, claro… Podrías presentarte allí sin decir nada.

                —Si, lo he pensado… Le daría una sorpresa.

                —Bueno, y no solo por eso. Puedes emplear el factor sorpresa para ver cómo reacciona al verte y tantear hasta qué punto tiene interés en ti —sugirió Roberto—. Aunque por lo que cuentas, está totalmente colada.

                —Yo creo que sí, de lo contrario no me plantearía irme a vivir allí.

                —Claro que sí. No me hagas caso, Ignacio… Pues te deseo lo mejor —dijo mientras hacía entrechocar su vaso con el que sostenía Ignacio—. Aunque se te va a echar de menos por aquí…

                —Bueno, vendré a menudo. No queda tan lejos al fin y al cabo.

                —Y yo prometo hacerte alguna visita.

                —Gracias, ahora solo hace falta que mi padre se sobreponga un poco —dijo Ignacio casi suspirando—. He conseguido que acceda a visitar a una psicóloga y a iniciar un posible tratamiento. Vamos este viernes, a ver qué tal, porque es un hombre muy cerrado… No sé yo si va a servir de algo.

                —Bueno, hay que intentarlo, al menos. ¿Cuándo es la cita?

                —Pasado mañana. Le acompañaré, de lo contrario seguro que no acude. Lo malo es que cuando me vaya, lo más probable es que lo deje. Y además, la psicóloga es una mujer… espero que se sienta cómodo abriéndose con ella.

                —Tengo entendido que la mayoría de los psicólogos son mujeres —dijo Roberto y le hizo un gesto al camarero para que les sirviera otra ronda.

                —Ah, ¿sí? No tenía ni idea… La última ya, Roberto, que voy medio ciego.

                —Ok, yo voy bien, pero luego me paso toda la noche yendo al baño… ¡Nos hacemos mayores! —exclamó riendo su amigo.

 

Los dos amigos se despidieron en la puerta del bar. Tras darle un fuerte abrazo, Roberto tiró en dirección contraria e Ignacio enfiló hacia casa de su padre. Eran cerca de las doce y la calle se encontraba únicamente iluminada por la tenue luz que emitían las farolas. Llegando al portal, una voz familiar le llamó por su nombre. Ignacio se detuvo y al girarse reconoció al instante a su hermano Daniel. Llegaba cargado con una bolsa de viaje y estaba más gordo que la última vez que se habían visto.

 

                — ¿De dónde vienes a estas horas, golfo? —preguntó Daniel mientras le saludaba dándole un abrazo.

                —De tomar algo con un amigo. ¿Y tú? Te hacía en Londres.

                —Sí, pero ayer hablé con papá y me estuvo contando un poco sobre cómo se encontraba y lo de la visita al psicólogo, así que me he cogido un par de días… Sé que es iniciativa tuya, pero me gustaría acompañaros. Si te parece bien, claro.

                —Pues claro, es más, te lo agradezco —dijo Ignacio mientras introducía la llave en la cerradura—. Así será más fácil que se mentalice y que se comprometa en serio con la terapia.

                —Ya, por eso. Yendo los dos hacemos más fuerza.

 

Al entrar en la casa estaba todo a oscuras y en silencio. A Ignacio le reconfortó comprobar que su padre volvía a tener unos horarios más regulares de sueño. Los dos hermanos procuraron hacer el menor ruido posible y se encerraron en la habitación de Daniel, pues la de Ignacio estaba aún manga por hombro después de haber traído sus cosas del piso de Marta. Estuvieron charlando en voz baja hasta las tantas. Ignacio puso al corriente a su hermano sobre sus planes de futuro y su idea de irse a vivir a Asturias. Aunque no solía tener mucho contacto con Daniel, agradeció profundamente el gesto de su hermano y su implicación en aquel momento delicado.

 

 

Continuará…

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